«Una mirada enrere» es mucho más que una retrospectiva pictórica. Juan Elorduy (Bilbao, 1954) ha reunido en El Roser un detallado recorrido por una vida creativa que abarca muchos campos. En la exposición, la pintura brilla con luz propia, pero también tienen el protagonismo que les corresponde la ilustración, el diseño gráfico, sus publicaciones en prensa, los murales, los proyectos audiovisuales, la divulgación y, por supuesto, su papel como gestor cultural al frente de Sa Nostra.

Son muchas las actividades, funciones y profesiones que Elorduy ha desempeñado, incluida la de coordinador de Cultura en el Ayuntamiento de Ciutadella, etapa durante la que El Roser comenzó a cobrar vida como sala de exposiciones. Bajo ese techo, un día antes de la inauguración, reconocía: «Para mí, esta sala ha sido un mito y un templo. Siempre pensé que El Roser era para gente muy importante, que era inalcanzable para mí».


Fotos: Katerina Pu

Más que una exposición

Afirmación que encaja con el carácter modesto del artista, quien se considera «un pintor dominguero, porque he pintado básicamente los fines de semana; era una actividad complementaria». Sin embargo, ha acabado siendo toda una seña de identidad en su trayectoria, que queda plasmada en la muestra de El Roser y también en un extenso catálogo de 250 páginas en los que el artista echa la vista atrás. Un libro que, a través de una entrevista en profundidad, hace un repaso a toda su producción en los muchos campos que ha tocado. En sus páginas se puede encontrar documentación de sus diferentes etapas y referencias a distintas publicaciones, como la sección que firma en este diario y que lleva por título «¿Y si el arte sirviera de algo?».

Un viaje que comienza con su primera individual en 1979 y los «Cavallitos» hasta cerrar el círculo en El Roser. «Reencontrarme con cuadros de hace cuarenta años ha sido como reencontrarme con un hijo», reconoce sobre el emotivo momento. Y, ¿cómo le sienta el paso del tiempo a esos cuadros? «Si te soy sincero, pero inmodesto, me ha parecido que estaban bien».

Serán muchos los que, cuando piensen en la obra de Elorduy, se les vengan a la cabeza las marinas y todos esos cuadros en los que el mar tiene un gran protagonismo, pero el artista ha tocado muchos palos. Etapas que aparecen diferenciadas en rincones de El Roser.

Si se mira atrás en la trayectoria de Elorduy, además del paisajismo, tienen también protagonismo la pintura figurativa, las obras de estética naif o de apariencia infantil, el retrato y algún intento con la pintura abstracta. En uno de los espacios conviven dos obras, ambas finalistas del Premi del Ateneu de Maó, «Somiadora amb els peixos de Matisse» (1997) y «Las manos de Chillida» (1998), que ilustran perfectamente la versatilidad del autor. «Yo disfruto pintando. Y quien disfruta pintando no necesita otra recompensa que poder pintar. Mi opción es hacer una pintura que gusta», reconoce el artista, que no rehúye el término comercial, ya que lo que busca es que sus cuadros emocionen y entretengan.

Cuando habla de la inspiración y sobre cómo el lugar donde uno vive marca sus creaciones, Elorduy reconoce que «lo que más me ha influido es Menorca, sus paisajes, sus mares, sus campos, la tranquilidad y el sosiego». Un motor que le ha conducido a crear un conjunto artístico que ahora ha podido reunir (su obra se encontraba muy dispersa) en lo que puede considerarse como una retrospectiva absoluta: «Abarca desde casi mi llegada a la Isla hasta un cuadro pintado apenas hace unos meses. Va a ser una exposición muy emocionante», concluye.