Hay agitación, pero, en perspectiva, todo son buenas noticias. A grandes rasgos, nadie diría que Carlos Alcaraz haya permanecido cuatro meses y medio alejado del circuito, con el mundo del tenis en vilo porque se desconocía cómo reaccionarían esa muñeca y ese cuerpo, y sobre todo esa mente engañada por los miedos. Dice el murciano que están ahí, llamándole a la puerta, pero que él no les permite meterse en su cabeza y que confía. ¿Cómo no hacerlo? Han bastado tres partidos para incorporar algunos elementos básicos: ritmo, confianza, pegada. Supera a Yibing Wu por 6-3, 6-4 y 6-1 (en 2h 20m) y encara ya los octavos del grande neoyorquino, en los que se encontrará el domingo con un viejo conocido, el estadounidense Tommy Paul (6-4, 3-6, 6-7(4), 6-1 y 6-3 a Alexander Bublik). Será una prueba más fidedigna.
No ha sido sencillo lo de esta vez, por más que el marcador refleje cierta holgura. Pero ahí está. Como si nada hubiera sucedido, Sintetiza y aprecia el ganador. Mejorable, desde luego, pero sigue adelante. “Ha habido un ritmo muy alto. La manera en la que él juega es increíble, el ritmo que tiene… Cada golpe, de derecha, de revés. Su bola resbala muchísimo y para mí no es fácil controlarla”, describe. “Pero me he mantenido ahí. Jugué agresivo, jugué inteligente y, en los momentos más complicados, supe responder. He fallado un par de derechas con las que no estoy muy contento, pero he hecho lo que el partido requería”.
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A simple vista, no parece que Wu sea una amenaza demasiado seria para él, pero en estos tiempos de regreso, readaptación y todavía muchas cosas por comprobar, Alcaraz está obligado a transitar por caminos que en otras circunstancias no debería explorar. Por ejemplo, los vaivenes del segundo set, hasta donde todo iba de maravilla: derechas limpias y desbordantes frente a un rival refugiado todo el rato en el fondo, que no llega a dar un paso delante de verdad. El chino repele más de lo que ataca y él aprovecha la situación para afilar el drive y seguir poniéndose a tono. Hasta ahí, todo perfecto. Más o menos armonía. Un Alcaraz más o menos parecido al de siempre. Después, sin embargo, empiezan las dificultades lógicas de este proceso curvilíneo.
“¡Nooooooooo! ¡Hostias! ¡No puedo estar jugando así…!”. Es decir, Alcaraz no está contento. Durante algo más de media hora le cuesta reconocerse. En realidad, nada que él y los suyos no imaginasen en la hoja de ruta para el retorno, pero, no por ello, al murciano le cuesta aceptar el fallo. Normal. Su saque empieza a agrietarse y Wu, que hasta entonces no había enseñado los colmillos, encuentra puertas por las que meterse temporalmente en el partido. El chino (26 años y 113º) se había mosqueado antes con un par de personas que se habían sentado en su box —“is not your seat, men! (no es vuestro sitio)”—, pero conserva el temple y se envalentona ante la tensión creciente del de enfrente.
Alcaraz se dirige a su palco y se queja de la pista: “¡Bota mal! ¡Es que es una locura!”. Y entretanto, el marcador va y viene. Duelo a tirones. Feúcho. De la buena inercia de la primera manga y el 2-0 favorable a él, se pasa al 2-3 adverso y el rival apretándole, con varias bolas de rotura que de haberlas confirmado hubieran inclinado el terreno. No terminan de salirle las cosas. Incluso hay errores extraños, en otros momentos seguramente impensables. ¿Alcaraz tirando una dejada que ni siquiera llega a la red? Así es. ¿Alcaraz enviando una derecha franca al pasillo, por un par de palmos, cuando podía cerrar el segundo set? Efectivamente. Momentos que atormentan al tenista, pero que inevitablemente tenían que llegar y que deberá ir digiriendo.
Por fortuna, Wu no embiste con la determinación de Bu, verdugo el miércoles de Rafa Jódar, y aunque el de El Palmar navega entre algunas inseguridades, sabe sobreponerse, enderezar y resolver. En ese sentido, las cosas no parecen haber cambiado demasiado respecto a enero. Aun así, resopla y emite un grito rabioso: ¡Ufff! ¡Sííííí! Mientras, su padre Carlos, hombre siempre tranquilo, se pone en modo tenista y se lleva el dedo izquierdo a la sien cuando el hijo se dirige a la silla para descansar, aclarar un poco las ideas y rebajar la excitación: tranquilo, Carlitos, tranquilo. Calma. Sigue caliente, contrariado, pero el guion empieza a parecerse bastante más al del primer acto que al pasaje de las frustraciones.
Una vez abierta la brecha, 4-1 arriba, Alcaraz enfila de nuevo el camino de lo práctico. No es día de brillos, pero sí de ganar tiempo, sensaciones, ojalá certezas que le ayuden de aquí en adelante, dicen las caras de su gente. Cuando la inspiración se resiste a llegar, bien valen el método y la experiencia, y esta le dice que con enfriarse un poco y dejar hacer de ahí al final al errático Wu, sin filo este, le vale para progresar hacia la siguiente estación. A pesar de el oleaje, cierra una victoria limpia —imponiéndose en toda la estadística— y se adentra en el territorio de la segunda semana del torneo en fase de crecimiento. “¿Podía ser mejor? Sí, podía haber sido mejor, pero en general estoy orgulloso de lo que he hecho hoy”. “Mi nivel es realmente alto”.