Ni el póster homenaje a “Jungla de cristal”, ni la premisa, ni nada de lo que vende la película es mentira: Jason Statham haciendo de Jason Statham en la típica película de Jason Statham. Es una primera frase un tanto simple para comenzar una crítica, pero que resume al detalle lo que se van a encontrar. Para muchos, más que suficiente para lanzarse a verla; para otros, razones de sobra para alejarse de ella.

Después de que su jefe, un industrial multimillonario, sea ejecutado delante de él, Cole Reed se ve obligado a cargar con la culpa del crimen, lo que le obliga a huir mientras trabaja para descubrir una conspiración internacional. El protagonista se convierte así en un falso culpable.

A partir de ahí, toca huir, investigar, descubrir una conspiración y repartir justicia con los métodos habituales. Ya saben: cuchillos, puñetazos, patadas, disparos etc. Jean-François Richet dirige con solvencia esta sucesión de golpes y persecuciones, pero no consigue que la puesta en escena trascienda la funcionalidad.

Repito: “El motín” es, en esencia, una película de Jason Statham. El actor ha convertido su propia presencia en un género cinematográfico. Y eso no debería ser necesariamente un insulto. El cine de acción tradicional puede ser previsible y seguir funcionando estupendamente. Buena parte de los mejores títulos de este subgénero se construyen alrededor de mecanismos narrativos que conocemos de antemano. La cuestión es qué hace la película con ellos. Y “El motín” hace poco. Muy poco.

Entretenida y de ritmo muy ágil, esas son probablemente sus mayores virtudes. Una película que no pretende ser más de lo que es, pero que tampoco encuentra demasiadas razones para ser algo más.