La noticia de un coche en una carrera ciclista se ha convertido en algo muy usual
Organizar una carrera ciclista siempre ha sido un ejercicio de malabarismo al límite.
Mover una caravana ambulante durante cientos de kilómetros por carreteras abiertas implica asumir un catálogo de riesgos brutal, desde una tormenta imprevista hasta un asfalto derretido por el sol.
Pero lo que estamos viendo últimamente cruza la línea de lo asumible.
Cuando la seguridad básica falla, el ciclismo toca hueso.
Las recientes declaraciones de Jonathan Vaughters encendieron las alarmas al denunciar la presencia habitual de vehículos ajenos dentro de tramos en teoría blindados.
Lo que parecía un fallo puntual se ha convertido en una ruleta rusa cotidiana.
El trágico desenlace de Finley Tarling en Portugal no fue un hecho aislado ni una mala jugada del destino, sino la confirmación de una grieta sistémica que hace unos días volvió a reproducirse en una prueba de formación en Alemania.
Resulta inaceptable exigir a un corredor que se lance a cien kilómetros por hora tumba abierta con la duda metida en el cuerpo sobre qué puede salir de la siguiente curva.
Este tipo de negligencias mata la esencia del deporte y regala argumentos a quienes suspiran por meter el ciclismo en circuitos.
Llevar las carreras a circuitos sería una solución nefasta que destruiría el carácter nómada, itinerante y libre que ha hecho grande a esta disciplina durante más de un siglo.
La UCI invierte tiempo y recursos en redactar reglamentos infinitos, reglamentos que en su mayoría acatamos aunque a veces nos parezcan absurdos, pero sestea en lo crucial.
Ocurre con la gestión de los vehículos y ocurre con el calor extremo.
También con las vallas.
Si un ciudadano común recibe avisos de las autoridades para no hacer ejercicio bajo las horas centrales del día, resulta incomprensible la rigidez para adaptar los horarios de los profesionales.
Sin embargo, mientras el calor desgasta, los despistes en el tráfico directamente matan.
Los incidentes vistos en Portugal o Francia a principio de curso demuestran que el problema está enquistado.
La pasividad institucional convierte el peligro en costumbre y degrada la competición.
Si los organismos de control continúan fallando con este pasotismo, el ciclismo de carretera tal como lo conocemos tiene los días contados.
Protejan el recorrido o asuman el final del espectáculo.





