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Días antes del eclipse solar total de agosto, Ragnhildur Sigurðardóttir, directora del parque nacional Snæfellsjökull, en el oeste de Islandia, se acercó en solitario al pie del glaciar homónimo y le susurró una petición: que el clima acompañara. Ubicado en la península de Snæfellsnes, el entorno de Snæfellsjökull suponía uno de los puntos más favorables para la observación del eclipse en el país, mientras el antiguo pueblo pesquero de Hellissandur se convertía en el epicentro de la celebración.

Durante dos años, este municipio costero se ha preparado para recibir Iceland Eclipse​​​​, un evento que ha combinado arte, ciencia y tradición ancestral, convocando a representantes de 75 países. Como parte del operativo, los agentes logísticos locales acordaron obtener el consentimiento de Bárður, un personaje mitad humano y mitad trol que, según la tradición folclórica islandesa, es guardián del glaciar.

Los entornos del glaciar Snæfellsjökull reciben a representantes de 75 países con motivo del eclipse solar total de agosto Imagen cedida por Jake Rosenberg

Los entornos del glaciar Snæfellsjökull reciben a representantes de 75 países con motivo del eclipse solar total de agosto

“Así es como lo hemos hecho a lo largo de nuestra historia. Cuando necesitas ayuda, la pides y normalmente las cosas salen bien”, explica Ragnhildur, quien asegura divisó la majestuosa cumbre de Snæfellsjökull para explicarle a Bárður la importancia que este evento tenía para su comunidad. Cuando habla aprieta la comisura de los ojos, extendiendo su sonrisa a una tierra natal atravesada por una belleza inhóspita y una tradición oral aún vigente. “Los pescadores solían encomendarse a este ser folclórico cuando estaban en peligro y, en la actualidad, muchos granjeros siguen recurriendo a él para pedirle lluvia cuando el agua escasea”, sigue.

Más que creer en él, Ragnhildur asegura confiar en las leyes de la naturaleza y en un glaciar que es una brújula para la mayoría de quienes viven en sus faldas. “Lo primero que hacemos cada mañana al levantarnos es saludarlo”, afirma.

Vecinos y equipos de rescate registran los escombros de un edificio derrumbado tras el terremoto que sacudió Cali (Colombia) el lunes 10 de agosto de 2026.

Como científica ambiental, su labor ha sido determinante para que la UNESCO haya designado Snæfellsnes como la primera Reserva de la Biosfera en Islandia en el marco del Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB). “Mi sueño es que después de este eclipse nuestros visitantes y nuestros habitantes entiendan lo importante que es tener un parque nacional”, explica Ragnhildur, quien desde su posición ha trabajado en conjunto con la municipalidad, la policía y los servicios viales y de emergencias para acondicionar la península ante la llegada masiva de visitantes.

Kári Viðarsson, quien ha estado implicado en los preparativos del evento, describe a Ragnhildur como “una fuerza de la naturaleza”. Atraído por el glaciar, ha regresado a su localidad de origen, desde donde siente puede generar más impacto a su comunidad. Allí ha fundado The Freezer, una antigua fábrica pesquera reciclada en un hub de arte y cultura, donde alberga residencias artísticas. Una de ellas ha tenido lugar con motivo del eclipse, congregando a creadores internacionales, astronautas y científicos.

“Los habitantes de Snæfellsnes somos grandes guardianes de historias ancestrales y este eclipse es una gran historia para nuestra península”, opina Kári, mientras reflexiona sobre la impronta que el acontecimiento dejará en las próximas generaciones, refiriéndose especialmente a su propio hijo. “Tiene el potencial de transformarnos y de brindarnos un momento único para reflexionar sobre nuestro pequeño lugar en el gran esquema de las cosas”, sigue.

Campamento en Hellissandur con motivo del eclipse solar total Carmina Balaguer

Campamento en Hellissandur con motivo del eclipse solar total

Sistema volcánico ancestral

Viðar Gylfason, su padre, que también está involucrado en el proyecto The Freezer y es un gran narrador del folclore local, está convencido de que los eclipses nos ayudan a recordar que debemos creer en la ciencia, mientras que este eclipse en particular nos invita a respetar la naturaleza. “El Sol es una gran parte de ella y, sin él, la naturaleza no estaría aquí. ¿Qué pasa cuando desaparece?”, apunta, evocando los dos minutos y siete segundos que cubrirán Hellissandur de oscuridad durante el eclipse.

Cuando nos encontramos me invita a aproximarnos a la base del Snæfellsjökull, indicando que antes de conocerle a él primero debo conocer al que, en realidad, es un volcán coronado por un glaciar. Acepto la propuesta como el orden natural de una tierra que es foránea, pero que me acoge con generosidad. Un territorio cuyo legado camina de padres a hijos, siendo el paisaje el primer ancestro en común de ellos. A medida que ascendemos por el macizo, Viðar menciona todas sus cumbres, recitando nombres de grafía aparentemente imposible, pero cuya belleza fonética parece ser la voz de una naturaleza virgen —como todo lo que suena en islandés—.

Antes de despedirnos, me entrena para que logre pronunciar uno de los múltiples términos que preservan esta tierra: bólstraberg, la forma almohadillada que adquiere la lava al entrar en contacto con el agua y enfriarse. Y es la lava, de hecho, una de las memorias más antiguas de esta península, como muestran sus abundantes campos rugosos.

Campamento a las faldas del glaciar Snæfellsjökull Carmina Balaguer

Campamento a las faldas del glaciar Snæfellsjökull

El día del eclipse decido pasar unas horas en uno de ellos, alejada de las masas, preguntándome qué tiene para decirnos un fenómeno astronómico que no esté explicado ya en la Tierra. En un paisaje modelado por 800.000 años de actividad volcánica, no encuentro una respuesta precisa. Solo silencio, el estado más necesario de aprender para el ser humano.

Cerca de Sandahraun, el campo de lava que circunda los alrededores de Hellissandur, me cruzo con Alysha Shugart, codirectora de operaciones nocturnas del Observatorio Vera C. Rubin de Chile, quien se ha trasladado al país para relevar el fenómeno. Alysha lleva varios días testeando un telescopio de 100 mm de diámetro, uno de los tres equipamientos que el parque nacional ha adquirido para la ocasión y que permanecerán en la isla para estudios futuros. “Este lleva incorporado un filtro que nos permite obtener imágenes de la cromosfera solar, una capa de la atmósfera solar invisible para el ojo humano, así como del plasma moldeado por el campo magnético del Sol”, explica.

Durante las horas que duran los ensayos, Alysha pone a disposición uno de los recursos que han servido para descifrar el cielo a lo largo de la historia: tiempo para observarlo. Está convencida de que, en un pasado ancestral en que el firmamento era la principal referencia para orientarse, nuestros antepasados se acercaban a la astronomía desde una perspectiva más científica que mística, aunque “ambos enfoques podrían convivir”, opina. 

Alysha Shugart testea su telescopio de 100 mm de diámetro dos días antes del eclipse Carmina Balaguer

Alysha Shugart testea su telescopio de 100 mm de diámetro dos días antes del eclipse

Dos minutos y siete segundos

A medida que se acercan las 16:44:58, hora en que la Luna empieza a ocultar el Sol, dando inicio a un eclipse parcial, el cielo se encapota de nubes, dificultando la captación de imágenes del astro con el filtro H-alfa. Tras varios intentos, Alysha, que sigue el Sol con su telescopio mediante software, decide aceptar las condiciones meteorológicas y simplemente conectar con la autenticidad del momento.

Desde el punto de observación reservado para los astronautas, Iwona Fluda, especialista en estrategia espacial e inteligencia artificial, logra captar el último resquicio de luz del disco solar con su telescopio Unistellar Odyssey. “Este eclipse es una oportunidad para avanzar con claridad y decisión”, opina, mientras a través de su ocular veo una media luna hipnótica, de tonos violetas. “No puedo explicar lógicamente por qué hemos tenido tanta suerte y las nubes han desaparecido justo en el momento oportuno para nosotras”, añade.

Entre los invitados, Ron Garan, ex astronauta de la NASA, asiste con su hijo y nieto de año y medio en brazos. De nuevo, Hellissandur convoca a tres generaciones, esta vez unidas por un antecesor aún más ancestral: el cosmos. “Cada movimiento del universo se basa en relaciones, nada existe de forma aislada”, explica. “Presenciar un eclipse es un recordatorio de que no solo podemos observar el universo: nos desplazamos a través de él y formamos parte de él. No estamos separados de él, lo recorremos, estamos en pleno viaje”, sigue.

Eclipse Solar 26

Durante los dos minutos y siete segundos que dura el eclipse total, el glaciar Snæfellsjökull asoma su cumbre por encima de las nubes, orquestando un movimiento que parece ensayado. Al instante, una franja de luz se levanta por encima del océano, regalándonos una puesta de sol fugaz.

Cuando la fase de totalidad llega a su fin, la luz del Sol barre la escena de manera gradual, mientras el Snæfellsjökull vuelve a esconderse bajo las nubes, susurrando un aviso: aunque demos por sentado su presencia, puede que un día deje de estar visible —su extensión se ha reducido un 70% en los últimos años como consecuencia del calentamiento climático y podría ser el siguiente glaciar en desaparecer del país—.

Imagen del eclipse captada por el telescopio Unistellar Odyssey Iwona Fluda

Imagen del eclipse captada por el telescopio Unistellar Odyssey

“Cambiar aquello que vemos es cambiar lo que puede ser posible”, añade Ron. “Los eclipses nos brindan un momento para experimentar destellos de lo que llamamos ‘efecto perspectiva’ desde la Tierra”, refiriéndose al cambio de conciencia profundo que experimentan los astronautas al contemplar nuestro planeta desde el espacio.

Con la intención de democratizar esta sensación y brindar una experiencia similar en la Tierra, el laboratorio canadiense de investigación y producción cinematográfica The Dorothy Project, integrado por artistas, científicos e ingenieros, utiliza la realidad virtual. El colectivo se ha trasladado a la península para capturar el eclipse desde gran altitud, lanzando dos globos estratosféricos equipados con cámaras de 360º hechas a medida.

“La sombra de la Luna no distingue dónde termina un país y dónde empieza otro; se desplaza por la Tierra como si el planeta entero fuera una única nave espacial a la deriva por el cosmos y todos viajáramos juntos a bordo de este pequeño ‘punto azul pálido’, tal como lo llamó Carl Sagan. Cualquier eclipse aporta a la humanidad un breve recordatorio compartido de que debemos cuidarlo”, comenta Mathieu Baptista, fundador y director de The Dorothy Project. Mathieu también admite los desafíos de una operación como esta, entre ellos, editar un film a contrarreloj tras recuperar los dispositivos en la adversidad del territorio islandés, llegando incluso a tener que escalar montañas para localizarlos.

Aurora boreal coronando los alrededores del Snæfellsjökull Imagen cedida por Jake Rosenberg

Aurora boreal coronando los alrededores del Snæfellsjökull

El material, producido en colaboración con la Iceland Space Agency, resulta en una evocadora pieza inmersiva de 8 minutos en la que Ron Garan es una de las voces narradoras. La producción, llamada Mission SKÖLL, será ampliada en el futuro con un filme inspirado en la leyenda nórdica de Sköll y Hati, en la que dos lobos persiguen al Sol y a la Luna.

Después de la presentación de la pieza, una aurora boreal corona los alrededores del Snæfellsjökull, desplegando un fenómeno que es raro de ver en agosto en Islandia, cuando el verano aún no ha llegado a su fin y el famoso sol de medianoche todavía sigue presente. Una muestra de que, aunque creamos que no podemos ver algo, esto no significa que no exista —las auroras ocurren durante todo el año y a cualquier hora del día, aunque solo podamos distinguirlas por la noche, como las estrellas—.

Del firmamento a las entrañas de la Tierra

Días después del eclipse, varios artistas consagrados de la escena musical islandesa e internacional siguen honrando un evento que ha sido un hito para muchos de los asistentes. El compositor Högni ofrece un concierto íntimo en la Ingjaldshólskirkja, una antigua parroquia ubicada entre las localidades de Hellissandur y Rif. Considerada la iglesia de hormigón más antigua del país, el actual edificio se construyó en 1903.

Desde allí, reflexiona sobre cómo el hecho de reunirse a través de la música crea cierta sacralidad en eventos como este, incorporando una dimensión ritual al instante que representa un eclipse. “Damos por sentado nuestro mundo y la forma en que este funciona —el Sol, la Luna, las estaciones—. Vivimos en un sistema rígido donde todo tiene un orden aparente, pero en el instante del eclipse dicho orden se ha roto; las leyes de la naturaleza tal y como las conocíamos se han evaporado. Y lo más notable es que sabíamos que esto iba a suceder”, añade, mientras gira su cuerpo hacia el glaciar Snæfellsjökull cada vez que habla de él, en un gesto que parece una reverencia inconsciente. 

Viðar Gylfason recoge fragmentos de roca volcánica de camino al Snæfellsjökull Carmina Balaguer

Viðar Gylfason recoge fragmentos de roca volcánica de camino al Snæfellsjökull

Por su lado, Emilíana Torrini deleita con su voz a capela dentro de la cueva Vatnshellir. Este túnel de lava de entre 5.000 y 8.000 años de antigüedad evoca el universo descrito por Julio Verne en su Viaje al Centro de la Tierra, donde un cráter del volcán Snæfellsjökull sirve como puerta de entrada a un viaje épico por las profundidades de la Tierra. 

Reuben Wu banda

Aunque se considera una persona más bien espiritual, Emilíana explica haber vivido el eclipse de una manera muy terrenal. “No creo que necesitemos sacar nada de un fenómeno así. Simplemente, es algo hermoso, pero no se trata de nosotros, se trata de la naturaleza y de cómo participamos dentro de ella, qué energía decidimos entregarle”, explica.

Desde las entrañas de la Tierra, ella nos entrega el último concierto de su actual gira, en el que se propone tocar los temas de su trayectoria que más echa de menos. Entre ellos, Serenade, una canción con la que le canta al alba y a las nuevas formas que adquiere la oscuridad, un estado que ella misma define como “aquello que puede ser iluminado, el lugar donde todo se abre un poco más”.

Momento del eclipse fotografiado entre las nubes Imagen cedida por The Bailey Perspective

Momento del eclipse fotografiado entre las nubes

Después de la sombra

Mientras parto de la península, las nubes vuelven a cubrir las cimas de los cerros, creando un efecto onírico en el que parece las montañas flotan. La vida en el cielo es un misterio, pienso, pero la vida en la Tierra también puede serlo. Recuperar nuestro asombro hacia ella puede ser aprender otra manera de mirarla y, por ende, de estudiarla y habitarla.

Durante el trayecto, me sigo preguntando qué ha dejado en mí un fenómeno que, a simple vista, ha sido masivo y mediático; pero que también se ha impregnado de intimidad y de la certeza de que hay algo más importante que el simple hecho de ver un eclipse: la necesidad que surge como colectivo de querer hacerlo. Un deseo que, en realidad, contiene un anhelo muy humano, el lograr reconocernos unos a otros.

 

Ingjaldshólskirkja, la considerada iglesia de hormigón más antigua de Islandia Carmina Balaguer

Ingjaldshólskirkja, la considerada iglesia de hormigón más antigua de Islandia

Tenemos la suerte de tener una nueva fecha para intentarlo, el 2 de agosto de 2027, cuando un eclipse solar total será visible desde el sur de nuestro país, además de otros lugares como Egipto. Con todo, y con Snæfellsnes anocheciendo a mis espaldas, siento que si hay algo que me ha regalado este eclipse es, precisamente, el saber que después de la oscuridad llega la luz. Siempre.