Le faltan unas semanas para cumplir 89 años, pero su cine, esas películas que año a año con regularidad relojera ha ido construyendo, no lo aparentan. Autor de piezas que siguen fascinando a jóvenes espectadores y a cinéfilos veteranos como Los duelistas, Alien: el octavo pasajero, Blade Runner, Thelma y Louise, Gladiator, El reino de los cielos y El último duelo, entre casi 30 largometrajes, nadie diría que Scott está a un paso de convertirse en nonagenario. Por si quedaba alguna duda, La constelación del perro (The dog stars) revalida su querencia por las fábulas distópicas, por esas gestas épicas que gravitan alrededor de las paradojas del ser humano. Es el suyo un cine de género, cine de aventura y/o ciencia ficción que se proyecta hacia el futuro con mezcla de preocupación y esperanza que supura un imaginario que se percibe anclado en los cánones narrativos del cine clásico.

En este caso, Scott ha partido de la novela de Peter Heller, un escritor sobre el que aquí se cierne la influencia de Cormac McCarthy, heredero a su vez de heraldos de la acción como Herman Melville, William Faulkner y Richard Matheson. En verdad, La constelación del perro recrea una situación muy próxima por el paisaje y paisanaje a La carretera de McCarthy. Queda claro que nos movemos en una constelación acotada por las querencias de Scott, recuerden que el propio Scott llevó al cine la adaptación de El consejero de McCarthy con Penélope Cruz y Javier Bardem al lado de Cameron Diaz , Michael Fassbender y Brad Pitt.

Como en aquel caso, The dog stars se percibe como una adaptación fallida, arrítmica, con un reparto de más nombre que acierto. Durante algún tiempo, en los 80 y 90, se sentía que la carrera de Scott parecía moverse por un filo de sierra. A veces alumbraba obras deslumbrantes, a veces, se perdía en historias que prometían lo más y finalmente daban poco. En este caso, ambientado en un futuro que se percibe a la vuelta de la década, la historia se centra en unos pocos supervivientes de un mundo asolado por la agonía. El propio autor de la novela, Peter Haller, decía que fue durante la pandemia de la COVID cuando percibió como próxima y real la profecía de su novela escrita diez años antes, tras la crisis económica de 2008. Probablemente fue esa sensación de verosimilitud y reflejo la que hizo que Scott, un Scott hiperactivo, escogiera esta novela para montar su vigesimonoveno largo. Con el protagonismo casi absoluto de Jacob Elordi, con dos veteranos de raza como Josh Brolin y Guy Pearce como escoltas y con Margaret Qualley para sostener la coartada romántica oportuna como contrapunto, Scott vuelve a tirar de repertorio. Rueda fácil lo que parecería mucho más caro, obtiene recursos del espacio, exprime la imagen –fue fotógrafo antes que director– y se aventura con brillantez en un paisaje anclado en un futuro sin futuro. Una sensación de anacronía, de tiempo sin tiempo, atraviesa esta constelación que mezcla los tonos y recursos de una buddy movie con la pasión por el vuelo de Miyazaki y la amenaza exterior, esos otros que fueron parte de nosotros mismos, de las películas de zombies. Es decir, la coctelera de Ridley Scott agita buenos ingredientes, pero la mezcla no acaba de fusionarse bien.

La constelación del perro (The Dog Stars)

Dirección: Ridley Scott

Guion: Mark L. Smith y Christopher Wilkinson a partir de la novela de Peter Heller 

Intérpretes: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Allison Janney y Benedict Wong

País: EEUU. 2026

Duración: 118 minutos

Buena parte de la culpa la tiene un guion de diálogos y situaciones definitivamente desvitaminados y un reparto que nunca transmite la necesaria ligazón y electricidad entre unos personajes y otros. Falta eso que hace unos años se decía química entre los actores. Tampoco el total protagonismo del hombre de moda australiano, Jacob Elordi, cuyo padre nació en Marquina y su abuelo en Ondárroa, emigrantes en Australia huyendo del régimen de Franco, impone el magnetismo que precisa un filme concebido como una obra de tres actos. En el tercero, donde aparece la locura y lo siniestro, el filme parece recobrar un interés especial que lo redimiría de ese exceso de tarjeta postal y ensimismamiento.

No lo consigue porque pasa rápido como un espejismo para dar rienda suelta a un deseo de vislumbrar esperanza en un crepúsculo que no tendrá amanecer. Quien siempre puede renacer en todo caso, será este Ridley Scott al que muchas veces se le da por acabado pero que siempre regresa de nuevo.