Hay ciudades que forman parte de la biografía de un artista tanto como sus cuadros. Para Antonio Pedrero (Zamora, 1939), Madrid es una de ellas. Llegó a la capital con apenas 14 años para estudiar Bellas Artes, procedente de una pequeña ciudad de provincias y con la mirada de quien descubre un mundo nuevo. Los tranvías, el metro, los museos y los grandes maestros dejaron una huella que todavía permanece. Ahora, a los 87 años, regresa a Madrid con una exposición antológica que reúne un centenar de obras realizadas a lo largo de más de 75 años. «Nunca es tarde», dice a este periódico. «Antonio Pedrero. Antológica 1952-2026» puede visitarse hasta el 27 de septiembre en el Centro Cultural Casa de Vacas del Retiro. La muestra, organizada por su familia y patrocinada por la Diputación de Zamora, recorre diferentes etapas, técnicas y temáticas de un artista que ha convertido Zamora y Castilla y León en una fuente constante de inspiración, aunque siempre con una vocación universal.

¿Qué recuerda de aquel primer Madrid al que llegó con 14 años?

De auténtico acontecimiento. Los tranvías y el metro me impresionaron en aquel Madrid tan nuevo para mí, un muchacho de 14 años de provincias. Posteriormente sigue siendo un acontecimiento cada día que piso esta ciudad «que brilla cien leguas a la redonda», como decía mi amigo-hermano ya fallecido, el poeta Hilario Tundidor. Es una gran ciudad que sigue enseñando a todo aquel que la visita y que a mí tanto me influyó artísticamente y en mi formación humana y social.

¿Qué queda de aquel joven que llegó a estudiar Bellas Artes?

Emocionalmente es vital mi nueva mirada al Madrid que profundamente amo, que conocí con catorce años cuando me vine con pantalones bombachos a estudiar Bellas Artes en los años 50. Por la suma de varias circunstancias, no había podido realizar hasta ahora una exposición tan personal, antológica, y gracias a la Diputación de Zamora y el Ayuntamiento de Madrid se ha concretado este sueño y, a la vez, profunda obligación con Madrid, esta ciudad tan querida.

¿Por qué ha tardado tanto en llegar esta exposición?

Bien es verdad que tenía que haber sido mucho antes, pero con esta exposición antológica, a mis 87 años, con más de 75 años de trayectoria resumida en un centenar de obras, se demuestra que «nunca es tarde».

Su obra está profundamente vinculada a Zamora. ¿Cómo se puede trasladar ese territorio a Madrid sin perder su esencia?

Quizá sea el amor a una ciudad que sorprende siempre a quien la descubre. Yo, como ciudadano que la vive, busco artísticamente su universalidad. Una universalidad que tiene, como ocurre con todas las cosas, pero hay que buscarla desde todas esas facetas que son definitorias de su encanto y personalidad, de su entorno, bien zamorano o de Castilla y León, que es su geografía.

Entonces, ¿Madrid y Zamora son dos caras de su formación?

Mi formación académica es madrileña, soy un deudor con esta ciudad que tanto me marcó en mi formación, adolescencia y juventud. Pero la esencia yo creo que es zamorana inevitablemente —conscientemente buscada y sentida—, como puede verse en esta exposición antológica. Creo que están perfectamente complementadas.

En la exposición aparece también el mural de «La Golondrina». ¿Qué significa para usted?

Sintetiza bien mi infancia, mi juventud familiar y todo lo bueno que conlleva aquella sociedad provinciana, tan querida, en una pequeña ciudad que como tal ya no existe. Es un homenaje coral a la Zamora que se extingue y que irremisiblemente ha cambiado en el tiempo.

Exposición de Antonio Pedrero en Casa de Vacas @ Gonzalo Pérez Exposición de Antonio Pedrero en Casa de Vacas @ Gonzalo Pérez Gonzalo Pérez Fotógrafos

El retrato es otra constante en su trayectoria. ¿Qué busca cuando pinta a una persona?

Para mí el retrato es y ha sido esencia en mi trayectoria. No la propia efigie, buscando solo el parecido, sino lo que hay detrás, su alma. Y esto es muy difícil de explicar y, por supuesto, demostrar.

También ha trabajado la escultura. ¿De dónde nace esa faceta?

Mis primeras inclinaciones plásticas en la infancia fueron modelando. Hacer con barro los pasos de la Semana Santa de Zamora en pequeño. Pero en mi primera formación, mis dos maestros en la Escuela de San Ildefonso de Zamora, Daniel Bedate y Chema Castilviejo, eran pintores y quizá me influyeron hacia la pintura. De cualquier forma, algunos críticos han visto siempre esta construcción escultórica en mi pintura, y yo creo que efectivamente: siento más la forma que el color.

¿La exposición es, en cierto modo, un resumen de toda una vida?

La exposición consiste en una estructura desde la infancia, realmente, la juventud, la preparación y muchos amigos que, entonces, dejamos de la infancia y cambiamos por otros amigos, en Madrid. Yo tenía 14 años, pero amigos como Velázquez y Murillo, que han sido maestros universales de mi preparación.

¿Qué le gustaría que se llevara el visitante después de recorrer Casa de Vacas?

Sencillamente, que vea la totalidad de la muestra; que entienda que el Arte ha sido desde la infancia el hilo conductor de mi vida y el mejor modo de comunicación con los demás, y a su vez que conozca las variadas fases que conllevan a la expresión artística y humana de mi obra.

Después de tantos años, ¿qué significa volver a exponer en Madrid?

Es una satisfacción exponer en Madrid, pero me hubiera gustado ir de novillero que ahora de viejo matador. Espero que sea bien acogida. Ahí está la obra, que siempre tiene una perennidad.