Este convento del siglo XVI en Florencia se ha convertido en el hogar de una pareja de creativos italianos
Hay una obstinación romántica, casi un acto de fe, en la forma en que Tommaso Bencistà Falorni y Matteo Andretta, marido y marido, cuentan cómo se hicieron con sus 175 metros cuadrados en la via Ghibellina, a un paso de Santa Croce, en Florencia. Al fin y al cabo, vivir en un lugar histórico siempre requiere una cierta dosis de respeto, pero sobre todo de valentía. Y de visión.

Bajo las bóvedas de lo que en su día fue un convento, se encuentra la obra del artista Federico Caruso, The emperor’s greeting. A la izquierda, Tommaso Bencistà Falorni, y a la derecha, Matteo Andretta, junto a su inseparable gata bengalí, Montecarla.
Matteo es diseñador de moda; hoy, tras años en Roberto Cavalli, es diseñador jefe de la línea masculina de Ann Demeulemeester. La suya es una auténtica adicción a la búsqueda, una caza del tesoro perpetua que se desarrolla entre los puestos de un mercadillo vintage, los lotes de una subasta o las ferias de antigüedades, entre la inauguración de una galería y un showroom de moda.
Tommaso, por su parte, es uno de esos raros talentos nacidos con el superpoder de las relaciones públicas. Alguien que sabe leer a las personas y, sobre todo, sabe cómo hacer que se sientan a gusto. Desde 2011, esta aptitud se ha convertido en TOMMASOBF, una agencia con la que organiza eventos y se encarga de las relaciones públicas para la élite de la moda. Incluso cuando descansa, le encanta improvisar cenas, crear situaciones y fiestas para dar lugar a nuevas sinergias. Y este piso florentino, al fin y al cabo, parece haber sido creado precisamente para ser su mejor cómplice.

En esta toma se aprecia la magnitud del sofá en forma de herradura, hecho a medida y según el diseño de los propietarios. Obra: La Chinoise, óleo sobre lienzo, de Samuele Alfani. “El objetivo principal era crear un hogar acogedor, ante todo para nosotros, pero también para los muchos amigos a los que nos encanta recibir. Es natural que quien entra quede impresionado por el gran techo abovedado que enmarca el salón, pero no queríamos crear un único efecto escenográfico”, cuentan los propietarios.