Dicen los columnistas norteamericanos que Dolly Parton fue el último famoso transversal de EEUU. Es decir, la última celebridad querida y respetada por el conjunto del país, sin importar razas, creencias políticas, procedencia geográfica… Y algo de cierto ahí en eso: apenas quedan ya personajes que no se hayan posicionado (o les hayan posicionado) a un lado u otro del tablero político. De hecho, tengo para mí que uno de los peores fenómenos de estas últimas décadas es la politización extrema de nuestras vidas: cualquier cosa que nos pase, la leemos en términos de quién tiene la culpa, a quién responsabilizar, por qué los otros son los malos… En EEUU, que es donde se hacen más estudios al respecto, nos alertan de que hay cada vez menos gente que tenga amigos, parejas, etc. del otro lado.
Intuyo que parte de esa imagen no partidista proviene de que la fama de Parton es anterior a esa politización. Para los famosos previos a los 2000, todavía hay un pequeño margen para ser parte de todos los americanos.
Eso sí, otra parte del cariño que generaba provenía de que hay pocos famosos que se hayan involucrado tantos con sus comunidades. Leo estimaciones que apuntan a que donó más de 600 millones de dólares a diferentes causas benéficas. Y por mucho dinero que hayas ganado (y sí, aunque en España es menos conocida, pocos cantantes del siglo XX vendieron más discos que ella), ésa es una cifra espectacular.
Leyendo sobre Parton y sus iniciativas benéficas en los últimos días, me encontré con una de las mejores ideas que recuerdo. No es el programa más importante de los que manejó su fundación ni al que más dinero destinó. Pero sí me pareció de los mejor planteados que nunca escuché. Lo llamó «The Buddy Program« (algo así como el plan, programa o proyecto de los colegas o compañeros). Se puso en marcha a comienzos de los 90, con el objetivo de reducir el ratio de fracaso escolar en el condado de Sevier, Tennessee, de donde era originaria Parton.
Cómo funcionaba: pues con un esquema muy sencillo y, al mismo tiempo, muy sofisticado en su sutileza. Pocos departamentos de universidad, de esos que se dedican al diseño de políticas públicas y cobran un dinero por hacerlo, han presentado ideas tan buenas como ésta:
- Cada estudiante de séptimo y octavo grado en EEUU (12-13-14 años; primero y segundo de la ESO en España) tenía que elegir un compañero
- Parton les prometió que les daría 500 dólares a cada uno si los dos miembros de la pareja conseguían graduarse en el instituto
- Es decir, no eran 500 dólares si tú te graduabas… el dinero sólo lo obtenías si contigo se graduaba tu compañero (de ahí, el nombre)
- ¿Resultado? La tasa de abandono temprano de la escuela se desplomó: del 35 al 6%. Y no sólo eso, se mantuvo también bastante más baja que la tasa inicial en los siguientes años.
¿Qué es lo que tenía esta idea que la hacía tan atractiva? Pues casi todo. Hasta hace unos años, los economistas nos habríamos lanzado a mirar ese cheque de 500 euros y a señalar los incentivos económicos como la clave para que los programas sociales funcionen. Y nos habríamos equivocado.
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No es que los 500 euros sean una anécdota. Hablamos de comienzos de los 90 en una zona rural y más bien pobre de EEUU. Pero ni de broma podemos pensar que un chico de 13-14 años se va a tirar 4 años estudiando en el instituto por esa promesa. A ver, 500 dólares estaban bien, pero no le iban a cambiar la vida. Era un regalito: no diremos que un detalle, pero ni mucho menos un gran premio.
¿La clave real cuál era? Pues todo lo que rodeaba al cheque. Lo primero, el mensaje de «creo en vosotros». A esos chicos de una comunidad rural, a los que muchos daban como un caso perdido, había alguien (y famoso, al que ellos admiraban) que les decía que ella sí confiaba en sus posibilidades.
En segundo lugar, no era un derecho ni una obligación (por aquí fallan muchas políticas públicas), sino que tenían que ganárselo. Y debían hacerlo en pareja: contaba tu esfuerzo, pero también el de tu compañero. Además, te ponía en una tesitura complicada: tu colega dependía de ti. Es decir, si tu fallabas no sólo te quedabas sin lo tuyo; le estabas dejando colgado también a él. Hablamos de chicos de 12-13 años que iban a estar en el programa durante 3-4-5 cursos: pocos incentivos mejores que asociar su suerte a la de sus amigos.
Por supuesto, era muy importante el compromiso personal de Parton: al anunciar el premio, al decir que ella misma pagaría el dinero… No es lo mismo rellenar una hoja de solicitud de una ayuda en la oficina de servicios sociales que mirar a los ojos a quien te dice que te promete ayudarte si demuestras que lo mereces.
Como decía antes, he leído muchos diseños de políticas públicas interesantes en los últimos años. También programas benéficos que han mejorado las vidas de muchas personas. Pero pocas veces me he encontrado un esquema tan bien planteado, que tuviese en cuenta no sólo los intereses de los beneficiarios, sino su forma de pensar, las cosas que les importan o sus prioridades.
A partir de ahí, ¿podríamos hacer lo mismo mañana en todos los institutos de España? No lo creo. Por muchas razones. En primer lugar, porque estas cosas salen mejor si son puntuales (veinte años después, seguro que el incentivo y el compromiso de los participantes ya no es tan fuerte); pero también por eso que apuntábamos antes sobre la diferencia entre una ayuda que tienes que merecerte y un derecho adquirido (por ahí se pierden la mayoría de los programas sociales que diseñan los gobiernos).
También está la clave de la posible perversión del indicador. Es decir, si todo el mundo sabe que por aprobar le pagarán, aparece un incentivo a medio plazo a que los aprobados sean más fáciles, a suplicar en el instituto para que los criterios se relajen, etc… Esa Ley de Goodhart que dice que «cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida». Lo que antes era un buen indicador de éxito (graduarse en un instituto), puede convertirse en una excusa para relajar los criterios del aprobado.
Pero tampoco caigamos en el pesimismo. Lo del «buddy program» sigue siendo una buena idea. Y los principios generales (compromiso, programa que involucra a varios miembros de una comunidad, incentivo al esfuerzo colectivo, diseño sencillo con reglas claras y transparentes…) son muy válidos. Ya me gustaría a mí tener a un concejal de servicios sociales o a un consejero autonómico o a un ministro con la imaginación de Parton (o con su sonrisa, otro deseo irrealizable).
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