Empezó a hacer fotos a los 17 años y dos después ya tenía claro que se dedicaría a ello profesionalmente, que dejaba el campus de Bennington donde había empezado sus estudios universitarios para volver a Virginia y, también, que se casaría con su novio ese mismo año. Sally Mann (Lexington, EE UU, 75 años) sigue viviendo en Virginia, en la misma finca que su padre, un médico rural, compró. Sigue casada con el mismo hombre, Larry Mann. Y sigue haciendo fotos. Ha acumulado reconocimientos y premios, como una de las grandes fotógrafas del último medio siglo, sin arredrarse ante la polémica que la ha perseguido desde que publicó Immediate Family, con los retratos de sus tres hijos en esa casa en el campo. Aquel proyecto la colocó en el ojo del huracán de las llamadas guerras culturales de Estados Unidos en los años noventa —porque los niños aparecían desnudos en algunas de las fotos—, unas batallas que han vuelto a avivarse, como prueba que en 2025 las fotos de los hijos de Mann fueran retiradas por agentes de las paredes de un museo en Fort Worth. Su hijo Emmett, diagnosticado con esquizofrenia, se suicidó en 2016.
Mann ha logrado no quedar atrapada en la foto fija de la polémica, ha seguido indagando en los procesos de revelado que desde el principio la fascinaron, empleando incluso colodión húmedo en placas de vidrio y usando las cámaras de gran formato que le permiten capturar texturas y crear atmósferas que enfatizan la magia densa de la fotografía. La exposición Sally Mann. Macula et Materia, comisariada por Anne Morin y organizada por Kutxa Fundazioa en Tabakalera, en San Sebastián, reúne hasta el 18 de octubre una amplia muestra de su trabajo: enormes paisajes; campos de batallas, lugares cargados de tragedia e historia del sur de Estados Unidos; fotografías de su esposo, que fue diagnosticado con distrofia muscular hace cuatro décadas; de sus hijos, a quienes volvió a retratar en 2004; de las niñas de 12 años de la zona donde vive, a quienes fotografió en los ochenta; de los cadáveres que se usan en un centro de formación de forenses; o esa mítica foto que nunca se ha mostrado en Estados Unidos titulada Las tres gracias en la que Mann y sus dos hijas están bailando y haciendo pis y que forma parte del proyecto de Immediate Family. Todas las copias las ha hecho ella misma, salvo las imágenes en color. Mann visitó España por primera vez por este motivo a mediados de julio. La acompañan sus galeristas de Gagosian, con quienes trabaja desde hace 20 años. Viste sus clásicos vaqueros y camisa blanca, lleva la melena recogida en una coleta, mostrando su cara angulosa y los ojos azules, su belleza es algo a lo que ella nunca ha querido prestar atención. Inquieta, curiosa, con un fino sentido del humor y la misma franqueza e inteligencia que ha mostrado en sus memorias, Hold Still (2015) y Art Work. On the Creative Life (2025), su relato de lo que significa ser un artista a partir de la larga correspondencia que ha mantenido con un colega a quien conoció en el taller de Ansel Adams en los setenta. Mann no teme ponerse en cuestión, aunque haya tenido que defenderse con fiereza.
‘Emmett, Jessie and Virginia’ (1989).Sally Mann (Cedida por Gagosian)
En sus fotos apenas se muestra, pero en los libros toma el primer plano de manera muy directa.
No me da ningún miedo mostrarme en mis escritos. En fotografía lo que me asusta es exponer a otros, por eso ya no hago retratos. Corres un riesgo mucho mayor sentándote delante de mi cámara que el que asumo yo. Richard Avedon escribió mucho sobre esto. De todos modos, el trabajo que hago ahora no me expone, más allá de mostrar acaso mi sensiblería.
Un retrato es algo que hacen juntos modelo y fotógrafo, a diferencia de la escritura, un ejercicio solitario.
El crítico Jim Lewis habla de las distintas maneras que tienen los fotógrafos de acercarse a sus sujetos. La mía es aparecer de forma algo patosa. Acaban sintiendo pena, no sin motivo, porque soy un poco desastre con la lente cayéndose o haciéndome un lío con la medición de la luz, que nunca acabo de controlar. Pero lo de conseguir que la gente a la que fotografías se fíe de ti ya es algo un poco falso, a menos que seas una persona totalmente fiable, y ningún fotógrafo lo es.
Janet Malcolm reflexionó mucho sobre esa traición en el plano periodístico.
Estuvimos en contacto durante mucho tiempo y Malcolm me fascinaba. Defendió mi trabajo con firmeza.
¿Ha sentido que cometía esa traición al hacer retratos?
Las chicas de 12 años a las que fotografié eran más vulnerables ante mí que mis hijos, porque ellos sabían exactamente lo que estaba pasando, entendían de alguna manera de qué iba la cosa, pero otros modelos no. Y eso me hace sentir… Incluso con mi propio esposo, hay una foto en esta exposición en que está acurrucado de espaldas y se ven sus testículos colgando. No creo que él lo supiera y no le importa, pero esas son el tipo de vulnerabilidades de las que la gente no es consciente cuando le hacen una foto, y como fotógrafo sí lo eres. Puedes decir “eh, se te ven los huevos” o sacar una buena foto. Siempre estás caminando por una fina línea ética.
¿Cómo se tomaron en su familia la polémica que despertaron las fotos de sus hijos?
Mi madre bostoniana estaba un poco…, no disgustada, pero no entendía por qué yo había querido echarme encima todo eso. Y es una buena pregunta, pero yo no anticipaba nada de lo que pasó. Sé que suena un poco falso, pero es la verdad. No esperaba tanta exposición. Cuando se publicó Immediate Family tuvo una tirada de unos 2.500 ejemplares, nadie creía que fuera a vender mucho. Y yo ni siquiera tenía una galería que expusiera mi trabajo, nunca había tenido una exposición hasta entonces. Puse esas 12 copias en una pared y bueno, mirando retrospectivamente, fue un poco estúpido por mi parte no ver que aquello estallaría. Era muy muy al principio de las guerras culturales.
Y salió ese perfil en The New York Times.
El tema ya estaba encendido y el periodista saltó cuando los cañones flameaban. Me traicionó y de qué manera. Se ha muerto hace poco y me escribió poco antes para decirme que quería devolverme toda nuestra correspondencia. Creo que se sentía mal. Se aprovechó de mí y echó más leña al fuego. Yo no necesitaba eso.
‘Untitled (Three Trailers)’, 2023.Sally Mann (Cedida por Gagosian)
¿Cómo vivieron la tormenta sus hijos?
Jessie, de forma muy desafiante, hasta la fecha ha sido muy solidaria y cree mucho en el trabajo. Virginia, que era la más pequeña y a quien más fotografié, trabaja en el mundo del arte y aprecia el trabajo. De alguna manera ellas han logrado separarse de las fotos y verlas como un cuerpo artístico y a sí mismas como independientes de esas imágenes, definidas por otras cosas. Mi hijo Emmett era el mayor y el chico y fue más duro para él. Tenía más miedos, algo que iba más allá de las fotos, no quería que le señalaran o le tomaran el pelo. Las niñas tenían más seguridad de forma casi instintiva, él no.
¿Le resulta duro ver las fotos de su hijo?
Algunas veces, sí. Pero puedo usar la misma técnica que mis hijas y pensar que son simplemente una imagen y no Emmett.
Su esposo ha jugado un papel importante y ha apoyado siempre su trabajo con plena confianza.
De forma implícita, sí. Ahora trabajo en una gran exposición de fotos de él sacadas en los noventa y principios de los dos mil que se titula Marital Trust. Tengo imágenes de él desde 1968, pero después de Immediate Family y de la serie de los paisajes, en esos 10 años lo hice muy intensamente. Son fotos muy reveladoras: algunas de sexo con desnudos, erecciones, semen, cosas que normalmente no son fotografiadas así.
Y las quiere mostrar.
Son buenas fotos. Tengo confianza en este trabajo. Los hombres han fotografiado a sus mujeres y novias desde que se inventaron las cámaras. Pero desde que Psique levanta la lámpara de aceite para iluminar a Eros en la mitología, a las mujeres no se le ha permitido hacer esto. Hay excepciones como la poeta Sharon Olds, pero no es un territorio muy transitado.
¿Cómo se prepara para la controversia que intuye que llegará?
No me preocupa tanto la exposición, pero temo la bronca. No me importa poner esas fotos en la pared, pero odio pensar que Larry tendrá que pasar por ello. Por otro lado, son imágenes viejas, él está hoy en una silla de ruedas, no es la persona que se muestra ahí. Y es agradable de alguna manera verle joven y fuerte. En general me preocupo porque no quiero generar controversia de forma gratuita. Podrías preguntarme cuál era la razón detrás de las fotos de los niños. ¿Fueron desnudos gratuitos? Y no, absolutamente no lo fueron. Era algo que encajaba en nuestro modo de vida normal. Y yo era tan ingenua y naif y el mundo lo era también en los ochenta cuando no había internet.
¿Trató de recrear en ese trabajo su propia infancia? ¿Era una manera de jugar con sus hijos?
Absolutamente, estaban inspiradas en mi infancia, que había transcurrido 30 años antes y donde todo era aún más idílico. Intentaba explorar ese mundo edénico. Lo he descrito como una ocurrencia natural y las fotos, bueno, alguna vez hacían algo y volvíamos a ello, pero generalmente surgían de algo corriente y normal. La cámara estaba plantada ahí. Siento que hoy se ha vuelto anormal tener ese modo de vida, pero no era nada extraordinario.
Escribe: “Si quieres hacer arte y tener hijos, prepárate para años de frustración”.
Es realmente duro. Pero de hecho era muy duro antes, porque no tuve hijos hasta que llevaba 10 años de casada y el mismo tiempo en mi carrera como fotógrafa. Y esos primeros años fueron horribles. Creo que fueron particularmente duros porque era mujer. Sería interesante mirar quién tenía exposiciones de fotografía en Nueva York en los setenta, apuesto a que no encontraríamos a ninguna mujer. Solo había dos galerías.
La fotógrafa Sally Mann, retratada en el centro de cultura contemporánea Tabakalera en San Sebastián en julio.
Andrea Arévalo (Andrea Arévalo para El País Se)
Defiende que el arte ofrece más preguntas que respuestas. ¿Cuáles son las que aún le rondan?
Me interesa la sociedad estadounidense y cómo implosiona. En las fotos en color que estoy sacando y se muestran aquí ves ese mundo triste, gastado, desvaído, desalentado. Me interesa mucho lo que pasa en el territorio MAGA.
La tierra del actual vicepresidente, J. D. Vance, los Apalaches.
Sí, él ha exprimido hasta la última gota de su infancia ahí. Al ver mis fotos me doy cuenta de que es un trabajo más sociológico, no es romántico en absoluto.
Ha trabajado a menudo con cámaras de gran formato e investigado mucho con lentes. Habla de las telas de lino que empleó para cubrir el objetivo y dar más textura. También ha pasado muchas horas en el laboratorio. ¿Qué le ha dado esto y por qué decidió apostar por ahí desde el principio?
Cuando empecé la fotografía no era lo que es hoy, no estaba en todas partes, y realmente había pocos fotógrafos artistas. Ansel Adams y Edward Weston, Robert Frank, Cartier-Bresson. Había dos estilos bien diferenciados. Estaba la cámara de fuelle, de gran formato, que usaban Weston y Adams, y eso es hacia lo que yo gravité, no sé por qué. Luego, la instantánea y el momento decisivo con las cámaras de 35 mm. Esa gente disparaba deprisa. Yo era lenta. Aún lo soy. Para mí es muy cerebral, pienso mucho en cómo hacer las cosas. Por eso ahora me gusta hacer esas fotos en color en 35 mm.
Ahora usa una cámara digital. ¿Desde cuándo?
Desde que me regalaron una hace unos cinco años. Tardé mucho en encontrar la lente adecuada, porque busco una cierta suavidad efímera en mis fotos, no sé muy bien cómo describirlo, no quiero hablar de nostalgia, pero algo de esa atmósfera es lo que trato de evocar. Supongo que busco algo atemporal.
¿Saca fotos con el teléfono?
Sí, ¿quién no? Pero no las edito ni uso artísticamente.
¿Y las viejas cámaras de fuelle aún las usa?
Sí, en una serie sobre el tema de la raza en Estados Unidos. El proyecto parte del río River y el primer barco con esclavos que llegó a Estados Unidos, a Point Comfort en la desembocadura, precisamente en Virginia. Empecé a explorar la zona siguiendo el hilo de mis trabajos sobre el sur profundo y sobre los campos de batallas de la guerra de Secesión, con esa misma idea de que la tierra guarda secretos y verdades y dolores.
Al echar la vista atrás, ¿siente que tocó temas que han resultado claves?
Correcto. El tema de la raza, la historia de la esclavitud y ese legado, la guerra. Todo eso está entrelazado, pero están diferenciados para mí. Y también los niños y su capacidad de acción.
Hoy Instagram está lleno de familias y niños.
No estoy en redes sociales. Este es un mundo distinto. Hoy no podrías hacer lo que yo hice de poner ahí fuera a mis hijos.
¿Saca fotos a sus nietos?
Mi hija se pregunta por qué no les hago fotos [risas]. Así que la respuesta es no. Me encanta estar con mis nietos, hacemos muchas cosas juntos, pero no fotos.
Escribe que “más allá del medio que usemos, nos contamos historias con pasión y convicción una y otra vez, y la prueba de una carrera exitosa es cuán inventivas y complejas son las variaciones sobre esa historia”. ¿Cuál es la suya?
Multifacética, eso seguro. Quiero abarcar todo cuanto pueda, pero de una manera sutil, no torpe. En fotografía también quiero que las obras se sostengan por su belleza. Quiero hacer fotos preciosas, que tengan sustancia y traten de algo, que planteen preguntas y evoquen algo atemporal. Quiero que sean preguntas eternas, supongo.
La naturaleza en su sentido más amplio parece guiar su trabajo. Paisajes, infancia, también muerte. ¿Qué la llevó a las fotos de los cadáveres?
Mi padre era médico, pero le interesaba mucho la iconografía de la muerte. Íbamos a museos y eso es lo que él miraba, preparaba un libro sobre el tema. Puede que haya algo genético.
A través de su padre conoció al pintor Cy Twombly, con quien mantuvo una buena amistad. ¿Cómo la influyó?
Su aproximación al arte es lo que más me marcó. Él disfrutaba enormemente y yo, hasta que empecé a tratarle, iba como un soldado, con mucha determinación. Él lo hacía de otra manera, más jovial. Con ese tono de voz tan particular me llamaba para preguntarme si había bajado del caballo y pedirme que fuera a verle porque me quería enseñar algo. Frente a un lienzo gigante me preguntaba qué me parecía, y ¿qué se supone que dices? “Es muy bonito, estás avanzando, muy bien, buen trabajo”. Al día siguiente volvía a llamarme y cuando iba a verle había pintado encima y vuelto a empezar. Su pasión y disfrute eran evidentes y cambiaron mi manera de trabajar hacia algo menos compulsivo y más gozoso.
¿Y Ansel Adams? Fue alumna de su taller y luego trabajó otro verano allí.
Bueno, cuando le conocí, iba decir que era viejo, pero debía de tener la misma edad que yo tengo ahora. Solo le traté como profesor. Le recuerdo saliendo del cuarto oscuro con su delantal y su tripa grande y un gran vaso de vino. Él también hacía que el trabajo artístico pareciera sacado de una película.