Hacer ejercicio puede resultar complicado para muchas personas con asma, especialmente cuando la falta de aire, el miedo a los síntomas o el sedentarismo llevan tiempo formando parte de la rutina. Pero mejorar el control de la enfermedad no tiene por qué depender únicamente de acudir varias veces por semana a un gimnasio.
Un ensayo clínico aleatorizado publicado en 2026 comparó dos estrategias en 52 adultos físicamente inactivos con asma moderada o grave y mal controlada. Un grupo entrenó en cinta dos veces por semana; el otro recibió apoyo para incorporar más movimiento a su vida cotidiana y pasar menos tiempo sentado. Tras ocho semanas, ambos mejoraron el control del asma y la calidad de vida, sin diferencias estadísticamente significativas entre las dos estrategias.
Cinta dos veces por semana frente a moverse más durante el día
Los participantes tenían entre 18 y 65 años y realizaban al inicio menos de 150 minutos semanales de actividad física moderada o vigorosa. La mayoría eran mujeres y presentaban sobrepeso u obesidad.
Un grupo entrenó en cinta dos veces por semana, mientras el otro trabajó en incorporar más movimiento y menos sedentarismo a su rutina diaria. Amazon
Los 27 asignados al entrenamiento aeróbico realizaron dos sesiones semanales de 45 minutos en cinta durante ocho semanas. La intensidad se individualizó mediante una prueba de esfuerzo cardiopulmonar.
Los otros 25 participaron una vez por semana en sesiones individuales de hasta 90 minutos centradas en cambiar hábitos: establecer objetivos realistas, superar barreras para moverse, reducir el tiempo sedentario y aumentar progresivamente la actividad diaria.
También recibieron una pulsera de actividad que avisaba al alcanzar el objetivo de pasos o después de permanecer una hora sin moverse.
No se trataba, por tanto, simplemente de “salir a caminar”, sino de una intervención conductual diseñada para introducir más actividad física en la rutina diaria.
El control del asma mejoró de forma clínicamente relevante
El resultado principal se midió mediante el Asthma Control Questionnaire, en el que una reducción de al menos 0,5 puntos se considera suficientemente grande como para que tenga relevancia clínica.
Al acabar las ocho semanas, ambos grupos superaron ampliamente ese umbral. La puntuación disminuyó aproximadamente 1,01 puntos con el entrenamiento aeróbico y 1,46 con la intervención sobre actividad cotidiana.
Dieciséis semanas después de terminar el programa, las mejoras seguían siendo clínicamente relevantes: el cambio respecto al inicio era de alrededor de 0,57 puntos en el grupo de cinta y 0,94 en el grupo conductual.
Además, el 78% de quienes entrenaron y el 88% de quienes participaron en la intervención conductual alcanzaron inicialmente una mejoría clínicamente importante en el control del asma. En el seguimiento, esas proporciones fueron del 63% y el 64%, respectivamente.
Los investigadores no encontraron diferencias significativas entre los grupos. Eso permite hablar de resultados similares, pero no significa que el estudio haya demostrado formalmente que ambas estrategias sean exactamente equivalentes.
También mejoró la calidad de vida
La mejoría no se limitó al cuestionario de control de la enfermedad. Los dos grupos superaron también el cambio mínimo considerado relevante en el cuestionario específico de calidad de vida para personas con asma. Después de las intervenciones, la puntuación aumentó 1,33 puntos con el ejercicio aeróbico y 1,40 con la estrategia conductual.
Los participantes también notaron una mejora relevante en su calidad de vida, tanto al terminar el programa como cuatro meses después. Dani Hoz
Buena parte de ese beneficio continuaba cuatro meses después. También disminuyeron los síntomas de ansiedad y depresión, aumentó la actividad física moderada-vigorosa y mejoró la carga de trabajo alcanzada durante la prueba de esfuerzo.
Durante las ocho semanas, además, el grupo conductual pasó de una media de 5.185 a 7.848 pasos diarios en los registros utilizados para seguir la intervención, mientras que quienes entrenaban en cinta aumentaron progresivamente su velocidad media de 4,4 a 6,1 km/h.
Más movimiento no sustituye al tratamiento del asma
Hay un detalle esencial: nadie dejó su tratamiento farmacológico. La medicación habitual se mantuvo durante todo el ensayo.
La actividad física funcionó aquí como complemento del tratamiento médico, no como sustituto de inhaladores, corticoides u otras terapias prescritas.
El estudio también es relativamente pequeño, duró solo ocho semanas y se realizó en un hospital especializado. Además, el 88% de los participantes eran mujeres y todos tenían asma moderada o grave mal controlada, por lo que los resultados no pueden trasladarse automáticamente a niños, adolescentes o personas con asma leve.
Aun así, el hallazgo ofrece una alternativa práctica: para algunos pacientes, incorporar progresivamente más movimiento a la vida diaria puede proporcionar beneficios relevantes sin depender necesariamente de un programa de entrenamiento estructurado.
La mejor estrategia, concluyen los investigadores, puede depender de las preferencias de cada persona y de los recursos disponibles en cada centro sanitario.