La Conferencia Este, por fin, va a ser mejor que en los últimos años, ¿verdad? Tampoco es difícil, claro. Pero tiene que serlo: los Knicks, el campeón, conservan su quinteto titular, el del descorche en playoffs, y solo han perdido a un jugador, no trascendental pero sí importante, como Mitchell Robinson, cuya producción tendrá que duplicar, como más o menos pueda, Andre Drummond. Los Cavaliers, el finalista de Conferencia, cree que esta vez sí que sí de verdad que sí con Peyton Watson como órdago final en la búsqueda, ya eterna, de la quinta pieza, la que siempre baila, para dar sentido a un core 4 transformado, del que salió Darius Garland y al que llegó James Harden (los otros son Donovan Mitchell, Evan Mobley y Jarrett Allen). Los Heat tienen ahora a Giannis Antetokounmpo y los Raptors se supone que tendrán a Kawhi Leonard porque no sabemos cuando resolverá la NBA su sucio asunto con los Clippers pero sí que no parece (a priori) que las sanciones vayan a ser precisamente salvajes. Los Sixers han cambiado, básicamente, a Paul George por Jaylen Brown y LeBron James (son, como mínimo, must see tv). Los Celtics siguen teniendo a Jayson Tatum, los Pacers recuperan a Tyrese Haliburton y estrenarán, de verdad, a Ivica Zubac y equipos como Orlando Magic y en menor medida Atlanta Hawks (no se puede meter ahí a Charlotte Hornets pese a los evidentes brotes verdes de su interesante reconstrucción) están a un buen paso de competir y a uno malo de desintegrarse.
¿Y Detroit Pistons? Como mínimo, el mejor equipo de la Conferencia en la pasada regular season merece estar en el lote de los aspirantes a ser aspirantes, ¿no? Siempre es así salvo que cambie el panorama un proceso de demolición veraniego. Que no es el caso porque la franquicia de la MoTown se asienta sobre los hombros de Cade Cunningham. Si él sigue allí, el equipo será, como mínimo, reconocible. Los Pistons cambiaron 14 victorias en la temporada 2023-24 por 60 en la 2025-26, la tercera mejor marca de su historia si no contamos cuando eran (¡!) Fort Wayne Zollner Pistons. Ganaron su primer partido de playoffs como locales desde 2008, también el último año hasta esta primavera en el que habían pisado las semifinales de Conferencia. Influyeron muchas cosas: la llegada al banquillo de JB Bickerstaff, que en los dos últimos años ha hecho maravillas con una cultura que parecía destrozada hasta lo irrecuperable (en el deporte nada -casi nada- lo está), y la explosión de un núcleo duro joven criado en casa a partir de elecciones altas de draft.
Ausar Thompson (23 años) fue número 5 del draft en 2023. Y entró en el Mejor Quinteto Defensivo del pasado curso con unas sensaciones mejores que las de su gemelo Amen (número 4) porque a este los Rockets le obligaron a hacer demasiadas cosas (con el balón en las manos) que todavía no está preparado para hacer. Ausar tiene limitaciones ofensivas obvias, pero también techo de defensor exterior generacional. Jalen Duren (22 años) fue pick 13 en 2022 y pareció una causa perdida, al menos como jugador de altísimo nivel, durante buena parte de sus tres primeros cursos NBA. Un pívot contrario al molde moderno, sin rango lejos del aro pero también sin alguna de las virtudes (protección del aro, intimidación) de los cincos rocosos a la antigua usanza. La pasada temporada, sin embargo, Duren despertó a lo grande: all star, Tercer Mejor Quinteto… y un desastre catastrófico en playoffs con el que iré en breve. Dos excelentes noticias jóvenes (Thompson y Duren), el mullido colchón de unos veteranos de apoyo que acompañaron en este ascenso… y Cunningham. En los peores momentos de aquella caída al precipicio de dos años antes, una estrella varada; un jugador en riesgo de quedarse por el camino en un proyecto podrido. Pero ahora (24 años), el número 1 del draft de 2021 ya es cosa seria: dos veces all star, integrante del Mejor Quinteto la temporada pasada, uno de esos aglutinadores que vertebra y galvaniza todo lo que le rodea. Un jugador franquicia. Que empieza además a sacar billete para el siguiente Dream Team, el de Los Ángeles 2028.
Los Pistons fueron un martillo neumático en regular season; un equipo que no se permitió excusas (lesiones) ni descansos y, en gran parte por eso, ganó muchos partidos. Y, también por eso (el suelo era proporcionalmente mucho más alto que el techo) llegó a playoffs con pinta de tal vez pero nada más: el volumen de talento no daba para pensar en la cima de las Finales, pero entre que nunca se sabe, que se ganaron el beneficio de la duda y que el Este era una cosa muy de andar por casa (aunque manufacturó al campeón), había una puerta merecidamente abierta… que se cerró en segunda ronda, contra unos Cavs (3-4) con menos química pero más recursos. Los Pistons dejaron escapar una ventaja de 2-0 y perdieron el séptimo partido en su pista de forma, digamos, brusca: 94-125.
Entre la ambición y la contención
Trajan Langdon, en tiempos leyenda de la Euroliga con la camiseta del CSKA de Moscú, es un presidente que también tiene mucha culpa (llegó, de hecho, en 2024) de la resurrección de los Pistons. Pero es a él, por cargo, al que le toca lidiar con un artefacto muy difícil de manejar: un equipo que ha crecido más rápido de lo previsto y en el que hay que decidir qué es sostenible y qué no a pesar de que hay muchas cosas que funcionan; en qué hay que meter dinero de verdad y en qué buscar soluciones más creativas de las que obligan, no pocas veces, a tomar decisiones difíciles.
En un equipo que se ha cuidado mucho de pillarse los dedos con inversiones precipitadas y poco calculadas, aunque de las bienqueda, se tomó una decisión firme con Cunningham en 2024, después del 14-68. El nuevo proyecto sería con él o no sería: cinco años y 224 millones de dólares que saltaron a 269, del 25 al 30% del salary cap total, porque el base subió revoluciones en la pista y se hizo merecedor de una extensión que salto de máxima a supermáxima gracias a la Derrrick Rose Rule, la puerta a ese 5% extra del espacio salarial que se desbloquea gracias a hitos como el MVP, el Defensor del Año o los quintetos All NBA (en los que lleva dos años).
Los Pistons han optado por, aunque suene a tópico, el crecimiento orgánico y la mesura, por mucho que en la temporada pasada parecieran en muchos momentos a un pasito, tal vez solo una pieza, de hacer algo potente de verdad en el Este. Que pregunten en Detroit por el último mercado de invierno. Tobias Harris (34 años ya) fue un contribuidor importante en la reconstrucción pero (se ha ido a los Spurs) los Pistons no perdieron la cabeza por él en la agencia libre y le darán su rol a John Collins, más joven (28 años), con un contrato muy manejable (17 millones al año) y un perfil que llevará a la MoTown cosas que no tenía Harris: más físico, más muelles, algo más de defensa y un estilo ofensivo mucho más de jugador de rol, con apariciones o cerca del aro o desde la línea de tres, sobre todo en las esquinas. Con todo, seguramente y más allá de esas categorizaciones, un peor jugador de baloncesto que Tobias.
Isaiah Stewart, un bulldog defensivo que se comió todo el vía crucis de la franquicia (llegó en 2020), fue enviado a los Grizzlies después de caerse de la rotación en playoffs, casi totalmente, por su transparencia en ataque. Su hueco lo ocuparán, más o menos, entre Taurean Prince y un Paul Reed cuyos recursos ofensivos le acabaron dando minutos fundamentales en las eliminatorias. Por delante de Stewart y, según avanzaban los partidos, también con mejores sensaciones (insisto, ahora vendrá eso) que Duren. Caris LeVert, que no funcionó en absoluto, y Marcus Sasser, que nunca fue lo que se esperaba, han dejado sus lugares a Isaiah Joe, un tirador que hacía mucha falta y que llega con el sello competitivo de los Thunder, y el guard Ebuka Okorie, por el que subieron en el último draft del pick 21 al 17 con las segundas rondas obtenidas por Stewart. Del ex de Stanford esperan manejo y generación de juego, algo que siempre hace falta y que, más allá de Cuningham, desde luego no sobra en la rotación exterior.
Son movimientos importantes sobre los que habrá tiempo para emitir veredictos. Pero no apuntan, de entrada y en sí mismos, a un salto importante hacia adelante: más bien, como mucho, a mejores en los márgenes. Y no son, desde luego, los que decidirán cómo va a ser el futuro a corto y medio plazo de los Pistons. Eso depende del trío Cunningham-Thompson-Duren. Y en eso, en lo mollar, hay motivos para la preocupación. Porque ahora mismo Duren sigue sin contrato, un all star y All NBA la pasada temporada, casi en septiembre; y porque Thompson, como el pívot el verano pasado, no tiene todavía acuerdo para su extensión rookie. Este, el multiusos defensivo, seguramente ya se habría llevado un contrato máximo o casi, casi máximo, solo por si acaso, hace unos años, cuando los aprons no daban razones y excusas (a veces a partes iguales) para mirar con lupa cada dólar que se invierte. Así que podría -insisto, como Duren este pasado curso- jugar sin extensión y abocado a la agencia libre restringida en 2027, en los últimos veranos un cementerio en el que los jugadores (los que no acuerdan esa primera extensión) languidecen sin mucho que ofrecer como presión negociadora: en tiempos en los que la agencia libre cuenta cada vez menos y el espacio salarial se usa de otras maneras durante las temporadas, no hay forma de rascar una oferta certificada con la que obligar al equipo, en este caso los Pistons, a aceptarla o romper ese último vínculo, el del restringido.
Los Pistons podrían dar grandes contratos, por su situación actual, a ambos, pero la cuestión para ellos es si es lo correcto, si se puede ser uno de los mejores equipos de la NBA, un aspirante a ganar anillos, con el grueso de su salary cap invertido en tres jugadores (hay que sumar a un Cunningham ya renovado) así. Mientras le dan vuelta a ese asunto, peliagudo y trascendental, Ausar intentará evolucionar como jugador de ataque (eso sí le garantizaría prácticamente un máximo) mientras Duren se enfanga en una situación de crisis con la franquicia que la prensa considera ya verdaderamente grave. Lo normal es que haya acuerdo y contrato nuevo, pero quizá sin efecto cicatrizante: es posible que la relación ya esté dañada de forma irreparable.
Hasta esos malditos playoffs
Porque Duren pareció, en el año de su descorche y jugando sin extensión de contrato, embalado hacia un contrato máximo que tendría que ser de cinco años y 287 millones porque, además, su entrada en los All NBA desbloqueó la Derrick Rose Rule y, como a Cunningham, le dio derecho a un supermáximo. Sin eso, el tope era de 5×239, más de los 4×177 a los que podían llegar otros pretendientes que no podían ofrecerle un quinto año. Así que, durante meses, los Pistons se veían venir otro 30% de su cap comprometido, este con más dudas que el de Cunnigham, por un jugador que había pasado en un año de 11,8 puntos por partido a 19,5 a los que añadió 10,5 rebotes, 2 asistencias y casi un tapón.
Pero llegaron los playoffs, y Duren fue un perfecto desastre. Un naufragio inesperado por exagerado. Su anotación cayó a 10,2 puntos, un hundimiento desde esos 19,5 que era el segundo mayor de la historia para un all star entre fase regular y eliminatorias. Y se podía considerar el peor caso porque el único que lo superaba era una de esas cosas increíbles de Wilt Chamberlain, que en los playoffs de 1962 solo anotó 35 puntos de media después de promediar en la temporada… 50,4.
Además, se quedó en 8,5 rebotes y 2,1 asistencias por 2,3 pérdidas con malos porcentajes para un jugador de su rango de tiro: 51,4% en juego, 67,4 desde la línea de personal. Más de la mitad de sus lanzamientos, y las defensas rivales lo sabían, en regular season habían llegado a menos de un metro del aro, un dato que saltaba al 95% si se abría el rango hasta una distancia a la canasta de tres metros. Pero más allá… apenas había salido de la zona para tirar. Y el triple ni cuenta: apila un 0/6 en sus cuatro años en la NBA. Su estilo, en fin, se convirtió en fácil de predecir y anular cuando llegaron los playoffs y los entrenadores del otro bando pusieron especial atención en minimizar sus virtudes. Su confianza se hundió y tampoco brilló ni su defensa ni su capacidad reboteadora contra, en primera ronda, otro pívot no demasiado grande como Wendell Carter Jr, el interior de Orlando Magic que, por el runrún de las comparaciones, ha cerrado un contrato de 50 millones por cuatro años y estrena extensión de 58,7×3. Otro mundo para hacer lo mismo, mejor, en la hora de la verdad.
En la actual NBA solo hay, el rango al que parecía que iba a saltar Duren, nueve pívots o casi pívots que cobrarán más de 40 millones la próxima temporada: Nikola Jokic, Anthony Davis, Joel Embiid, Karl-Anthony Towns, Bam Adebayo, Chel Holmgren, Evan Mobley, Jaren Jackson Jr y Domantas Sabonis. El supermáximo de Duren le habría dado casi 50 millones en la 2026-27, ocho y pico más que el máximo estándar (unos 41,2), antes de la selección All NBA.
Pero los playoffs borraron cualquier opción de que los Pistons llegaran a esas cifras y Duren se quedó esperando, negociando cuesta arriba mientras el tiempo corría (el drama de los restringidos ahora) a favor de la franquicia: los pocos equipos con margen salarial lo gastaron, los que buscaban pívot (como los Lakers) lo ataron por otro lado (Walker Kessler). Y Duren no tiene nada con lo que mover su contraoferta. Quiere un gran contrato, que se acerque al menos a esos 40 millones anuales mientras a los Pistons les incomoda todo lo que se aleje mucho de los 30. En acuerdos por cinco años, salvo que negocien algo más corto que muchas veces no es bueno para ninguna de las dos partes, la diferencia de posturas se cifra en unos 50 millones totales. Por eso sigue sin pasar nada, el jugador se desespera y se distancia del equipo y las cosas avanzan hacia el 1 de octubre, el día tope para que Duren ejecute la qualifying offer que le convierte en restringido, juegue la temporada por 9,6 millones y sea agente libre sin restricciones en el verano de 2027. Si se acaba ahí, un escenario de divorcio de facto, sería porque, en condiciones normales, ya se habría puesto en marcha la cuenta atrás en la relación Duren-Pistons. Un pésimo síntoma de cara a la química, un factor clave en el éxito de la temporada pasada, de un equipo que además, en los despachos, tampoco ha hecho todavía nada con la extensión de Ausar Thompson. Veremos, según cómo acabe todo, si es que no tiene claro qué quiere hacer con él o si simplemente está intentado que Duren no compruebe, definitivamente y antes de firmar lo suyo, a quién quieren más.
Así que Langdon, aunque tiene las cuentas lo suficientemente limpias y a la gran estrella asegurada hasta 2030, tiene que hilar fino. Ser ambicioso, porque es el momento y porque la exigencia será alta después de una temporada de 60 victorias, pero no hipotecar los grandes contratos, los definitivos, en determinados jugadores si no siente que son los que merecen estar en ese rango salarial. Eso, si fuera una intuición acertada, sería letal. Especialmente en la actual NBA, la de los aprons, que exige (más que nunca) que cada jugador rinda a la altura de los ceros de su contrato… y un puñadito al menos un poco por encima.
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Duren tiene todavía 22 años, fue un jugador drafteado en Detroit y ha sido parte esencial de una reconversión histórica, un vuelco inimaginable en solo dos años. También, en un mal cierre de una temporada fantástica, los playoffs enseñaron que, si no da zancadas importantes, un pívot de su perfil puede acabar siendo en ese momento, el crítico, más jugador rol que segunda o tercera espada de un aspirante de primerísimo rango. Con eso, un forward especial como Thompson (imprescindible en defensa, de mala digestión en ataque) y un renovado lote de secundarios en los que habrá que ver cuánto se echa de menos a Harris y Stewart, los Pistons tienen que apretar los dientes en un Este que se presenta mucho más competitivo. Y complicado. Pero en primer lugar, antes que nada, tienen que resolver el marrón en el que se ha convertido una situación con Duren que se ha puesto, según Tim MacMahon (ESPN), nasty. Desagradable de verdad.
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