Una está en el suelo y la otra, colgando de una viga fabricada expresamente para sostener su monumental peso. Las dos campanas, similares en esencia y forma, se acompañan e inauguran un espacio en el que todo lo demás juega a lo contrario: el contraste y la tensión. Esos artilugios —uno de bronce, otro de cerámica— son el punto en el que se tocan las obras del imponente artista mexicano Francisco Toledo, ya fallecido, y las de su amigo, el neerlandés Jan Hendrix, que dialogan por primera vez en la histórica pinacoteca que les ha dado cobijo durante décadas, la Galería de Arte Mexicano (GAM) de la Ciudad de México. “Papel y tinta es lo que más me importa, me fascina esa relación. A Toledo le pasaba exactamente lo mismo, y en México no hay tanto interés por la gráfica. Es como el sótano de una casa elegante”, explica Hendrix, que sintetiza así el origen de esta amistad que comenzó a mediados de los años 70, cuando él aterrizó en México por primera vez.
No hay, sin embargo, ni rastro de la tinta y el papel que los unió en una misma pasión. La exposición, que ha abierto sus puertas este jueves como parte del programa de la GAMA Week —varias jornadas dedicadas al arte organizadas por las galerías asociadas de la ciudad— combina los objetos de cerámica del escultor oaxaqueño, principalmente urnas funerarias, con los extraordinarios paisajes boscosos del europeo, que los abrazan desde la altura de las paredes. “[Los trabajos] se contestan, pero no se funden. Se separan totalmente en el material, el color contra el blanco y negro, la escala del tapiz enorme contra el objeto pequeño…”, enumera el holandés. “Él tiene su lenguaje y yo, el mío. Si ves un sapo, piensas en Toledo. Y, si ves un árbol, espero que pienses en mí”, bromea.
Exposición en la Galería de Arte Mexicano, este jueves.Ginnette Riquelme Quezada
La amistad entre ambos se forjó a base del respeto mutuo y sin hacer grandes “alardeos” sobre su relación, en palabras del artista. Francisco Toledo siempre estaba pensando en cuál sería su próximo proyecto cultural y platicaban todo el tiempo sobre ello. “Este es el inicio de toda una actividad continua de crear espacios culturales en Oaxaca, sin parar, sin cesar, y de seguir trabajando en sus piezas. Hacer esto que hizo es impresionante”, ensalza Hendrix, que apunta a una fotografía de 1988 donde lucen jóvenes y sonrientes junto a las directoras de la GAM, Mariana Pérez Amor y Alejandra Yturbide, y el escritor Carlos Monsiváis, durante la inauguración del IAGO, el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. Hay toda una vitrina dedicada a reconstruir los pasos que dieron juntos, y con la galería, durante décadas. Aquella “trágica historia”, ironiza Hendrix, que solo es trágica porque ya terminó.
Toledo, de pelo largo y aspecto desaliñado, no fue solo uno de los pintores y escultores más importantes del siglo XX y comienzos del XXI, fue conocido y reconocido por su incansable labor como activista a favor de los derechos humanos y culturales, especialmente en el Estado sureño. Su influencia en la obra de Hendrix, reflexiona ahora el artista, parándose a pensar sobre la marcha, tiene que ver, sobre todo, con la enorme calidad y vitalidad de su trabajo. “Hay obras muy del principio de Toledo donde ya se ve todo lo que va a pasar. Tenía un talento 30 veces mayor que los demás”, le elogia. Los elementos elegidos para jugar con los árboles de Hendrix, urnas funerarias en su mayoría, funcionan como un guiño hacia la propia ausencia del artista, de cuya muerte se cumplirán siete años la próxima semana.
Esos objetos medianos contrastan con la obra del holandés, que no ha dejado de expandirse en las últimas décadas. El juego con las medidas, desarrolla el artista, comenzó en 1992 y fue producto de una especie de epifanía. “Estaba sentado bajo una acacia, en un parque nacional, en el norte de Kenia. Por la intensidad del sol, se me desvanecieron los colores. Todo se volvió alto contraste. Ahí se me ocurrieron dos cosas: cancelar el color y cambiar la escala”, reconstruye. Ahora, visto con perspectiva, es lógico que la representación de un árbol se acerque más a su tamaño real que a una cosa “muy chiquita”. La primera pieza a gran escala que hizo tras su particular revelación se encuentra actualmente en el museo MARCO de Monterrey.
Su mirada se ha ido agudizando al mismo ritmo que sus obras se han ido agrandando, en “un zoom que no termina nunca, que dura una vida entera”, describe con precisión visual, y que llena de detalles sus tapices, elaborados con la técnica jacquard, que entreteje unos tejidos con otros. El resultado emula el positivo y el negativo de una fotografía, como si un sol tan intenso como el de aquel día en Kenia hubiera impactado sobre el paisaje natural. El mezquite, otro tipo de acacia del norte árido mexicano, protagoniza algunas de las obras principales.
Entrelazando la visión de uno y otro artista está el propio espacio de la galería, la más antigua de México, donde ambos habían expuesto su trabajo por separado y con la que han desarrollado una relación tan intensa como lo hicieron entre ellos. “Llevo 45 años con ella. Más de la mitad de la vida, no está mal. Y Francisco, 10 años más”, señala Hendrix. “Sé que son muy difíciles en lo que les gusta. Todavía no sé si es un defecto o una cualidad”, escribe con humor Toledo a las directoras en una de las cartas del archivo rescatadas para la ocasión.
Mariana Pérez Amor en Ciudad de México, este miércoles.Ginnette Riquelme Quezada
Mariana Pérez Amor y Alejandra Yturbide son la segunda generación en hacerse cargo de la pinacoteca, que fundó Inés Amor, hermana de la poeta Pita Amor, en 1935. “Se iba a Chicago con 20 años, cargando con los cuadros, para promover el arte mexicano”, rememoran ahora sus sucesoras. A eso se ha dedicado la galería desde entonces: a impulsar el arte mexicano y el de los extranjeros, matizan con Hendrix al lado, que han tenido “una relación profunda con México”, como Leonora Carrington.
Lo mexicano no quita lo cosmopolita, tampoco en el trabajo de Jan Hendrix. La pesada campana de bronce que corona desde las alturas la entrada de la galería, que “casi convierte la GAM en una Iglesia”, fue realizada en un taller en España con “una calidad medieval” para salvar de la bancarrota a una fundición de Inglaterra. Sobre ella ha tallado el relieve cóncavo de un rosal, que asocia irremediablemente al mundo eclesiástico, aunque lo más bonito para él, dice mientras agita de un lado a otro la cuerda que cuelga de ella, es el sonido que sigue flotando en el lugar varios minutos después de que el repiqueteo haya terminado.