En el imaginario del pop, las discográficas suelen ser los malos de la película. Y hay motivos: demasiados contratos míseros firmados aprovechando la ansiedad del grupo novel, intentos de manipulación del sonido y la imagen, presiones para lanzar al cantante sin sus incordiantes compañeros, la contabilidad creativa. Todo eso ocurre, cierto, pero tendemos a obviar que también los artistas pueden mostrarse imposibles.
Recuerden a los Happy Mondays. Pura encarnación del sonido Manchester durante lo que los ingleses llamaron “el segundo verano del amor”: letras coloquiales, bases electrónicas mezcladas con rock, actitud arrogante. Se trataba de gente, digámoslo suavemente, cercana al lumpen, sin demasiadas perspectivas vitales. Hasta que conocieron The Haçienda, vistoso local de conciertos y discoteca. Una buena idea en el momento equívocado: con el auge del éxtasis —alias x— sus clientes dejaron de consumir alcohol.
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El principal inversor del club, Tony Wilson, figura televisiva con ideas visionarias, también fundó Factory Records para grabar al talento emergente local. Allí terminaron los Happy Mondays, tipos un tanto gamberros: grabaron colocados el vídeo para el tema Step On en la terraza de un hotel catalán, aunque no se registraran desgracias personales.
También les distinguían los bailes de Bez, amigo sin habilidades musicales que encarnaba al colega de cualquier noche de Manchester. Ojo, no eran cenutrios. Emprendedores en la Inglaterra thatcheriana, antes de vivir de la música vendían capsulas de X entre los habituales. Su autodefinición cómo 24 hour party people capturó el zeitgeist y daría título a la exuberante película de Michael Winterbottom sobre tan extraordinario momento. Pero aquello degeneró: Shaun Ryder, su carismático vocalista, se habituó a la heroína y cambió la dinámica interna.
Tuvo entonces Tony Wilson una idea que resultó menos que genial: les envió a Barbados, con la misión de grabar su cuarto álbum en el estudio de Eddy Grant. El viaje comenzó mal: antes de subir al avión, Shaun rompió la botella en la que llevaba litro y medio de metadona, su remedio de urgencia para pasar el mono.
Y todo se complicó en la isla: allí no había heroína pero abundaba el crack (y a precios tirados). Shaun se lanzó a tope: presumía de fumar 30 piedras por día. Con esa sensación de impunidad que caracteriza a algunos ingleses en vacaciones, todos se dedicaron a beber sin control y a destrozar una cantidad indeterminada de coches de alquiler. Los productores, Tina Weymouth y Chris Frantz, fueron incapaces de manejar la situación: Shaun no aparecía o se encerraba en el retrete.
Volvieron de las Antillas con unas cuantas pistas instrumentales, sin voz. Tras ingresar a Ryder en una clínica de desintoxicación, tardaron semanas en retomar el trabajo. Factory estaba en situación agonizante: la producción del disco, que se tituló Yes Please!, había agotado la tesorería de la compañía. Según algunas estimaciones, costó 380.000 libras esterlinas. El problema es que, a pesar de cosechar críticas respetuosas, vendió poco.
Un pinchazo que acabó con Factory Records: la otra gran banda del sello, New Order, estaba en el dique seco. El movimiento que encabezaban Happy Mondays, conocido como baggy por sus vestimentas, perdió impulso. Al poco, la banda se desintegró. Aunque luego se ha reunido en cuatro ocasiones. Cosas de la nostalgia por los tiempos locos.