Penélope Cruz y Javier Bardem han desembarcado en Venecia con Bunker, la nueva película de Florian Zeller, en la que el matrimonio en la vida real encarna a otro en la ficción. Una relación que entra en crisis cuando el personaje de Bardem, un reputado arquitecto, recibe un encargo moralmente cuestionable: la construcción de un “búnker del apocalipsis” secreto para un milmillonario del mundo tecnológico (al que encarna Paul Dano). Un guión que Zeller ha escrito exprofeso para la pareja, pero que tiene ecos en el mundo real.
En concreto, en la obsesión de los multimillonarios con la supervivencia a toda costa. En 2017, Reid Hoffman contaba al New Yorker que “podría decir que cerca del 50%» de los ricos de Silicon Valley se habían embarcado en alguno de estos proyectos. La afirmación suena creíble cuando consideramos que Hoffman es una de las personas más conectadas del universo techbro (fundador de LinkedIn, alto cargo en el PayPal de Pete Thiel y Elon Musk, inversor en decenas de empresas como Meta o Anthropic a través de su fondo Greylock Partners), y lleva tiempo demostrándose una y otra vez. Hay desde empresas especializadas en asegurar el mañana mediante construcciones subterráneas (cuyo destino actual parece más cercano a Fallout que a otra cosa) a milmillonarios como Mark Zuckerberg, que se han sumado a la moda construyendo complejos misteriosos y autosuficientes capaces de mantener a cerca de un centenar de personas en el que, oficialmente, es su rancho excéntrico en una isla hawaiana.
Sam Altman, la cabeza visible de OpenAI, negaba tener un búnker, pero sí admitía contar con “un sótano de hormigón reforzado”. En esas mismas declaraciones, Altman –que ya había mencionado en ocasiones previas tener recursos acumulados para capear catástrofes o conflictos– confesaba que “no es por la IA, sino porque vivimos en un mundo en el que de nuevo hay gente tirando bombas”. Un argumento similar al que contaba Hoffman en el New Yorker sobre sus compañeros. “La decisión [de comprarse un búnker] va en paralelo con la de comprarse una casa de vacaciones (…). Creo que así la gente puede decir ‘ahora tengo algo que me protege de esta cosa que me asusta’”.
Por el camino, esos milmillonarios están adquiriendo importantes cantidades de terreno para llevar a cabo sus planes –como el nuevo complejo de Pete Thiel en Argentina, el hombre que enseñó a sus pares a principios de la década pasada que hay que tener un plan B para lo peor, y si es subterráneo mejor–, o recuperando los restos de la Guerra Fría: tanto el complejo de búnkeres de Estados Unidos como lo que buscaban muchos de los colegas de Hoffman venía de la mano de otro apocalipsis: los silos de los misiles intercontinentales atómicos de la era de la destrucción mutua segurada… Y los búnkeres construidos por los Gobiernos para sobrevivir a esos misiles.
Entre medias, está la decisión de hacerse complejos a medida, esas nuevas casas de vacaciones contra el fin del mundo y contra el cambio social. El fundador de LinkedIn tenía claro el motivo (¡en 2017, cinco años antes del primer modelo de ChatGPT!): “A muchos [ricos] les preocupa que cuando la inteligencia artificial se lleva por delante un buen porcentaje de los puestos de trabajo, haya represalias contra Silicon Valley. (…) ¿Van a volverse contra los ricos? ¿Van a volverse luditas? ¿Va a haber una revuelta civil?”. Un escenario que hoy empieza a producirse, y que sirve a la película de Bardem y Cruz para plantear sus escenarios morales.