Las bacterias marcaron la infancia de Patricia Aymà Maldonado (Òdena, Barcelona, 1993), aunque entonces solo las conocía como causantes de las infecciones respiratorias que la llevaron en numerosas ocasiones al hospital. Años después, aquellos microorganismos que asociaba con la enfermedad se convertirían en el centro de su carrera científica.

Su interés por la biotecnología surgió durante el bachillerato. Después estudió esta disciplina en la Universidad Autónoma de Barcelona y cursó un máster en Ingeniería Ambiental en la Universidad de Barcelona.

En la universidad descubrió que algunas bacterias funcionan como pequeñas fábricas naturales y producen biopolímeros biodegradables como reserva de energía

En la universidad descubrió que algunas bacterias funcionan como pequeñas fábricas naturales y producen biopolímeros biodegradables como reserva de energía. Esa capacidad le hizo pensar que la naturaleza podía haber desarrollado una alternativa a determinados plásticos convencionales mucho antes que nosotros.

De esa idea nació Benviro, empresa de la que es cofundadora, presidenta y directora tecnológica. La compañía ha pasado del laboratorio a la producción industrial, cuenta ya con una planta en Murcia y colabora con más de 20 grandes empresas que prueban sus materiales en sectores como la alimentación, la cosmética o los envases.

Aymà lidera un equipo multidisciplinar de más de 30 personas y compagina su labor en Benviro con actividades de divulgación y fomento de vocaciones STEM, especialmente entre las chicas.

Acabas de recibir el Premio Princesa de Girona CreaEmpresa 2026. ¿Qué significa para ti este reconocimiento y qué crees que aporta al trabajo que estáis haciendo en Benviro?

Este premio es un reconocimiento enorme, pero, sobre todo, una responsabilidad. En Benviro llevamos años trabajando para demostrar que la biotecnología puede ofrecer soluciones reales a uno de los grandes retos ambientales de nuestro tiempo: la contaminación por plásticos y microplásticos.

En lo personal, supone la confirmación de que merece la pena dedicar años de investigación a desarrollar tecnologías que muchas veces requieren paciencia y perseverancia antes de llegar al mercado.

En Benviro llevamos años trabajando para demostrar que la biotecnología puede ofrecer soluciones reales a uno de los grandes  problemas ambientales de nuestro tiempo: la contaminación por plásticos y microplásticos

Para Benviro significa algo todavía más importante: credibilidad. Nos abre puertas para hablar con empresas, instituciones e inversores que pueden acelerar la llegada de estos materiales al mercado. Porque la innovación solo tiene impacto cuando consigue salir del laboratorio y utilizarse en productos cotidianos.

En tu perfil de LinkedIn cuentas que de niña las bacterias te llevaban al hospital y que hoy trabajas con ellas para combatir el problema de los plásticos. ¿Cómo nació esa idea y qué viste en estos microorganismos que te hizo pensar que podían ser parte de la solución?

De pequeña pasé mucho tiempo en hospitales por infecciones respiratorias. En aquel momento, las bacterias eran para mí el enemigo. Nunca imaginé que acabaría dedicándome precisamente a entrenarlas para resolver un problema ambiental.

Cuando estaba en bachillerato, dos antiguos alumnos volvieron al instituto para explicar qué era la biotecnología y cómo utilizaban microorganismos para desarrollar soluciones en salud. Aquello me fascinó y fue lo que me llevó a estudiar biotecnología.

Ya en la universidad descubrí que las bacterias son auténticas fábricas naturales. Llevan miles de millones de años resolviendo problemas de una forma extremadamente eficiente: transforman residuos, producen proteínas como la insulina e incluso compuestos como el bótox, y son capaces de adaptarse a prácticamente cualquier entorno.

En la universidad descubrí que algunas bacterias producen de forma natural un material biodegradable como reserva de energía. Ahí entendí que la naturaleza ya había encontrado una alternativa al plástico mucho antes que nosotros

Fue entonces cuando descubrí que algunas bacterias producen de forma natural un material biodegradable que utilizan como reserva de energía. Ahí entendí que quizá la naturaleza ya había desarrollado una alternativa al plástico convencional mucho antes que nosotros.

Ese cambio de perspectiva me marcó. Dejé de ver a las bacterias únicamente como microorganismos que podían enfermarnos y empecé a verlas como aliadas capaces de ayudarnos a resolver algunos de los grandes problemas ambientales de nuestra generación. Esa idea fue el origen de Benviro y sigue siendo hoy la esencia de nuestro trabajo.


Las científicas españolas que impulsan la innovación en bioplásticos

Cada año se producen cientos de millones de toneladas de plástico y los microplásticos ya están presentes prácticamente en cualquier ecosistema. ¿Hasta qué punto pueden los bioplásticos ayudar a cambiar este panorama y cuáles son hoy sus principales limitaciones?

Los bioplásticos pueden ser una parte muy importante de la solución, pero no sirven para todo. Durante años hemos intentado encontrar un único material que sirva para todas las aplicaciones, y probablemente ese sea el mayor error.

Hay productos que se reciclan de forma eficiente y en los que el plástico convencional sigue teniendo sentido. Pero también existen muchas aplicaciones —como los films alimentarios, los envases contaminados con restos orgánicos o determinados productos de un solo uso— en las que el reciclaje es muy difícil o directamente no ocurre. Es precisamente ahí donde los materiales biodegradables pueden aportar un gran valor.

No todos los bioplásticos son iguales ni sirven para las mismas aplicaciones. La clave está en escoger el material adecuado para cada uso y diseñar pensando también en su final de vida

La principal limitación actual no es tanto tecnológica como de mercado. Ya existen materiales capaces de responder a muchas necesidades, pero seguimos comparándolos únicamente por el precio del kilo, sin tener en cuenta el coste ambiental de usar materiales que permanecen durante décadas o siglos en el medioambiente.

A esto se suma la confusión que todavía existe en torno a conceptos como ‘biobasado’, ‘biodegradable’ o ‘compostable’. No todos los bioplásticos son iguales ni sirven para las mismas aplicaciones. Igual que no construiríamos una casa con papel, tampoco deberíamos pretender que un único material resuelva todos los problemas del plástico. La clave está en escoger el material adecuado para cada uso y diseñar pensando también en su final de vida.

La biotecnóloga Patricia Aymà es cofundadora, presidenta y directora tecnológica de Benviro. / Fundación Princesa de Girona

En vuestra web explicáis que transformáis residuos orgánicos en bioplásticos con ayuda de bacterias. ¿Qué hacen exactamente esos microorganismos y qué tiene de especial vuestro proceso frente a otras alternativas?

Algunas bacterias tienen una capacidad fascinante. Cuando disponen de alimento en abundancia, pero les falta algún nutriente esencial, empiezan a almacenar energía para el futuro. Y lo hacen fabricando, dentro de su propia célula, un biopolímero natural llamado PHA.

Es, por así decirlo, su ‘despensa’ para sobrevivir cuando las condiciones dejan de ser favorables. En Benviro aprovechamos ese mecanismo natural. Alimentamos a las bacterias con residuos orgánicos, que transforman en este biopolímero biodegradable. Después lo recuperamos y lo convertimos en un material que puede utilizarse para fabricar productos plásticos.

En Benviro alimentamos a las bacterias con residuos orgánicos, que transforman en un biopolímero biodegradable. Después lo recuperamos y lo convertimos en un material con el que se pueden fabricar productos plásticos

Lo especial de este proceso es que la naturaleza hace el trabajo más complejo. Nosotros no diseñamos una molécula nueva, sino que aprovechamos una que las bacterias llevan millones de años produciendo y que, al finalizar su vida útil, puede volver a integrarse en los ciclos naturales mediante la biodegradación en las condiciones adecuadas.

Ese fue el origen de Benviro y sigue siendo una de nuestras tecnologías. Sin embargo, con los años entendimos que no existe un único bioplástico capaz de resolver todas las aplicaciones. Por eso hoy también desarrollamos y formulamos diferentes biopolímeros biodegradables según las prestaciones que exige cada producto.

Habéis pasado del laboratorio a la producción industrial, con aplicaciones en envases, vasos reutilizables o cosmética. ¿Cuál ha sido el mayor reto científico o tecnológico para que estos materiales funcionen en condiciones reales?

El mayor reto ha sido entender que no existe un bioplástico universal. Durante mucho tiempo se pensó que bastaba con sustituir un plástico convencional por un bioplástico, pero la realidad es mucho más compleja.

Cada aplicación exige propiedades diferentes. Un film alimentario necesita flexibilidad y capacidad de sellado; un vaso reutilizable debe soportar cientos de lavados; y un envase cosmético requiere un acabado superficial impecable y una buena resistencia mecánica. Conseguir todas esas prestaciones con materiales biodegradables ha supuesto años de investigación y formulación.

En nuestro caso, el reto científico ha sido aprender a combinar diferentes biopolímeros y aditivos para que cada material responda exactamente a la aplicación para la que ha sido diseñado.

En nuestro caso, el reto científico ha sido aprender a combinar diferentes biopolímeros y aditivos para que cada material responda exactamente a la aplicación para la que ha sido diseñado.

Creo que ahí está el cambio de paradigma. Ya no hablamos únicamente de fabricar un material biodegradable, sino de diseñar materiales que funcionen en condiciones reales para que las empresas puedan incorporarlos sin renunciar a las prestaciones que esperan sus clientes.

Hablas a menudo de una sostenibilidad ‘sin humo’. Hoy muchos productos se presentan como ‘verdes’ o ‘biodegradables’. ¿Qué debería exigir un consumidor, o una empresa, para distinguir una solución realmente sostenible de otra que no lo es?

Lo primero que debería preguntarse es qué va a pasar con ese producto cuando deje de utilizarse. Muchas veces hablamos únicamente del material, pero la verdadera sostenibilidad exige pensar también en qué ocurrirá después.

Después, pediría evidencias. Hoy existen certificaciones y ensayos que permiten demostrar si un material es compostable, biodegradable, apto para el contacto alimentario o reutilizable. No deberíamos conformarnos con palabras como ‘eco’, ‘verde’ o ‘respetuoso con el medioambiente’ sin datos que las respalden.

Pediría evidencias. Hay certificaciones y ensayos que demuestran si un material es compostable, biodegradable o reutilizable. No deberíamos conformarnos con términos como ‘eco’ o ‘verde’ sin datos que los respalden

Y, sobre todo, entendería que no existe una solución única. Hay aplicaciones en las que el reciclaje es la mejor opción, otras en las que tiene sentido reutilizar y algunas en las que un material biodegradable puede aportar mucho más valor porque sabemos que difícilmente se va a reciclar.

La sostenibilidad ‘sin humo’ consiste precisamente en eso: dejar de buscar mensajes sencillos y empezar a analizar cada aplicación desde un punto de vista técnico. No se trata de vender un material como la solución para todo, sino de elegir la opción adecuada para cada caso y poder demostrar científicamente por qué lo es.

También dedicas tiempo a fomentar vocaciones STEM entre las chicas. ¿Por qué consideras importante ese compromiso?

Creo que las niñas necesitan referentes. No puedes ser aquello que no puedes ver. No se trata de que todas sean científicas, sino de que sepan que también pueden serlo si así lo desean.

Todavía hoy muchas niñas no se imaginan al frente de una empresa tecnológica, de un laboratorio o de una patente. No porque les falte capacidad, sino porque pocas veces han visto a una mujer hacerlo

Como decía antes, descubrí la biotecnología en el instituto gracias a dos antiguos alumnos que volvieron para explicar su profesión. Aquella charla me abrió un camino que ni siquiera sabía que existía y acabó cambiándome la vida. Intento ofrecer ahora esa misma oportunidad a las nuevas generaciones.

Todavía hoy muchas niñas no se imaginan al frente de una empresa tecnológica, de un laboratorio o de una patente. No porque les falte capacidad, sino porque pocas veces han visto a una mujer hacerlo.

Si mi historia sirve para que alguna de ellas piense “yo también podría dedicarme a esto”, ya habrá merecido la pena. La ciencia necesita talento, y ese talento no entiende de género. Lo importante es que todas las personas tengan la oportunidad de descubrirlo.