Después de numerosos retrasos y vicisitudes, el Lucas Museum of Narrative Art, de Los Ángeles, abrirá sus puertas. Los promotores, George Lucas y su esposa Mellody Hobson, materializan así un proyecto sin ánimo de lucro, diseñado por MAD Architects y con unas instalaciones de 28.000 metros cuadrados, integradas por salas de exposiciones permanentes y temporales, cines, espacios de ocio y bibliotecas y zonas de eventos. El museo cuenta con una colección de 40.000 obras y objetos, en un «display» totalmente heteróclito que reúne pintura, ilustración, cómic, fotografía, cine, diseño, arte digital, vestuario, storyboards, carteles y utensilios cinematográficos.
Esta pluralidad de soportes –que ya de por sí entraña un proyecto curatorial sorprendente– adquiere si cabe más relevancia cuando se desciende a los nombres propios y se abre la siguiente interrogante: ¿qué es lo que tienen en común las pinturas de Frida Khalo, Norman Rockwell o Maxfield Parrish con comics, ilustraciones y materiales procedentes del cine? Cuando se lee el anuncio de que el creador de «Star Wars» va a inaugurar un super complejo museístico en el epicentro de la industria cinematográfica, la primera idea que puede venir a la mente es que se trata de un «divertimento de rico», arrastrado por una megalomanía que le lleva a mostrar su abracadabrante colección.
Para alguien –como quien suscribe– que nunca ha conseguido ver en la saga galáctica más que la culminación de un neobarroquismo posmoderno insoportable y con una capacidad maléfica para inundar de frikis el planeta, sería muy tentador juzgar el museo de Lucas en tales términos. Pero –para sorpresa de muchos– el discurso que se halla detrás de él posee una potencia reflexiva que obliga a repensar toda la cultura visual del último siglo.
Lucidez única
De hecho, el concepto de «arte narrativo» no existe como tal en tanto que campo de estudio específico e institucionalizado. Y he aquí la gran novedad que aporta este nuevo museo: si el siglo XX ha estado marcado por la dialéctica entre «high art» y «low art», entre «cultura de élite» y «cultura popular», la categoría de «arte narrativo» borra las lindes que separan estos amplios campos y se interesa por el artefacto cultural como ese dispositivo capaz de contar historias. Dicho de otra manera, Frida Khalo y un cómic pueden convivir en un mismo espacio porque, en ambos casos, nos encontramos con imágenes que han sido creadas para narrar.
La técnica y el lugar de enunciación no importan; lo verdaderamente fundamental es que se trata de obras que se han hecho un hueco en la cultura contemporánea a través de su capacidad para relatar y generar afiliaciones. La capacidad de análisis de George Lucas evidencia, por consiguiente, una lucidez que no muchos teóricos de la cultura visual alcanzan a demostrar. Desde su óptica, el elemento constructor de la cultura contemporánea es la «imagen narrativa». Y no cabe duda de ello: ya no solo en la arena cultural, sino igualmente en la política, quien controla el relato es quien posee el poder. El ser humano se encuentra profundamente narrativizado: en su identidad, en su forma ver y experimentar el mundo, se entretejen multitud de relatos que sesgan su modo de conocer. El sujeto es, en esencia, un contador de historias: unas nos liberan, y otras nos subyugan.