La casa de las burbujas ya tiene comprador. Por desgracia, los nuevos propietarios no parecen muy dispuestos a conservar intacta su peculiar fachada, el detalle que la convierte en única. Adriane Quinlan, redactora de la revista neoyorquina Curbed contactó con ellos la pasada primavera para preguntar cuáles eran sus intenciones al respecto y recibió una respuesta muy poco alentadora: “Aún no hemos tomado una decisión”.

Richard Prestfelder, el promotor inmobiliario que ha gestionado la venta del inmueble, situado en el número 251 de la calle 71 Este, lo tiene claro: es más que probable que decidan reformarla “por completo”, sin peajes ni escrúpulos. Después de todo, acaban de invertir 4,99 millones de dólares (4,24 millones de euros) en la adquisición de una propiedad de 500 metros cuadrados en el corazón del Upper East Side de Manhattan, en el cada vez más gentrificado barrio de Lenox Hill. Su prioridad es, previsiblemente, realizar un remozado en profundidad, adaptarla al estilo de los brownstones (los clásicos edificios neoyorquinos de arenisca rojiza) circundantes y alquilar sus cuatro plantas y su sótano al mejor postor.

El último piso del «edificio está revestido de madera de secuoya. Aquí, el baño japonés con vistas al bosque a través de ventanas ovaladas de plástico. El baño, revestido de azulejos, cuenta con una tumbona de mimbre de color natural y un pequeño pedestal de madera.David Massey (Conde Nast via Getty Images)

En ese contexto, las cuatro hileras de ventanas ovales en relieve que adornan su fachada de estuco rosado resultan más un engorro que un aliciente. En opinión de Prestfelder, la casa es “demasiado singular”, un último reducto del modernismo tardío y la vanguardia pop en el mucho más convencional entorno de Lenox Hill. Además, presenta problemas prácticos como lo difícil que resulta evitar que los cristales convexos de sus ventanas se llenen de insectos en verano.

Entrevistado por el New York Post semanas antes de que se cerrase la venta, Prestfelder destacaba que se trata de un edificio que llama mucho la atención, “uno de los pocos que hacen que la gente se decida a acercarse a él y llamar a la puerta para ver si les permiten echar un vistazo al interior, algo muy poco frecuente en Nueva York”. A esas alturas, el vendedor consideraba aún que la curiosa estética de la propiedad era un activo del que sacar partido.

En su opinión, las burbujas de la fachada convertían el inmueble en una propiedad idónea “para compradores informados, que valoran la historia, el diseño y la individualidad”. Incluso reconocía que los 5,75 millones de dólares que pedían por ella incluían un pequeño plus “de excelencia arquitectónica” que, a fin de cuentas, nadie se ha mostrado dispuesto a pagar. Prestfelder concluye, tras cerrar la operación a un precio inferior al previsto, que una cosa es que capte tu atención un edificio con tanta personalidad que destaca a simple vista del resto y otra muy distinta estar dispuesto a vivir en él.

Las fotografías de la casa durante su renovación en 1969 aparecieron en la revista ‘New York Magazine’ como parte del artículo ‘La consecuencia de la fiebre de las casas de piedra rojiza’, que analizaba la gentrificación de los barrios de la ciudad de Nueva York en esa época.Ni la NBA rescata a las burbujas

Uno de los que sí estuvieron a punto de morder el anzuelo fue toda una estrella de la NBA, Jaylen Brown, escolta de los Boston Celtics. Brown, un hombre cuyo salario anual supera los 50 millones de dólares, se interesó por él inmueble al comprobar que sus ventanas (que a Adriane Quinlan le hacen pensar, además de en burbujas y retinas, “en las escotillas de un yate”) se parecen muchísimo a uno de los elementos del logo de la marca de zapatilla deportiva que lleva su nombre. Una feliz coincidencia que a la postre no fue suficiente. El jugador de baloncesto fue uno de los pocos compradores potenciales que mostraron sin ambages su intención de dejar la fachada intacta, pero en última instancia no se decidió a acudir al rescate y comprar la Bubble House.

Llegado este punto, las probabilidades de que el edificio preserve su identidad resultan muy escasas. No forma parte de la lista de edificios protegidos por su valor histórico, cultural y estético y ninguna normativa municipal lo protege. Es más, los expertos no se ponen del todo de acuerdo sobre si en realidad merece o no ser preservado.

La arquitecta y bloguera Helena Ariza parece pensar que sí, pero las palabras que dedica al edificio suenan casi condescendientes. Lo valora como una excentricidad llamativa (“un fotomontaje inspirado en una acuarela futurista de los años sesenta”), un intruso en un vecindario que no destaca por su singularidad arquitectónico. Poco más.

Las características ventanas ovaladas del edificio vistas desde dentro de una de las plantas superiores.Hija de un dios menor

En realidad, la Bubble House nunca ha tenido muy buena prensa. Aunque los blogs de arquitectura y viajes o los perfiles de Instagram le han dado una cierta visibilidad en los últimos años, el edificio ha tendido a pasar bastante desapercibido en sus más de 150 años de historia.

De hecho, su primer siglo de existencia resultó muy poco lustroso. El 251 de la calle Este formó parte en 1865 de la primera hornada de brownstones y townhouses de Lenox Hill, un barrio en estado de urbanización incipiente. Las granjas del por entonces extremo norte de la Avenida Madison empezaban a ser sustituidas por hileras de edificios de estilo “italiano” junto a los raíles de la línea de ferrocarril de Harlem y el antiguo Hospital Alemán, y la futura Bubble House no fue más que uno de ellos, virtualmente idéntico a los demás. Uno de sus primeros residentes fue un tal William G, French, reverendo episcopaliano, un hombre que ejercía de “misionero” de su fe entre las colonias de trabajadores, en su mayoría inmigrantes europeos, que se estaban estableciendo en la zona.

El punto de inflexión que situaría el edificio en el mapa llegaría ya en la decada de 1960. Lo explica en su bitácora digital el historiador residente en Nueva York Tom Miller, uno de los que sí que creen que la película debería ser preservada. En 1961, un agente inmobiliario adquirió el inmueble y lo convirtió en un edificio de apartamentos. Años después, ya en 1969, en un intento de revalorizar la propiedad y adaptarla al vecindario de alto standing en que empezaba a convertirse el Upper East Side, encargó una reforma integral al estudio de arquitectura Hills & Metcalfe, con sede un poco más al sur de la Avenida Madison.

Panorámica del interior de uno de los apartamentos, renovados en los años sesenta.

Maurice Metcalfe, uno de los dos socios de la firma, se tomó muy en serio la exhortación del propietario a hacer algo “creativo” y propuso, según Miller, un edificio “acorde con la era espacial”. En julio de 1969 se produjo la llegada a la Luna de la primera expedición tripulada de la historia desatando una intensa fiebre astronáutica en todo el mundo. Metcalfe quiso rendir un humilde pero vistoso homenaje a la estética de la NASA con su fachada de estuco y cristal y sus escotillas entre galácticas y acuáticas.

Para Miller, aquello vino a ser como el aparatoso aterrizaje en Lenox Hill de una de las naves espaciales camp de la película Barbarella, inspirada en un cómic y estrenada el año anterior. En palabra de Ariza, “la Bubble House, así bautizada por sus perplejos vecinos, no era más que una clásica townhouse neoyorquina con una pátina de diseño ultramoderno que contrastaba notablemente con la homogeneidad conservadora de su entorno”. Su fachada “teñida de rosa y desprovista de adornos superfluos, concedía todo el protagonismo a las extravagantes ventanas ovales, que parecían proyectarse hacia la calle como una docena de ojos al acecho”.

Metcalfe nunca fue una gran estrella de la arquitectura. La Bubble House es, sin duda, el más recordado de sus edificios, el único que parece haber superada la implacable prueba del tiempo. Helena Ariza dejó escrito que es un edificio que te lleva “de Manhattan al cielo”. Hoy sabemos que el viaje del 251 de la calle 71 era un viaje de ida y vuelta: de la modesta convencionalidad de las brownstones de finales del siglo XIX al retrofuturismo pop y galáctico y de ahí, salvo milagro, de vuelta a una convencionalidad esta vez un poco más opulenta. Ni las estrellas de la NBA han sido capaces de salvar la fachada de las burbujas.

Nueva York, en opinión de analistas de orientación nostálgica como Pierre Markuse, redactor de la revista Medium, pierde su singularidad y su sabor añejo a marchas forzadas. De ahí que se produzcan casi a diario pequeñas catástrofes como la reconversión a la normalidad de una de las fachadas con más personalidad de Lenox Hill.