“Tengo un amigo que cada vez que viene hace la misma foto desde el mismo sitio. Y dice que siempre son distintas”, cuenta Pedro, propietario junto a Marina de esta pequeña casa adosada a orillas del Mar Menor, en Los Urrutias, parte del municipio de Cartagena. Aunque el Mar Menor es, en realidad, una laguna salada, sus olores, sus colores y hasta su oleaje en días de levante son los de todo un mar. Y, como cualquier observador atento sabe, no existe nada más cambiante que la superficie marina. Javier Peña (Murcia, 1966), arquitecto responsable de este proyecto (al que llamó Vivir frente al mar) explica que, además, aquí los azules son todavía más especiales porque la interacción del sol con las aguas de los dos mares contiguos (Mediterráneo y Menor) crea reflejos insólitos en el cielo.
Marina Gómez
Si cualquier costa —incluso esta, que tiene algo de miniatura— se comporta como un animal vivo, lo que Peña buscaba era producir una impresión similar con su vivienda. Lo que se encontró en 2017 fue una de las casas típicas de la zona: sobre una parcela que forma un rectángulo estrecho de 125 metros cuadrados, tras la fachada con una sola ventana y una puerta hacia la arena, había un galpón construido durante los años cincuenta cuya cubierta se apoyaba en viejas cajas de bebida. La casa llevaba años siendo propiedad de una familia que la usaba solo durante las vacaciones, apiñándose a lo largo de una distribución caótica. Pero la reforma no iba a dar lugar a otra casa de veraneo. La casa estaba destinada a ser habitada durante todo el año por una pareja de coleccionistas de arte cuyos hijos ya se habían emancipado, así que, aunque habría espacio para ellos, los requerimientos serían muy diferentes.
La colocación del contenedor sobre sus soportes de hormigón mediante un camión-grúa fue una operación compleja y, sin embargo, más barata que la construcción de una segunda altura por otros medios más convencionales. Marina Gómez
En todos sus proyectos Peña introduce elementos que interactúan con el entorno. Desde el exterior, aquí el protagonismo lo tiene la lona de camión que recubre una estructura extraña que parece levitar sobre la casa. Esa estructura es un contenedor marítimo con un tamaño ligeramente superior al estándar, mientras que la lona, que se agita con el viento recordando el flameo de una vela, tiene una función aislante (esconde lana de roca) y se ha colocado a la vista por motivos tanto estéticos como de ahorro de espacio interior. “El contenedor es un regalo”, dice Peña entusiasmado. “Por su envoltorio, por las vistas que proporciona y porque agota la edificabilidad y su techo queda exactamente a la cota permitida”.
Una sección del proyecto que permite apreciar cómo dotar de cierta tridimensionalidad a los espacios era un reto en esta parcela en forma de tubo. Marina GómezTener sol, tener sombra, ver el mar
A pocos kilómetros de Los Urrutias, en la misma orilla, Alejandro de la Sota proyectó en 1965 un conjunto residencial (Bahía Bella) que nunca llegó a construirse. Cuando escribió sobre él, el arquitecto gallego insistió en que lo que buscaba era “tener sol, tener sombra y ver el mar”. Se podría decir que esas son las tres condiciones que obsesionan a todos los que sueñan con vivir junto al Mediterráneo, y aquí se cumplen gracias a una secuencia de luces y sombras que acompañan rítmicamente a quien recorre la casa desde su fachada frontal hasta su puerta trasera.
Tras el ventanal está el espacio principal, donde el suelo de hormigón pulido contrasta con una gran luminaria de policarbonato que también hace las veces de cortinero y da altura a la estancia. El salón, que integra la cocina sobre la que se abre un pequeño lucernario, avanza hasta un patio intermedio, permitiendo que en verano toda la zona de día se convierta en un espacio abierto que llega hasta la playa. Además, este patio funciona como transición y proporciona ventilación, con distintos filtros que permiten graduar la entrada de claridad, en un guiño a las arquitecturas tradicionales de las zonas más meridionales de la Península.
El techo del espacio que sirve como salón y cocina está construido en policarbonato e integra la iluminación. Marina Gómez
El patio conecta con dos habitaciones (dormitorio de invitados y despacho) que, junto a la zona de servicio (situada en la entrada trasera, preparada para albergar una moto o las instalaciones y calderas del suelo radiante), completan la planta baja. La subida hacia el contenedor (donde estará el dormitorio principal) implica una sorpresa. Entre una altura y otra existe una especie de entresuelo intermedio o “vestíbulo de transición”, que incluye una gran mesa de trabajo que aprovecha la estructura. Peña explica que este espacio es importante porque aporta tridimensionalidad a la casa, ofreciendo vistas diagonales de la construcción y atenuando la “sensación de tubo” que producía la parcela original. Poco más arriba, al fin, el hormigón visto se encuentra con el acero corrugado —con dobleces que lo hacen más resistente— del contenedor de transporte.
Como el material aislante está en el exterior, las paredes no se han recubierto. El acero queda a la vista, con algunas abolladuras (se compró una pieza de segunda mano) y argollas que ayudan a sostener el mobiliario. Una de las tapas del módulo, que funciona como cabecero de la cama, fue convertida en un enorme ventanal desde el que se domina, a más de siete metros de altura y con la impresión de que se está en el puente de mando de un gran buque, todo el Mar Menor, con las Islas Perdiguera y del Barón en primer plano y La Manga al fondo. En sentido contrario, aparece un baño construido con recortes de acero, un vestidor y una pequeña ventana que forma un curioso ángulo. El hueco está girado con la inclinación específica del equinoccio, de forma que durante el invierno el sol entra y calienta directamente la estancia, mientras que en verano, la ventana lo bloquea.
El principal atractivo de esta reforma es que proporciona vistas al Mar Menor desde las dos estancias principales (salón y dormitorio). Los propietarios lo comparan con un cuadro que siempre está cambiando. Marina GómezEl vuelo de un contenedor sobre Los Urrutias
El proceso de reforma y construcción llevó algo más de dos años, marcados por los continuos trámites ante la Delegación de Costas, que ordenó un pequeño retranqueo del patio frontal para respetar la servidumbre de paso. Los primeros trabajos fueron estructurales, tras descubrir la precariedad de la construcción de la que partían, con muros apoyados directamente sobre la arena y vigas podridas por la humedad. A partir de ahí, Peña desplegó una variedad de materiales poco frecuente para una obra tan pequeña: los protagonistas son el hormigón y el acero, pero también hay vigas de fibra de vidrio (que sostienen los cerramientos del patio), vidrios de distintos colores, metacrilatos y tableros fenólicos, ideales para entornos húmedos, que forman la carpintería interior.
Consciente de que la integración de todos estos materiales en espacios complejos puede resultar confusa sobre plano, Peña tiene por costumbre elaborar maquetas de sus obras a escala 1:50, con distintos colores que indican a los albañiles y al resto de los oficios la disposición de cada elemento. Con todo, el arquitecto reconoce que llegó al momento de mayor dificultad técnica —la colocación del dormitorio sobre sus cuatro soportes de hormigón— algo nervioso. La pieza había sido forrada por una empresa de lonas de camión (donde no entendieron muy bien que se les pidiera un recubrimiento con algo de holgura, para crear esa sensación de movimiento) y la estructura estaba lista, con la escalera ya construida. Entonces llegó un camión-grúa que, con la calle cortada, y con ayuda de grandes cuerdas mediante las que los operarios controlaban su posición, descargó el contenedor sobre los soportes. Todos respiraron con alivio al comprobar que encajaba perfectamente.
La colección de arte integra obras de Enrique Marty o Josep Tornero. Durante los meses de verano, no es raro que los propietarios se encuentren a bañistas en mitad de su salón.Marina Gómez
A pesar de esta operación tan compleja, Peña recuerda que los medios auxiliares (como grúas permanentes y andamios) para una construcción convencional a esa altura y en ese lugar, hubieran resultado mucho más caros. De hecho, el arquitecto destaca que este ha sido su “proyecto más económico” con un coste por metro cuadrado tres o cuatro veces inferior al que suele presentar a sus clientes. El ahorro, tan necesario cuando son unos particulares quienes acometen la rehabilitación de la que será su vivienda principal, se logró a través de varias estrategias: aparte del uso de un contenedor reciclado, sobre el que se trabajó en taller antes de su instalación, los acabados son “muy crudos”, sin materiales cerámicos o de otro tipo recubriendo el hormigón estructural. Peña señala que así refleja la filosofía kintsugi japonesa que le inspira, basada en que las partes nuevas y viejas de un objeto convivan de forma natural, dejando, en su caso, que algunas cicatrices del edificio original o de la obra sean visibles. Además, Marina y Pedro fueron parte activa de todo el proyecto, sin miedo a ensuciarse las manos o a completar por sí mismos algunas de las operaciones constructivas.
Después de ocho años, no se arrepienten. Es cierto que cuando el viento sopla con determinada orientación deben cerrar las ventanas para que no se acumule la humedad y que, de vez en cuando, se encuentran a turistas haciéndose una foto en su salón (el murete frontal también fue demolido). Se lo toman a broma, al fin y al cabo, son molestias insignificantes después de haber cumplido su viejo sueño de vivir frente al mar.