En otro tiempo, la adhesión o rechazo frente a una obra de arte quedaban establecidos a partir de los modelos de representación que enseñaban a mirar la realidad o sencillamente la negaban, sin más, puesto que acabamos viendo solo aquello que sabemos. La mirada ingenua no deja de ser otra cosa que un diestro lugar común, compartido sin apenas crítica ni prevención. Y aquí interviene la “magia de la forma en el arte”, sugiero, que intensifica con vigor y previsión la obra figurativa o abstracta de Juan Gris. Una personalidad irrepetible en los años formativos del cubismo.
A partir de 1913 destaca la afirmación personal de esa inédita propuesta cubista. Un itinerario vivo que pronto se independizó resueltamente de los modelos pioneros y normativos de Pablo Picasso y Georges Braque. La pintura que visualiza con solvencia, en efecto, Violín y guitarra (1913) de Gris es, a mi entender, un ejemplo supremo: la obra diríamos que se sostiene y revela a través de unas imágenes en descomposición, cierto, pero que mantiene con sentido plástico el orden que las aleja progresivamente de la abstracción, sin adjetivos. Diferentes “gamas cromáticas” se contraponen en tonalidades cálidas y frías, y los objetos figurativos se presentan desde directos puntos de visión. La línea vertical, y aquí la crítica es unánime, domina las verticales punzantes y precisas que distinguen las obras tempranas de Juan Gris y se transfiguran gráficamente en los planos geométricos que desenmascaran las tracerías esenciales y delimitan la perspectiva ideal del proyecto figurativo. La obra de arte se configura en la mente de su creador, acaso en transcripción transparente.
La mirada ingenua no deja de ser otra cosa que un diestro lugar común, compartido sin crítica ni prevención
Fondos de lienzo proponen maderas o paredes tangibles y reiteran la querencia del collage, podría argumentarse con precisión. Como demostraría con audacia el artista a lo largo de su obra posterior: en 1915 se desentiende del collage y avanza la policromía de entonaciones fuertes y tonalidades rotundas. Vaso de cerveza y naipes (1913) o Casas de París (1911), iniciativas tempranas, recurren al papel encolado que matiza, e incluso disuelve, la línea vertical en contrapuestos motivos de visión que recuperan la entonación blanco-azulada del entorno doméstico. Violín y copa (1913) formalizará, por ensalmo, el compromiso comercial de Gris con Daniel-Henry Kahnweiler incorporando maderas y módulos que son eficaces presencias de referencia. Se abre sin complejos de trazo e imagen el momento sintético que seguirá a la época analítica y alcanza de inmediato la diáfana dimensión figurativa que califica y nos sorprende en la obra madura de Gris.
La crítica contemporánea aduce el bodegón hispánico como testimonio equívoco para clarificar el origen formal de la hábil periferia constructiva, junto al inesperado formato apaisado de la presentación de las obras que privilegia diferentes y enriquecedores enfoques en la escenografía. Y en este punto entran, sin forzar las cosas, los colores poderosos y las certeras pinceladas que aluden al expresionismo circunstancial de la obra temprana del genial artista, hoy, no por azar, en el museo nacional de arte moderno Georges Pompidou de París.
Violín y copa (1913), de Juan GrisCENTRE POMPIDOU
Quizás con El fumador (1913), hoy en la colección Museo Thyssen de Madrid, obra que data del exilio en Ceret, en el Rosellón francés, y en complicidad con Manolo Hugué a la par de la compañía estimulante de los provocadores Stein norteamericanos, adelanta las agresivas líneas geométricas y cortes diagonales, insisto, que multiplican la intensidad de una paleta contundente. Pienso en una época decisiva para la definición del cubismo de Gris, en el que se difuminan los seguros destellos lumínicos que justifican el rumbo sereno del nuevo cubismo sincretista que ensaya Gris. Las disonancias compositivas recuperan la figuración oscurecida en gamas y tonos, siempre puntillosa en el diseño de las cadencias gráficas que perfilan las dificultades internas del proyecto, formales en mayor medida que imaginativas.
Arlequín con guitarra (1919), también del Pompidou, es acaso el logrado ejemplo del proceso intelectivo nada casual del pintor madrileño. La presencia altiva del arlequín motiva variables de temas musicales procedentes de las triunfantes naturalezas muertas del artista. La pintura de Gris retorna a su figuración, digamos simbolista, y es una manera de hablar, en el umbral de los 40 breves años del artista. Una neofiguración ocurrente, si preferimos, y pionera que resalta los motivos de la imaginación. Quizás la tracería formal cubista, de resolución magistral de Juan Gris, cede el protagonismo a la figura humana y los últimos trabajos del artista construyen su más preciada singularidad. Sin alcanzar siquiera los 40 años, repito, con admirable protagonismo creciente en la escena artística europea. En 1927 celebraremos gozosamente su centenario. Confitura de fresas, de finales de 1916, obra cardinal del Museo de Basilea, es el perfecto punto conclusivo de este homenaje.