Eduardo García, Luis Alberto Fernández, Patricia Valencia, José Luis Gárate, Víctor Eslava y María Domínguez saben que la respiración y los latidos del corazón bajo el cielo nocturno son diferentes, que van a un ritmo distinto. Que el firmamento se expande cuando lo contemplas desde la inmensa oscuridad de la noche. Que el espacio se hace infinito y que se produce una conexión entre el pasado y el presente difícil de explicar con palabras. Todo esto, y mucho más, saben estos seis aficionados a la fotografía que, más que aficionados, son apasionados de los secretos que el cielo esconde.
Hoy se reúnen bajo el mismo cielo, el de Cuenca, bajo el que tantas veces se han visto para captar momentos irrepetibles de la noche estrellada. «La mayoría de las personas no sabemos mirar al cielo. Donde la gente ve estrellas, yo veo historias, veo el pasado, aunque pueda sonar un poco místico. Sé que voy a fotografiar algo que posiblemente ya no esté allí y eso es realmente cautivador», dice Eduardo García (1987, Cuenca). Hace casi veinte años que empezó a tomar sus primeras fotografías nocturnas. «Fue viendo imágenes de la revista National Geographic cuando me quedé impresionado y pensé: «Esto tengo que intentarlo yo»», rememora. A partir de entonces, se despertó en él una afición que, más que una afición, se ha convertido en una de las grandes pasiones de su vida. «Comencé a ver tutoriales y he aprendido de forma autodidacta, a base de ensayo y error», reconoce. En unos años, pasó de alumno a maestro y a impartir talleres para aficionados a la fotografía.
Luis Alberto, Patricia, José Luis, Víctor y María son algunos de sus aprendices y la mayoría llegaron a la fotografía nocturna a través de su primigenia atracción por la fotografía. «En la fotografía nocturna todo es como mágico, hay tantos adjetivos que es difícil de describir», reconoce Luis Alberto Fernández (1963, Cuenca). Patricia Valencia (1974, Guatemala) habla con la misma vehemencia que él. «Cuando estás en plena naturaleza se produce una conexión muy bonita con la Creación. Hay emoción», dice. Unos llevan más tiempo que otros. Luis Alberto, unos quince años; Patricia, más de veinte; María Domínguez (1983, Cuenca), alrededor de ocho. José Luis y Víctor, por su parte, llevan aproximadamente un año y medio.
La belleza de estas imágenes es, para algunos de ellos, directamente proporcional a la dificultad que entraña la toma de fotografías, pero para Eduardo no lo es tanto. «Tan solo se requiere un equipo fotográfico muy básico, planificación, paciencia y conocimientos técnicos para hacer las fotografías y, después, editarlas», explica con total naturalidad. Son incontables las veces que ha salido al campo. «Salgo unas dos veces al mes», precisa. «El cielo de Cuenca tiene mucha luminosidad y muchas estrellas. Es muy curioso ver el resultado; te quedas con la boca abierta», destaca Luis Alberto Fernández. «Para mí todo es complicado», reconoce José Luis Gárate (1985, Ciudad Real). Gárate también destaca el ambiente de fraternidad que se respira entre quienes organizan salidas nocturnas, muchos de ellos, la mayoría, miembros de la Asociación de Fotógrafos de Cuenca (AFOCU). «Ves el cielo de otra manera, distinta a como estás acostumbrado a verlo habitualmente. Es como si fuera más grande y hubiera más estrellas», señala Víctor Eslava (1986, Cuenca). «Las salidas en grupo, los consejos de los compañeros y la formación son fundamentales para seguir mejorando», dice María Domínguez (1983, Cuenca).
María y el resto de sus compañeros enumeran un sinfín de lugares ideales para tomar fotografías nocturnas, especialmente en la provincia de Cuenca. «A mí me gusta ir cambiando de lugares», dice Patricia. Quienes llevan más tiempo saliendo a fotografiar el cielo nocturno coinciden en que la contaminación lumínica ha aumentado en los últimos años. «La provincia tiene unos lugares espectaculares para hacer fotografías nocturnas. El problema es que en los últimos años se ha notado un aumento de la contaminación lumínica. Es algo que después se puede mitigar con programas de edición y con filtros, pero con una cámara normal el cambio se nota bastante», señala. «En la Serranía hay infinidad de lugares ideales y, por desgracia para la provincia, el hecho de que estén desangelados nos ayuda a que haya menos luz y podamos hacer mejores fotografías», dice María Domínguez. «Es algo que se ha notado en todas partes y la provincia no escapa de esto», lamenta Patricia Valencia. Eduardo afirma que esta contaminación lumínica obliga cada vez más a desplazarse para encontrar cielos adecuados. «El equipo y las técnicas van mejorando cada año, pero la contaminación lumínica hace que cada vez tengas que desplazarte un poquito más para conseguir mejores fotografías», señala.
Aun así, ellos siguen saliendo. Buscan lugares alejados de las ciudades, esperan a que la noche sea propicia y levantan la cámara hacia un cielo que, aunque sigue escondiendo los mismos secretos, cada vez resulta más difícil de contemplar en todo su esplendor. Cada uno guarda decenas de fotografías que parecen sacadas de una película de ciencia ficción. Eduardo García atesora muchas de ellas. Entre las más especiales está la aurora boreal que captó con maestría en octubre del año pasado. También conserva imágenes del cielo de Las Majadas y, cómo no, del reciente eclipse total de Sol del pasado agosto. En pocos meses, gran parte de su trabajo podrá verse en un libro editado por la Diputación. «La idea surgió durante una de las noches que salí a hacer fotos. Habrá cerca de un centenar de fotografías y en ellas se podrá ver el cielo estrellado sobre torres y castillos abandonados de la provincia», adelanta.
Y mientras preparan nuevas salidas, el reto sigue siendo encontrar un cielo suficientemente oscuro. Cada vez hay que alejarse un poco más de las ciudades y buscar rincones donde la luz artificial no oculte las estrellas. Porque, al final, fotografiar el cielo nocturno también es una forma de dejar constancia de recordar que, aunque la contaminación lumínica avance, sobre las torres, los castillos y los paisajes de Cuenca continúa extendiéndose un universo que espera ser descubierto.