El distanciamiento entre los festivales europeos de cine y las majors de Hollywood se consuma en la Mostra de Venecia. La única gran apuesta industrial se proyectó este sábado fuera del concurso y dentro de la sección Venice Open. Se trata de un documental de Disney de dos horas sobre el regreso a los escenarios de los hermanos Liam y Noel Gallagher con su grupo Oasis. Con nulo interés cinematográfico, se estrena el próximo 10 de septiembre bajo el título Oasis: Don’t Look Back in Anger, y lo dirigen Dylan Southern y Will Lovelace con guion de Steven Knight.

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Los primeros síntomas del divorcio tal vez definitivo entre los festivales y los grandes estudios se detectaron la pasada primavera en Cannes. En un principio, se esperaba el estreno en La Croisette de El día de la revelación, la última película de Steven Spielberg, pero el testamento-alien del director de E.T. siguió su curso al margen del circuito de los festivales. La razón principal es que el escaparate de estos macroeventos se ha convertido en un escalón tan peligroso como innecesario para el desembarco de las producciones mastodónticas de Hollywood.

No compensa el gasto ni el riesgo de que los primeros espectadores sean los críticos internacionales, una exposición temprana que puede afectar más de la cuenta a las producciones millonarias de Hollywood. En Venecia se cita lo ocurrido aquí en 2024 con Joker: Folie à Deux. La secuela de Joker —superproducción que en 2019 logró de manera inexplicable el León de Oro— fue triturada en el Lido, un descalabro que hundió su posterior taquilla global.

Todo empezó a cambiar después de la pandemia de la mano del director que ha marcado la nueva tendencia industrial: Christopher Nolan. El nuevo estandarte del blockbuster de autor ha evitado en sus tres últimas películas —Tenet, Oppenheimer y ahora La Odisea— pisar Cannes o Venecia, los dos festivales internacionales con más influencia, para convertirse en el nuevo fenómeno de la taquilla veraniega. Nolan, que suele sufrir el desdén de la crítica festivalera, ha demostrado que, al menos él, puede sentirse legitimado sin pasar por su escrutinio.

El director estadounidense Lance Oppenheim y el actor Robert Pattinson posan durante la sesión fotográfica de ‘Primetime’ en la 83.ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, el 5 de septiembre de 2026.FABIO FRUSTACI (EFE)

El primer día de Venecia, su director, Alberto Barbera, admitía sin demasiada preocupación la ausencia en el Lido de la tropa habitual de los grandes estudios, después de años en los que La Mostra pareció disputarle el cetro a Cannes a base de programar películas destinadas, en muchos casos, a la carrera hacia los Oscar.

“Mi impresión es que Hollywood está pasando por una crisis que vemos todos”, señaló Barbera, que reconoció que el baile de fechas en algunos estrenos y otros “accidentes” habían trastocado el programa de la actual edición. También lamentó algunas de las ausencias más sonadas este año en Venecia, como la de David Fincher, con Las aventuras de Cliff Booth, secuela de Érase una vez en Hollywood, con Brad Pitt y guion de Tarantino; y Alejandro González Iñárrritu con Digger, protagonizada por Tom Cruise.

En menor medida, ahí están también las ausencias de The Social Reckoning, de Aaron Sorkin, y Artificial, de Luca Guadagnino, que estará presente en el Lido con las más de siete horas de Joie de vivre. Appunti, pensieri, parole, riflessioni, volti, visione su Bernardo Bertolucci e la cinefilia del 20ª secolo che non esiste piú. El interminable título puede traducirse por algo así como Alegría de vivir. Apuntes, pensamientos, palabras, reflexiones, rostros, visiones sobre Bernardo Bertolucci y la cinefilia del siglo XX que ya no existe.

La proyección el sábado de Oasis: Don’t Look Back in Anger evidenció la crisis. En la sesión de las ocho de la mañana en la enorme sala Dársena, siempre llena, no estaban ocupados ni la mitad de los asientos. El vacío era lógico: se trata de un publirreportaje reiterativo y sin ideas visuales sobre el reencuentro 15 años después de su ruptura de los hermanos Gallagher. Sus directores, Dylan Southern y Will Lovelace, presentan un montaje plagado de lugares comunes del audiovisual para viajar de los años noventa al presente a través de la gira del reencuentro. El resultado es de una simpleza total: la necesidad fraternal del perdón y la sanación, que vivimos tiempos convulsos y Oasis ha vuelto para salvarnos, que son un grupo del pueblo y para el pueblo, el fútbol y la mística del hooligan.

Una imagen de la pelicula ‘Oasis: Don’t Look Back in Anger’, de Dylan Southern y Will Lovelace.

En resumen, los tópicos de esos súper egos gamberros (pero simpáticos) mezclados con himnos de estadio para cincuentones (y sus hijos); el gorro de cubo, la parka y mucho Adidas con la fraternidad de los pueblos de fondo. No faltan las canciones de siempre y hasta el sermón de un cura. En su púlpito, un sacerdote celebra la gira con la pregunta de San Pedro a Jesucristo: “¿Señor, cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta en siete ocasiones?”. El metraje no aclara si los Gallagher han ido y venido tantas veces. Y aunque Noel asegura que no olvida, al parecer no necesitaron ni hablar para volver juntos al escenario y reconciliarse. Ahora se abrazan, se quieren y no beben. En este mundo polarizado y sin esperanza, reitera la película, los necesitamos.

Sello de prestigio

Frente a la millonaria artillería de Disney, la otra película del día fue la ópera prima del documentalista Lance Oppenheim. Ejemplo perfecto de cómo el hueco que dejan los grandes estudios en los festivales beneficia a distribuidoras y productoras independientes como la estadounidense A24, que, sin campañas multimillonarias, ha logrado convertirse en un sello de prestigio muy bienvenido en los festivales.

Oppenheim era hasta la fecha conocido por sus documentales, como Ren Faire, sobre la estrambótica sucesión en el “trono” del mayor festival renacentista que se celebra en Estados Unidos. Su debut está protagonizado por Robert Pattinson y se inspira en el problemático reality de los dosmiles To Catch a Predator (Cómo cazar a un depredador) y la figura de Chris Hansen, su presentador. “Mi primer contacto con el programa fue a través de las parodias que había sobre él, concretamente en South Park o en webs tipo EBaum’s”, recordaba ayer en el Lido Oppenheim. “Hanson era una especie de mito que se había labrado su fama por hacer un programa de entretenimiento con un asunto tan serio y oscuro”.

La idea de llevar la historia de este programa al cine surgió de Pattinson, coproductor de la película. “Lance y yo estábamos trabajando en un documental y cuando un amigo me pasó el guion pensamos en él porque su estilo, que yo califico de docufantasía, encajaba muy bien con el material”. Según explica el director, lo que más le interesaba plasmar era la extraña mezcla de realidad y ficción del propio programa, donde todo (las casas, los menores) era falso, menos los hombres que caían en su trampa. “Para mí el reto era crear una película sobre un programa real que era mucho más extraño e irreal que una ficción”, explicó Oppenheim.

Robert Pattinson en la película ‘Primetime’ de Lance Oppenheim.

Primetime pretende ser una fábula moral, pero, pese a su interés, acaba aplastada por su propia estética, una especie de expresionismo flúor que con sus colores saturados propone esa realidad paralela de la que habla su director. Construida a través de cámaras de vigilancia, cintas de vídeo y otros elementos analógicos, sí se logra crear ese efecto de irrealidad que busca la película.

Esa superficie visual alucinada es lo mejor, pero en esa fascinación con la arquitectura del programa está su problema de fondo. To Catch a Predator no es una ficción, es un programa real que “cazaba” a hombres enfermos reales para conseguir audiencia. Oppenheim apunta al final hacia este horror (Primetime es una película de terror con el grano deformado de la televisión basura) pero no ahonda en la oscura psicología de su protagonista, Chris Hansen, ni en la de su grotesco equipo. Tampoco en la idea del cazador cazado que vivió el propio Hansen por una aventura extramatrimonial que lo puso contra las cuerdas mediáticas. Solo el falso niño-actor que interpreta Skyler Gisondo va un poco más allá. Es el único personaje que de verdad se pregunta qué está haciendo en ese pozo del entretenimiento capitalista.

La sensación que deja To Catch a Predator es, en el fondo, la de una película impotente. Posee un buen envoltorio, pero se muestra incapaz de llegar a lo importante, temerosa en el fondo del abismo al que se asoma. Oppenheim declaraba ayer en el Lido algo que resulta chocante: que Close Up, de Abbas Kiarostami, le cambió tanto la vida como el programa de telebasura que inspiró su película. ¿Se puede saborear con el mismo placer el mejor caviar y la peor hamburguesa?

Esta bulimia, sustentada en una cinefilia de prestigio capaz de asimilar a la vez cualquier bazofia de la cultura popular, delata parte del problema de la crisis creativa del cine estadounidense actual, incluido su tótem industrial, Hollywood. Un fetichismo cinéfilo pasado por todo tipo de subpantallas del que solo surgen inesperados monstruos.