Su casa de la niñez, que es la casa que llevamos con nosotros toda la vida, es la Casa de Valente. Sus abuelos y ella eran tres de los quince vecinos. Quedan cinco. En 1973 Mónica Alonso empezó a ir a la escuela; era unitaria, en el propio Chaín. «Eu non quería ir, pero o primeiro día o mestre ensinoume un caderno de colores e todo cambiou». Le pido que defina Chaín:»É amarelo por dentro e verde por fóra». Desde hai décadas reside en Lugo.
Ha logrado becas en varios países, ha expuesto en todo el mundo, ha dormido en hoteles internacionales. Sigue pintando ese cuaderno escolar, cada día con pinceladas frescas y matizadas.
La cama es su mueble fundacional. Ha construido camas grandes y pequeñas, las ha pintado de varios colores. Todas sus camas son la cama de Chaín.»De pequena era nerviosa, sufría medos, era tremendamente sensible… un desastre». Padecía sonambulismo, insomnio y macroscopia. El sonambulismo no le preocupaba porque no se daba cuenta. El insonmio la angustiaba. «A macroscopia é ver as cousas moito máis grandes do que son», señala Mónica. Su habitación se expandía por las noches hasta alcanzar el tiple de tamaño. Al despertarse con el clareo del sol levantándose por el dolmen de As Pedras Dereitas, el dormitorio se había encogido. El País de las Maravillas era la normalidad para la Alicia fonsagradina.
Su color preferido es el amarillo «porque é a color da alegría». La lleva de vuelta a la infancia: al Chaín amarillo y a los dolores de cabeza. «Cando estou traballando nunha obra e me poño contenta porque me está saíndo ben, empezo a sentir unha presión na cabeza tan forte pola emoción que teño que deitarme na cama e poñer unha música que me relaxa».
Todas las felicidades y las decepciones se suceden dentro de la habitación que es su cabeza.«Non comparto con ninguén as miñas emocións. Cada día escribo medio folio sobre unha exposición ou sobre cómo me sentín durante a semana», dice. Describir sus sentimientos le permite dominarlos para que no la zarandeen.
Obsesión por dejar todo documentado
Mónica Alonso es una creadora y una cronista de su arte. «Teño unha obsesión por deixar todo documentado», reconoce. Muestra unos archivadores en los que recoge y explica tres décadas de carrera profesional. «Creo na miña obra, é o meu xeito de defendela».
Su hijo es la continuidad que salvará su legado. «Leva véndome traballar e viaxando comigo desde que era pequeño. Hai complicidade entre nós. Sabe o que é unha obra de arte. A obra de mamá ten esa consideración para el».
Ambos comparten otra percepción, otra ventana en el dormitorio de la Casa de Valente. «Fomos ao Museo do Prado. Ao saír, díxome que vía as colores de modo moito máis intenso e bonito». Ella conocía esa percepción concentrada. «Non ten que ver co exterior, senón que é un estado de ánimo».
El empeño de Mónica Alonso ha sido investigar el poder sanador de la belleza. «A arte cura como unha medicina», expresa. Nunca ha querido ser médica, ni psicóloga, ni psiquiatra. «Non daría soportado que a xente me contase as súas historias, son demasiado emocional». Prefiere ser artista «para provocar emocións no espectador, para lograr que se sinta cómodo». La creación sanó las tribulaciones de la creadora, por lo que ha buscado universalizar ese efecto de consuelo en los demás.