Por su raíz chocante, las películas sobre niños malignos incomodan y perturban. En la temática, explorada por el terror desde distintos cauces, aparecen títulos como Los chicos del maíz, la española ¿Quién puede matar a un niño? o El pueblo de los malditos. Eli Roth lleva al extremo la circunstancia en Dulce sabor a muerte, en la que un turbio heladero controla cual flautista de Hamelín a unos menores ‘zombificados’ por efecto del helado y que asesinan con disfrute a padres y profesores. El director de Cabin Fever, Hostel, El infierno verde o Black Friday se entrega a fondo a la sangre y a los desmembramientos. Las bestialidades de estos jóvenes empequeñecen las de los matarifes icónicos del género. El tono exagerado (con su intención cómica), el rango bajísimo del reparto adulto y la esencia burda forman parte del juego y señalan el tipo de cine que Roth quiere modular, tratamiento que entraña unos alicientes no obstante dañados por los excesos, el mal gusto y la evidencia de que es su filme peor trabajado.