Una de cada cuatro personas lo tiene y casi ninguna lo sabe

Mira a tu alrededor en el autobús, en la cola del súper, en una comida familiar. Estadísticamente, una de cada cuatro personas adultas que ves tiene el hígado graso. Casi ninguna lo sabe. Ese es justo el problema: la enfermedad crónica del hígado más frecuente del mundo no duele, no avisa y ni siquiera tiene un nombre que la gente reconozca.

✒Marta López de Rodas Gregorio, médica formada en la Facultad de Medicina de Albacete. Premio de la Sociedad de Medicina Interna de Castilla-La Mancha y Madrid (SOMIMACA) en el certamen ‘Cuéntame tu TFG’.

El MASLD suele ir de la mano de la obesidad, la diabetes o el colesterol alto

Esta enfermedad en realidad se llama MASLD, unas siglas inglesas que vienen a decir «hígado graso ligado a problemas del metabolismo». Suele ir de la mano de la obesidad, la diabetes o el colesterol alto. Y mientras la grasa va produciendo cambios en tu hígado, este sigue funcionando, limpiando tu sangre, guardando energía, fabricando mil sustancias…

El problema llega cuando esa grasa empieza a inflamar el hígado. Entonces hablamos de MASH, un escalón más grave. Si la inflamación se mantiene, el hígado se va endureciendo, formando cicatrices, lo que los médicos llaman fibrosis. Si esas cicatrices avanzan, pueden terminar en cirrosis o incluso en cáncer.

¿Qué tratamientos se están desarrollando? ¿De verdad funcionan?

Hasta hace tan solo dos años, no había ningún fármaco aprobado para frenar y, menos aún, revertir el curso de la enfermedad, pero esto ha empezado a cambiar. En este trabajo revisamos los principales ensayos publicados en los últimos diez años sobre los nuevos fármacos para esta patología. Partiendo de más de 30.000 publicaciones inicialmente y tras un filtrado riguroso, las preguntas eran claras: ¿Qué tratamientos se están desarrollando? ¿De verdad funcionan?

La respuesta es sí, varios y con resultados prometedores. De hecho, los resultados fueron tan favorables y la necesidad tan acuciante, que en los dos últimos años dos medicamentos han recibido luz verde en Europa y Estados Unidos para tratar el hígado graso con cicatrices. Uno, resmetirom, actúa imitando una hormona de la tiroides para «encender» la quema de grasa dentro del hígado. El otro pertenece a una familia muy conocida últimamente: los fármacos para adelgazar y para la diabetes. En concreto, se trata de semaglutida, que ayuda a perder peso y, de paso, descarga el hígado y lo desinflama.

No son los únicos. Está en investigación un abanico de fármacos para tratar esta enfermedad. Y gana fuerza una idea muy sensata para el futuro: como tiene muchas causas a la vez (grasa, inflamación, resistencia a la insulina, cicatrices, ácidos biliares), lo lógico parece ser combinar varios tratamientos, abordando el problema desde distintos frentes. Algo que ya se hace en otras enfermedades complejas.

Hay un tratamiento que no necesita receta

Mientras tanto, hay un tratamiento que no necesita receta ni aprobación de ninguna agencia, y que está en nuestras manos. El primero, el más barato y con beneficios que van mucho más allá del hígado, sigue siendo el de toda la vida: comer mejor, moverse más y perder peso cuando sea necesario.

Pocas enfermedades tan extendidas han recibido tan poca atención durante tanto tiempo. Y pocas han cambiado tanto en tan poco: lo que durante décadas fue un problema sin tratamiento es hoy un campo que avanza a toda velocidad. La medicina ha dejado de mirar para otro lado y es hora de que el hígado graso deje de ocupar un segundo plano. Porque una enfermedad tan frecuente y silenciosa, con consecuencias potencialmente graves y ahora con opciones reales de tratamiento, ya no admite ni bromas ni excusas.

Hemeroteca