Venecia
La historia ocurre primero como tragedia y después como farsa, decía Karl Marx. Y a esa máxima se encomienda el cineasta británico Martin McDonagh en Wild Horse Nine, película con la que vuelve a Venecia, un festival que ya le ha premiado en dos ocasiones, ambas con el reconocimiento a mejor guion, por Tres anuncios en las afueras y Almas en pena de Inisherin. En este último trabajo, que ha recibido aplausos en varios momentos de la proyección en El Lido, el director y guionista se centra en contar cómo dos espías americanos preparan el terreno para cargarse a Salvador Allende. El propio McDonagh ha explicado ante los periodistas que quería reflexionar sobre la historia de las operaciones encubiertas de la CIA durante las décadas de los sesenta y setenta.
Con todo ese material real, el creador vuelve a firmar un guion brillante, lleno de buenas ideas y que convierte diálogos larguísimos en conversaciones ágiles, rápidas e inteligentes, algo que es complicado encontrar en el cine actual. Lo hace esta vez siendo mucho más político y oscuro, pero sin perder el humor en ningún momento. Es cierto que, si nos fijamos, todo su cine ha habido un cuestionamiento continuo de la violencia y los monstruos que engendra usando el humor negro, pero en esta ocasión va un poco más allá. Como decimos, Wild Horse Nine se ríe de una institución tan sagrada como peligrosa, la CIA, y para dar por sentado que el espionaje americano, con el beneplácito de sus gobiernos, ha dado golpes de estado por todo el mundo cuando no le gustaban los gobiernos de izquierda elegidos por el pueblo. «Buena suerte con la democracia, y esas cosas», dice el personaje de John Malkovich en la película y en eso podría reducirse toda la política americana desde la Guerra Fría hasta hoy.
El actor muestra una interpretación brillante y conmovedora de un asesino a sueldo del estado, agente de la CIA, que ha ido perpetrando crímenes en Congo, Guatemala, Vietnam, Bahía de Cochinos y hasta en Dallas… A los 75 años, enfermo terminal y con problemas de memoria, se encuentra en Chile junto a su compañero y amigo, el personaje del actor Sam Rockwell, intentando preparar el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende. Estamos en 1973, pero podríamos estar en 2026, año en el que hemos vislumbrado cómo Estados Unidos ha detenido a cara descubierta al presidente de Venezuela y acaba de quedarse con el petróleo de ese país. «Lo que me sorprenden es que ahora lo hacen sin esconder las operaciones», reconocía el director en la rueda de prensa, donde explicaba que esta historia sobre el pasado habla, sobre todo, del momento presente. Mientras, el actor John Malkovich apuntaba a todas las operaciones encubiertas de la CIA que todavía no se han revelado.
Lo de la CIA y Chile no es nuevo en el cine. Costa Gavras apuntaba a esta conexión en Missing, (Desaparecido), pero el director griego usaba el thriller y el noir para contar la historia real de la desaparición del periodista estadounidense Charles Horman, interpretado por Jack Lemmon, en Chile durante los días posteriores al golpe militar. Un tono trágico para dar cuenta de cómo la mayor democracia del mundo atentaba contra las democracias en el resto del mundo. En este caso, la sátira, la farsa, es la que ayuda a desmontar la solemnidad de la política. El humor sirve, como hemos visto en las películas de Borja Cobeaga y Diego San José, Negociador y Fe de Etarras, para desarticular el discurso solemne de la política, ridiculizar a los poderosos y señalar las fallas del sistema. Como decía Aristóteles, la tragedia nos enfrenta al sufrimiento y suscita compasión y temor; la comedia expone nuestras flaquezas de manera que podamos contemplarlas con distancia y reírnos de ellas. El humor, en este caso, se usa como arma contra todo lo malo y encima dándonos escenas brillantes, como la de Malkovich advirtiendo a dos jóvenes chilenas, Ailin Salas y Marina di Girolamo.
Los personajes de McDonagh son siempre hombres atrapados, desde Perdidos en brujas hasta ahora. Tipos incapaces de escapar de la culpa, de la violencia o de sí mismos. En este caso, tenemos a Malkovich, moribundo y católico, que se pregunta si podrá entrar o no en el cielo, debido a todo el mal que ha hecho. Un tipo crepuscular que empieza a arrepentirse de sus errores y eso amenaza con la revelación de secretos, de ahí la broma continua sobre el asesinato de Kennedy, única verdad que a la CIA le importa que se descubra, quizá porque ahí sí que veríamos las grietas de la democracia americana. «Hemos documentado todo lo que ha hecho la KGB, pero no tanto lo que ha hecho la CIA», reconocía el director que convierte una historia de amistad y confianza entre dos hombres de distintas generaciones en una cuestión política. Ya no son solo individuos perdidos en una isla, en un pueblo remoto o en una amistad rota. Es un país entero enfrentándose a las consecuencias de sus propios fantasmas.
Todo el metraje ocurre en la Isla de Pascua, donde los personajes son enviados por el jefe de su oficina, el burócrata al que interpreta Steve Buscemi. Un lugar, como ocurría en su anterior filme rodado en Irlanda, que es un protagonista más, entre las emblemáticas estatuas de la isla, y mientras los veteranos compañeros se enfrentan a sus oscuros pasados y a las conspiraciones del presente. Y es que, Wild Horse Nine es, en última instancia, una película sobre la conciencia. Sobre lo que ocurre cuando quienes han servido durante años a una maquinaria de poder empiezan a preguntarse qué precio tiene la obediencia. Y sobre cómo algunos remordimientos, igual que los moáis que dominan el horizonte de la isla, permanecen inmóviles observándonos para siempre.