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El 30 de agosto de 2026, el rugido de los motores de un Falcon Heavy de SpaceX rasgó el cielo del Centro Espacial Kennedy en Florida. A bordo viajaba el último gran observatorio de la agencia espacial estadounidense, el primero bautizado con nombre de mujer: Nancy Grace Roman (anteriormente conocido como WFIRST), que escaneará el cosmos mil veces más rápido que el Hubble para desvelar los secretos de la energía oscura y la materia oscura y cazará hasta 100.000 nuevos exoplanetas.

Si todo marcha según lo previsto, a principios de 2027 recibiremos sus primeras imágenes. Hoy, hablamos con uno de los ingenieros que ha formado parte de este gran proyecto y que, previamente, también tuvo un papel clave en el James Webb y que viajó desde España a Estados Unidos para cumplir su sueño, el ingeniero aeroespacial Alejandro Rivera.

Nacido en Gijón y con doble nacionalidad estadounidense, fue honrado en 2022 con uno de los «Robert H. Goddard Honor Awards» que otorga el Goddard Space Flight Center de la NASA como recompensa a su labor y sus contribuciones al éxito de los despliegues y puesta en servicio del telescopio espacial James Webb, en la categoría de «Logro Excepcional en Ingeniería Aeroespacial de la NASA».

Vecinos y equipos de rescate registran los escombros de un edificio derrumbado tras el terremoto que sacudió Cali (Colombia) el lunes 10 de agosto de 2026.

Asimismo, en el 2023 recibió la más alta distinción de la agencia, la «Exceptional Engineering Achievement Medal» de la NASA, que se concede por contribuciones extraordinarias al éxito de una misión espacial. Hoy, en conversación con National Geographic, Rivera nos habla sobre su trayectoria profesional, sus logros, el impresionante proyecto del telescopio Nancy Grace Roman Telescope y mucho más.

Roman lifts off on a mission to survey the infrared sky pillars NASA/John Kraus

Un cohete SpaceX Falcon Heavy ha llevado con éxito al espacio al telescopio espacial Nancy Grace Roman de la NASA.

Pregunta. ¿Qué fue lo primero que despertó su interés en la ingeniería aeroespacial y lo llevó a seguir una carrera en la NASA? ¿Hubo algún evento o revelación en particular que le orientase hacia la exploración espacial?

R. No hubo un único momento de revelación: fue una suma de cosas. La primera, mi padre, ingeniero en Asturias, que me inculcó desde niño la curiosidad por entender el porqué de las cosas y el amor por el trabajo bien hecho. Cuando esa curiosidad se aplica al cielo, el destino es casi inevitable. La NASA no fue un flechazo, sino la culminación de muchos años de estudio, esfuerzo y algo de fortuna. Y una vez dentro, descubrí algo aún mejor: que la fascinación no se gasta con los años.

P. ¿Qué tiene que decirnos acerca del «Robert H. Goddard Honor Award» y de la «Exceptional Engineering Achievement Medal»? Tengo entendido que son premios que han recibido algunos de los mejores ingenieros en la historia de la NASA. Debe sentirse muy honrado.

R. Muy honrado, sí, y también algo abrumado, porque el primero lleva el nombre del padre de la cohetería moderna y ambos los han recibido ingenieros a los que admiro profundamente. Estos premios fueron la recompensa a casi diez años de muchísimo trabajo. Pero hay que ponerlos en perspectiva: los despliegues del Webb fueron obra de cientos de personas durante años — diseñadores, analistas, técnicos de pruebas, operadores. Yo tuve la fortuna de contribuir con mi grano de arena en los análisis. Los premios llevan mi nombre, pero el mérito pertenece a todo el equipo.

P. ¿Por qué recibió, en concreto, la «Exceptional Engineering Achievement Medal»? ¿Qué ocurrió durante la misión?

R. Por resolver un problema que apareció nada más llegar el telescopio al espacio. Durante el viaje hacia el punto de Lagrange L2, el Webb realizó dos maniobras de corrección de trayectoria, en las que se encienden brevemente los propulsores, y una vez en órbita alrededor de L2 hay además una maniobra de ajuste de órbita aproximadamente cada tres semanas. En cada una de ellas, los «star trackers» — los sensores que usan las estrellas como referencia para establecer el sistema de coordenadas inercial del telescopio — perdían de vista esas estrellas, y el observatorio entraba en «safe hold», un modo de emergencia diseñado para no perder el control del telescopio. Cuando sucedió de nuevo en la primera maniobra de mantenimiento de órbita, en el proyecto había mucha preocupación, porque nadie podía explicar qué pasaba. Yo acababa de explicar el porqué de otro pequeño problema en una de las estructuras desplegables, y me pidieron que estudiara qué estaba ocurriendo.

Roman3a Alejandro Rivera / NASA

La dificultad de fondo era esta: el Webb, con su parasol del tamaño aproximado de una pista de tenis, es tan grande y complejo que resulta muy difícil predecir desde tierra todos los aspectos de su comportamiento en el espacio; ninguna prueba en gravedad terrestre lo reproduce por completo. Mediante un modelo dinámico-estructural del telescopio con todas sus estructuras desplegables pude caracterizar cómo se comportaba realmente en el espacio y, a partir de ahí, encontrar la raíz del problema y su solución. Fueron los dos meses más intensos de mi carrera, y un momento que nunca olvidaré.

P. Ha trabajado también en un nuevo y gran proyecto, el Nancy Grace Roman Telescope —en honor a la primera jefa de astronomía de la oficina de ciencia espacial de la NASA— que estudiará las esquivas materia y energía oscuras. ¿En qué ha consistido su labor en este telescopio?

R. Mi trabajo en el Roman ya está terminado, y el telescopio, lanzado con éxito el pasado 30 de agosto, viaja ya hacia su órbita en el punto de Lagrange L2. El Roman tiene cuatro sistemas de estructuras desplegables, que son las que se abren una vez en el espacio: la antena de alta ganancia, el parasol de los instrumentos, los cuatro paneles solares y la cubierta desplegable de la apertura. Me encargué del análisis dinámico de los despliegues de todas ellas y del análisis de sus mecanismos, que sirvió además para seleccionarlos; después formé parte del equipo que realizó las pruebas de despliegue en ambiente y en cámara de vacío, y analicé los resultados de cada una.

Conviene explicar por qué este trabajo es tan delicado: el espacio da poquísimo margen de error, y el más mínimo detalle puede provocar un fallo en un despliegue. Las estructuras desplegables son la primera causa de fallo prematuro — la llamada «mortalidad infantil» — de los satélites, y en el Roman el fallo de cualquiera de ellas significaría el fin de la misión. Bastaría con que uno de los paneles solares, que hacen también la función de parasol, se quedara un solo grado corto en su despliegue para que se acabara todo. Por eso se analizan y se ensayan hasta la extenuación. Y le confieso que, desde el domingo, una parte de mí viaja con el Roman.

P. Si echa la vista atrás en su dilatada carrera en la NASA, ¿cuál ha sido el proyecto más desafiante en el que ha trabajado?

R. Creo que tanto el James Webb como el Roman han sido desafiantes, cada uno a su manera. El Webb, al que dediqué casi diez años, era un observatorio sin precedentes: viajaba plegado como un origami, con un parasol del tamaño de una pista de tenis, y debía desplegarse solo a un millón y medio de kilómetros de la Tierra, sin posibilidad alguna de reparación. Allí tuve que resolver problemas muy difíciles en tres etapas. Primero, el análisis de los mayores mecanismos de sujeción y liberación — de los 148 que lleva el observatorio, todos ellos puntos únicos de fallo, los que sujetan el telescopio en cuatro puntos y soportan todas las cargas inerciales del lanzamiento. Después, el análisis y los ensayos en tierra de cinco de sus estructuras desplegables. Y, por último, las anomalías en el espacio.

Y en el Roman, el hecho de haber estado yo solo encargado del análisis dinámico de todas las estructuras desplegables también ha sido un gran desafío, porque siempre había alguna prueba que hacer o algún problema que resolver — y una de ellas, la cubierta de la apertura, era una membrana desplegable que nunca se había construido antes. Pero si me pregunta por el momento de mayor presión, fue el problema del Webb que le contaba antes: en la primera hora después de que me lo encargaran no era capaz ni de sentarme. Luego me dije que, por importante que fuera, no era más que otro problema — uno más de los cientos que había resuelto en mi carrera — y que lo iba a resolver. Y así fue. Nunca he aprendido tanto de nada.

Telescopio Espacial Roman NASA Goddard Space Flight Center Scientific Visualization Studio

La NASA lleva 16 años planificando y desarrollando el Telescopio Espacial Roman. 

P. Tras su etapa en la NASA, ¿en qué está trabajando ahora?

Sigo haciendo lo que me ha apasionado siempre — el análisis de estructuras y mecanismos desplegables — ahora en GeoXO, el satélite meteorológico que desarrolla la NASA como próxima generación de la vigilancia geoestacionaria y que sustituirá a los actuales GOES a principios de la década de 2030 y vigilará el hemisferio occidental de forma continua hasta 2055: imágenes constantes de la atmósfera, mapeo en tiempo real de los rayos de las tormentas eléctricas y perfiles de temperatura y humedad que alimentan los modelos de predicción y las alertas de huracanes, tormentas severas e incendios.

Y le aseguro que predecir el tiempo sigue siendo uno de los problemas más difíciles de la ciencia: la atmósfera es un sistema caótico — el famoso efecto mariposa — en el que una diferencia minúscula en los datos de partida cambia por completo el pronóstico a pocos días vista. Por eso cada mejora en las observaciones desde el espacio se traduce directamente en pronósticos más fiables y en vidas protegidas. Del principio del universo a la tormenta de mañana: al final, mi oficio siempre ha sido el mismo, entender el porqué de las cosas.

Roman4a Alejandro Rivera / NASA
P. Para terminar, usted trabajó 26 años en el centro NASA Goddard Space Flight Center de Washington: ¿qué fue lo mejor de su trabajo?

R. Dos cosas. La primera, la gente: he tenido el privilegio de trabajar rodeado de personas brillantes y, sobre todo, apasionadas por lo que hacen — desde técnicos y diseñadores hasta un premio Nobel de Física —, de las que te hacen mejor ingeniero solo por compartir el día a día con ellas. La segunda, la obra: he podido trabajar tanto en satélites meteorológicos, como el GPM, que mide las lluvias y las demás formas de precipitación en todo el planeta y vigila desde dentro los huracanes, como en telescopios espaciales que miran hacia el principio del universo: las misiones de servicio del Hubble, el James Webb y el Roman.

Mi contribución a la astronomía espacial no pasa de una mota de polvo, de esas que el ojo no llega a distinguir — pero es una mota puesta con muchísimo esfuerzo, y me llena de orgullo y de gratitud haberla podido poner. Porque hay pocos privilegios comparables a este: ver desplegarse en el espacio, a un millón y medio de kilómetros, una estructura que analizaste durante años en una pantalla, y saber que en esos segundos caben años enteros de trabajo. Veintiséis años después de llegar a Goddard, seguía sintiendo la misma ilusión que el primer día. Y esa ilusión, a diferencia de las motas de polvo, sí se ve desde lejos.