Venecia
Preocupa que, en apenas cuatro días de festival, ya podamos ver algunos tics que se repiten en las propuestas del cine anglosajón. La última en sumarse a una manera de enfrentar los problemas sociales y políticos desde la superficialidad ha sido ‘Primetime’, el esperado debut en la ficción del documentalista Lance Oppenheim. La suya es una de las películas anglosajonas que, como ‘Wild Horse Nine’ o ‘Ink’, arremeten contra grandes desastres de nuestro tiempo (la política exterior de la CIA y la desinformación del periodismo sensacionalista). Sin embargo, todas pecan de lo mismo: quedarse en la anécdota y no ir realmente a los fallos del sistema. Es algo así como sucumbir a un capitalismo cartoon, como define la pensadora Julie Ackermann en su ensayo Hyperpop. Un mundo donde todo está simplificado, donde todo se exagera, se infla, donde todo parece una caricatura y no hay mucho debajo.
Ese es el principal defecto de ‘Primetime’, que acaba fascinado por aquello que cuestiona y que no entra a plantear las cuestiones éticas, morales e incluso legales que el objeto retratado trae consigo. Desde sus documentales, Lance Oppenheim ha explorado una cuestión que busca abordar desde la pátina de la ficción: la fascinación estadounidense por los sistemas de representación que convierten la realidad en espectáculo.
La historia está inspirada en To Catch a Predator, programa con un éxito brutal de audiencia en la televisión estadounidense, en la cadena NBC, y de su famoso presentador Chris Hansen. El director construye una película incómoda y absorbente sobre la televisión como maquinaria de poder, de exhibición y, finalmente, de explotación, pero hay algo que falla al recrear este caso concreto. Vayamos por partes: ese programa consistía en tender una trampa a hombres pederastas, a través de internet y de unos actores que se hacían pasar por menores, y pillarlos in fraganti, con todas las cámaras para emitir esa grabación en televisión. El procedimiento seguía una mecánica muy elaborada: actores adultos o colaboradores se hacían pasar por adolescentes en chats, citaban a los sospechosos en una casa vigilada y, cuando estos llegaban, Hansen aparecía con registros impresos de sus mensajes para interrogarlos antes de la intervención policial.
La película muestra cómo ese programa, concebido para exponer conductas criminales termina devorado por su propia lógica televisiva: la necesidad de obtener imágenes cada vez más impactantes, audiencias más altas y una narrativa más extrema. Si al personaje le interesa menos el crimen que la puesta en escena del crimen, se puede decir lo mismo de Oppenheim, que acaba más centrado en el envoltorio y en el efectismo que en vislumbrar qué dice de nosotros como sociedad que existieran esos shows televisivos, que fueran lo más visto de la cadena, desbancando de la parrilla incluso a la serie Perdidos.
Ambientada en 2006, con los atentados del 11 de septiembre todavía muy presentes, el director trata de mostrar cómo ese clima de venganza, de odio, de tensión en la sociedad americana, después del ataque y tras las invasiones de Irak y Afganistán, tuvieron que ver en la conducta de los espectadores americanos y en que ese reality consiguiera el éxito que logró. Un éxito que ha dejado consecuencias, no solo por esa tragedia final que se cuenta en el filme que implica a Bill Conradt, fiscal adjunto del condado de Rockwall; sino también porque ese tipo de programas han hecho que sea cada vez más difícil distinguir lo real de sus representaciones. Han creado simulacros hasta del crimen.
Robert Pattinson está solvente, evitando caer en representación caricaturesca de Chris Hansen que ha contratado anuncios sobre sí mismo para emitirse en cines antes de la proyección de este filme producido por A24. Pattinson, que también ha participado como productor, no lo interpreta como un villano ni como un héroe moral, sino como alguien seducido por el éxito, al que le encantan que le reconozcan en los aviones y que tiene también sus secretos oscuros. Alguien que como la productora, interpretada por Merritt Wever, se convence de que lo que hace es por el bien de la sociedad, incluso poner en peligro a los actores que participaban en el show, como Skyler Gisondo. Phoebe Bridgers también aparece en la película, al igual que Matthew Maher y Bokeem Woodbine.
Oppenheim ha definido el proyecto como una especie de «docufantasía», una mezcla de realidad y recreación, pero eso contrasta con la apuesta por una atmósfera surrealista. Los colores apagados, la fotografía granulada y la sensación constante de artificio de esos platós y casas donde esperan a los depredadores convierten todo en algo así como un no lugar. De modo que la América de los 2000 aparece como un espacio suspendido entre el sensacionalismo televisivo y la paranoia moral. Una pena que ‘Primetime’ caiga en el error de convertir una crítica del espectáculo, que solo busca la fama, el reconocimiento y el dinero, en otro espectáculo.