
06/09/2026 a las 05:00h.
El verano de Pino González no ha sido plácido. La enfermera canaria pasó los meses de junio y julio en Kivu del Sur, en el este de la República Democrática del Congo. No fue su primer viaje al país, pero sí uno de los más complejos. Esta vez acudió como coordinadora de proyectos de Médicos del Mundo para dar respuesta a dos epidemias, ébola y cólera, en una región castigada por décadas de conflicto armado y desplazamientos masivos de población.
Allí, se encontró con una emergencia que no puede explicarse solo por un virus. La falta de agua potable, las deficientes condiciones de saneamiento, la precariedad de los centros sanitarios, la escasez de personal y material médico y, sobre todo, la guerra forman un cóctel que dificulta contener la enfermedad.
La epidemia de ébola, declarada en mayo, ya es la segunda más grave de la historia. Hasta el 1 de septiembre, en República Democrático del Congo se han registrado 6.250 casos y 3.039 fallecidos, con una letalidad del 48%.
«Francamente, el panorama no pinta nada bien», resume González, cuya labor fue levantar barreras para impedir que el virus avance.
Médicos del Mundo trabaja en 24 centros de salud de Kivu del Sur y en un centro de tratamiento de cólera. En esta zona cuenta con 325 agentes de salud comunitarios, personas seleccionadas por el Ministerio de Sanidad que cumplen un papel esencial: educar a la población, detectar posibles casos y localizar a los contactos de los enfermos, detalla González.
Una epidemia dentro de otra emergencia
El equipo internacional es reducido. De los 120 profesionales de Médicos del Mundo en el Congo, solo diez proceden de otros países. El resto son congoleños.
González cuenta que en algunos centros de salud encontró circuitos de pacientes, puntos de triaje, duchas, letrinas o incineradores para residuos. En otros, las condiciones eran muy precarias. El objetivo del proyecto es que todos alcancen unas condiciones mínimas de seguridad.

PIno González en el Centro de Salud Kabuye, en la ciudad de Bukavu, en Kivu del Sur.
(Médicos del Mundo)
El ébola se propaga por contacto con fluidos corporales de una persona infectada, sobre todo si tiene síntomas. El problema es que las condiciones en las que viven millones de personas en el este del Congo son todo menos normales. «Lo que propicia la transmisión es la falta de medios: no tener acceso a agua, a productos de higiene, a saneamiento», señala la enfermera. A ello se suma la falta de información. Y después, la guerra.
Huir con un colchón sobre la cabeza
Kivu del Sur acoge a unas 1,7 millones de desplazados. En el conjunto del país son siete millones. Familias enteras dejan sus hogares tras los ataques y huyen a lugares que consideran más seguros. Esa movilidad complica una tarea básica para frenar una epidemia: seguir el rastro de quienes han estado en contacto con una persona infectada.
La enfermera recuerda escenas que difícilmente encajan con la idea de una epidemia. Personas caminando con niños en brazos o a la espalda, llevando un colchón sobre la cabeza y cargando con las pocas pertenencias que han podido salvar. Huyen de los ataques y del hambre. El ébola es un problema añadido. «Es una población que vive con miedo, resignada, porque ya no sabe cuál de todos los peligros es peor», relata.
El agua que no llega
Hay un lugar donde se percibe con crudeza la dimensión de la emergencia: los puntos de abastecimiento de agua. Allí se juntan personas que caminan kilómetros para buscarla; la mayoría, mujeres, niñas y niños.
Para atajar el ébola y el cólera es básica la higiene de manos, la desinfección y el consumo de agua y alimentos seguros. «¿Cómo podemos hablar de prevenir cualquiera de estas patologías, tan relacionadas con unas condiciones de vida mínimas, donde la población no tiene ni siquiera agua para lavarse las manos o agua que sea potable?», se pregunta González.
Los sanitarios están más expuestos. Los primeros síntomas del ébola –fiebre, cefalea, dolores musculares y articulares, diarrea, vómitos o dolor de garganta– pueden confundirse con enfermedades habituales en la zona, como la malaria. Esa similitud puede resultar fatal.
De ahí la importancia de formar al personal sanitario para reconocer los casos sospechosos y protegerse. Médicos del Mundo ha repartido kits con batas impermeables, guantes, mascarillas, botas y gafas en los 24 centros de salud. También facilitan productos de desinfección y dispositivos portátiles para el lavado de manos.
Un entierro también puede ser un campo de batalla
Cuando una persona fallece por la ébola, la carga viral de los fluidos corporales puede causar contagios. Los enterramientos representan un riesgo de transmisión. Pero no se puede pedir a una familia que renuncie a sus costumbres funerarias. «Son ritos importantes en cualquier cultura», recalca González. Por eso los equipos tratan de que los entierros sean seguros sin dejar de ser dignos.
El procedimiento incluye la desinfección con agua clorada, la introducción del cuerpo en un saco mortuorio y su traslado a una zona concreta para el enterramiento.
Pero, a perro flaco, todo son pulgas. «Faltan profesionales, laboratorios, ambulancias… En este momento, no contamos con medios suficientes para llevar a cabo todas estas acciones», advierte González, que pide a la población canaria que apoye a las organizaciones que trabajan sobre este peligroso y desalentador terreno.
