En Bunia, capital de la provincia de Ituri, algunos alumnos han retomado este martes el camino a la escuela. Vestidos con uniformes azules y blancos y cargados con sus mochilas, llegan a colegios, donde el ambiente es a la vez familiar y extraño: el inicio del curso escolar sucede este año en un contexto marcado por el miedo y la incertidumbre debido a que la República Democrática del Congo (RDC) se enfrenta al brote de ébola más mortífero de su historia, que aún se encuentra fuera de control. La enfermedad ya se ha cobrado 3.039 vidas en RDC, mientras que los casos confirmados ascienden a 6.250, según datos publicados este jueves por el Ministerio de Sanidad congoleño.
La provincia de Ituri, que acumula el 81,7% del total de los contagios, es actualmente el epicentro del brote de ébola declarado a mediados de mayo en el este de RDC y que ya es el de más rápido crecimiento y el segundo mayor después del de África occidental, que se extendió por Liberia, Guinea Conakry y Sierra Leona entre 2014 y 2016.
En la escuela Santa Josefina Bakita, hay agentes de seguridad encargados de controlar los accesos y velar por el cumplimiento de las medidas de prevención. El objetivo es limitar el riesgo de propagación del virus de la cepa Bundibugyo, para la que aún no hay vacunas ni tratamientos aprobados. Toda persona que entra en el centro debe someterse a un control de temperatura y lavarse las manos. Los cubos con agua son visibles en la entrada, como recordatorio de que este inicio de curso no es como los anteriores. Para empezar, porque no todos los niños atraviesan las puertas de la escuela.
“Sabemos que se aprovechan de esta epidemia para ganar dinero con la sangre de nuestros hermanos, hermanas e hijos. No vamos a enviar a nuestros hijos al matadero
Jean Agernoworth, padre con hijos en edad escolar
A pocos metros del colegio, algunos alumnos, cuyos padres han preferido mantenerlos en casa por miedo al ébola, observan desde lejos la ceremonia de apertura. Ven cómo sus compañeros entran en la escuela con las mochilas a la espalda, mientras ellos permanecen apartados.
Algunos padres prefieren que sus hijos pasen un año en blanco en casa antes que ir a la escuela y correr el riesgo de contraer el virus. Este es el caso de Zubeda Mihaya, una mujer congoleña y madre de seis hijos que enterró a toda la familia de su hermano menor al inicio del brote.. “He visto morir familias, he visto casas cerradas a causa del ébola. Para mí, aunque mis hijos se queden un año en casa, eso no cambia nada. Prefiero que estudien el año que viene antes que verlos morir. Es mejor un niño analfabeto, pero vivo, que quedarme con remordimientos”, cuenta a este diario.
Los menores representan ya 1.470 casos confirmados y 762 muertes, según los datos disponibles sobre la edad y la evolución de 5.636 casos y 2.264 fallecimientos, explica por correo electrónico Dounia Dekhili, coordinadora de emergencias de Unicef en RDC, informa Silvia Laboreo Longás. “Suponen aproximadamente uno de cada cuatro casos confirmados y alrededor de una de cada tres muertes”, continúa.
Para mí, aunque mis hijos se queden un año en casa, eso no cambia nada. Prefiero que estudien el año que viene antes que verlos morir
Zubeda Mihaya, mujer congoleña madre de seis hijos
Dentro de este grupo, los niños de menos de cinco años son especialmente vulnerables, con una tasa de letalidad más del doble que la de los adultos. “En esta franja, más del 60% de los casos confirmados terminan en muerte, frente a menos del 30% entre los adultos”, añade. Además, al menos 180 niños han perdido a ambos progenitores o a sus principales cuidadores desde que se declaró el brote hace más de 100 días, según datos recientes.
Aunque durante la ceremonia de apertura el gobernador militar de Ituri, Kasongo Gabi, pidió a los padres que manden a sus hijos a la escuela con confianza porque se habían tomado las medidas necesarias, muchos progenitores siguen mostrándose reticentes.
Un escolar se lava las manos antes de entrar en el colegio Gabriel Deshayes, el 3 de septiembre en Bunia, provincia de Ituri, en la República Democrática del Congo.Laetitia Kasongo
Algunos incluso habían matriculado a sus hijos y comprado el material escolar, pero todavía dudan en llevarlos a clase por miedo al ébola. “No puedo mandar a mis hijos a la escuela hasta que se declare el fin de esta epidemia. Este Gobierno quiere masacrar a nuestros hijos enviándolos a la escuela. Saben muy bien que los niños tienen sistemas inmunitarios débiles, pero aun así han declarado este inicio del curso en Ituri”, dice Jean Agernoworth, que explica que, a pesar de estar matriculados, sus hijos se quedarán en casa.
Este hombre habla de lo que considera una estafa por parte del Gobierno. Según él, el Ejecutivo congoleño estaría utilizando esta vuelta a clases como último recurso para beneficiarse de la ayuda humanitaria destinada a erradicar el brote. “Sabemos que se aprovechan de esta epidemia para ganar dinero con la sangre de nuestros hermanos, hermanas e hijos. No vamos a enviar a nuestros hijos al matadero”, afirma.
La desinformación y el miedo, junto con las dificultades de diagnóstico, la elevada transmisibilidad, la falta de financiación, la ausencia de vacunas y tratamientos específicos o el conflicto armado, son algunos de los obstáculos que están dificultando la contención del virus en el este de la RDC.
Cerrar las escuelas equivale a comprometer el futuro de toda una generación. Un niño bien sensibilizado se convierte en un verdadero embajador de la prevención
Kasongo Gabi, gobernador militar de Ituri
Para Gabi, el miedo al ébola no debe privar a los niños de su derecho a la educación: “Cerrar las escuelas equivale a comprometer el futuro de toda una generación. Un niño bien sensibilizado se convierte en un verdadero embajador de la prevención”.
La directora de la escuela primaria Murongo de Bunia, Emmanuella Wells, comparte parte de esa preocupación. “Tengo miedo de que este año las escuelas se queden sin alumnos”, dijo Wells, que invitó a los padres durante su discurso de bienvenida a enviar a sus hijos a los colegios. “Desde que se anunció el inicio del curso, hemos estudiado junto con nuestro equipo de coordinación cómo proteger a estos angelitos; aunque haya que lavarse las manos a la entrada, también debemos pensar en cómo deben protegerse los profesores, aunque eso no dependa de nosotros, sino de su propia conciencia”, expresó.
“El inicio del año escolar ha sido simbólico y tímido, ya que muchos padres siguen expresando preocupación por el virus del ébola”, corroboran desde Unicef.
Cambios en los protocolos
Este inicio del curso presencial en las zonas más afectadas por el ébola también ha supuesto un cambio respecto al dispositivo divulgado hace dos semanas por las autoridades congoleñas.
El pasado 19 de agosto, la ministra de Educación Nacional y Nueva Ciudadanía, Raïssa Malu, anunció un sistema diferenciado por colores en las zonas afectadas por la epidemia, donde las modalidades de enseñanza variaban según el nivel de riesgo sanitario.
Los alumnos de la escuela primaria Murongo se colocan frente a su aula durante el inicio del año escolar, el 1 de septiembre en Bunia, provincia de Ituri, en la República Democrática del Congo.Laetitia Kasongo
En las “zonas verdes” las clases se desarrollarían con normalidad, aplicando medidas de prevención y salud pública, especialmente el lavado frecuente de manos. En las “zonas naranjas”, la enseñanza continuaba de forma presencial, con medidas sanitarias reforzadas. En “las zonas rojas”, es decir, aquellas de alto riesgo o con transmisión activa, las clases presenciales ordinarias serían sustituidas temporalmente por un sistema adaptado de educación a distancia, mediante hojas de ejercicios distribuidas cada dos semanas y programas emitidos por radio y televisión.
Más de 1.000 escuelas de la provincia de Ituri están clasificadas como pertenecientes a la “zona roja”, según un documento del Ministerio de Educación consultado esta semana por Reuters. Sin embargo, las clases se han reanudado con normalidad.
“El Gobierno revisó su decisión inicial a petición de las autoridades provinciales, que querían garantizar que los estudiantes que viven incluso en las zonas rojas no se quedaran rezagados en el programa escolar con respecto a los demás”, declaró a Reuters un funcionario del Ministerio de Educación congoleño, que habló bajo condición de anonimato. “Ante el primer indicio de un caso, cerraremos las escuelas e implementaremos la educación a distancia, pero por ahora ese no es el caso”, añadió.
El desafío ahora es doble. “Por un lado, garantizar que todos los profesores, directores de escuela y docentes tengan los conocimientos necesarios sobre el ébola y las medidas de prevención; por otro, dotar a las escuelas de kits básicos de agua, saneamiento e higiene, para que dispongan al menos de equipos de desinfección y de lavado de manos. Las necesidades siguen siendo elevadas, pero la financiación disponible todavía no cubre todas las escuelas seleccionadas”, explica Dekhili, la coordinadora de emergencias de Unicef en RDC.
Para Jonathan Rehema, subdirector provincial de Educación en Bunia, este curso las escuelas deben garantizar el aprendizaje y sensibilizar a la comunidad sobre la lucha contra el ébola. “La escuela va más allá de su papel tradicional de transmisión de conocimientos y se convierte en un lugar esencial para la formación de una ciudadanía activa y la sensibilización masiva sobre las medidas de prevención”.