Tu próxima escapada te está esperando. Suscríbete hoy y llévate 2 años de Viajes National Geographic al precio de 1. ¡Dos años para viajar sin parar!
Hay lugares que parecen guardar su historia entre las piedras. Buitrago del Lozoya, en plena Sierra Norte de Madrid, es uno de ellos. El río Lozoya abraza su recinto amurallado, mientras las torres, el castillo y las calles medievales recuerdan el pasado defensivo de una villa que fue estratégica durante siglos.
Pero entre sus muros existe también una historia mucho más inesperada: la de una amistad que comenzó en el exilio francés y terminó llevando hasta esta pequeña localidad serrana una colección única de obras de Pablo Picasso.
Una amistad nacida en el exilio
La historia comienza lejos de Buitrago, en Vallauris, en el sur de Francia. Allí, en 1948, Picasso conoció a Eugenio Arias, un barbero nacido en Buitrago del Lozoya que había llegado a Francia después de la Guerra Civil española. Arias abrió una peluquería en Vallauris y pronto se convirtió en mucho más que el hombre que cortaba el pelo al artista. Entre ambos nació una relación basada en la confianza, la conversación y una memoria compartida de España y del exilio.

Picasso acudía a la barbería, pero aquella rutina acabaría convirtiéndose en una amistad de 25 años. Arias fue testigo de una faceta más íntima del pintor, alejada del personaje que ya era Picasso para el mundo. Y Picasso, por su parte, comenzó a regalarle dibujos, cerámicas, obra gráfica, fotografías, carteles y otros objetos.
Los regalos de Picasso
No eran necesariamente grandes piezas destinadas a un museo. Precisamente ahí reside buena parte de su valor. Muchas nacieron de la vida cotidiana, de una conversación, de una visita a los toros o de un gesto de afecto entre dos amigos. Son objetos que permiten acercarse a Picasso desde un ángulo diferente: no solo como creador, sino como hombre, amigo y protagonista de una época marcada por el exilio.
Cuando Arias regresó a España, decidió que aquella colección debía volver con él. No quería que los recuerdos de su amistad con Picasso terminaran dispersos. Quería que permanecieran en su pueblo natal. En 1982 cedió la colección a la entonces Diputación de Madrid con una condición esencial: que se instalara en Buitrago. Tres años después, en 1985, abrió sus puertasel Museo Picasso-Colección Eugenio Arias.
Picasso en una villa medieval
El resultado es extraño y fascinante: uno de los grandes nombres del arte del siglo XX está presente en un pequeño museo situado en el corazón de una villa medieval de la Sierra Norte madrileña. No es un museo monumental ni pretende competir con las grandes instituciones dedicadas a Picasso. Su atractivo es otro. Aquí no se cuenta solamente la historia de un artista; se cuenta la historia de Picasso a través de una amistad.
La colección reúne obras y objetos de naturaleza muy diversa: dibujos, grabados, cerámicas, fotografías, carteles, libros dedicados y piezas realizadas con técnicas menos habituales. Entre ellas destaca una caja de herramientas perteneciente a Arias, decorada con motivos taurinos. Es una pieza especialmente reveladora porque muestra cómo el universo creativo de Picasso podía extenderse también a objetos cotidianos.

AdobeStock
El universo taurino de Picasso
El mundo taurino aparece como uno de los hilos que conectan muchas de estas piezas. Picasso sentía una profunda fascinación por los toros, una pasión que compartía con Arias. Pero la colección también permite acercarse a otros aspectos del universo personal del artista: sus amistades, sus intereses y la vida cotidiana que transcurría alrededor de su residencia en el sur de Francia.
Más que contemplar una sucesión de obras, el visitante se encuentra ante pequeñas pistas que reconstruyen una relación. Cada objeto habla, de una manera u otra, de la complicidad entre dos hombres unidos por España, por el exilio y por una amistad que sobrevivió a la distancia.
Un regreso a través de la amistad
Hay algo especialmente simbólico en que esta historia termine en Buitrago. Arias había vivido el exilio, pero nunca perdió el vínculo con su pueblo. Picasso, que tampoco regresó a España tras la Guerra Civil, encontró en aquel amigo una conexión con el país que ambos habían dejado atrás. La colección se convirtió así en una suerte de regreso indirecto: las obras que Picasso entregó a Arias en Francia terminaron cruzando los Pirineos para instalarse junto al río Lozoya.
Mucho más que una visita al museo
La visita al museo adquiere todavía más sentido cuando se contempla como parte del paisaje de Buitrago. El recorrido puede comenzar junto a la muralla, continuar por las calles del casco histórico y acercarse al castillo de los Mendoza y a la iglesia de Santa María del Castillo. Después, el museo introduce una historia que parece pertenecer a otro escenario: el de los talleres, las calles y la vida artística de la Costa Azul de mediados del siglo XX.
Ese contraste es precisamente lo que hace singular a Buitrago. En pocas calles conviven la Edad Media, el paisaje serrano y la memoria de uno de los artistas más influyentes del siglo XX. El Museo Picasso-Colección Eugenio Arias no guarda simplemente obras de Picasso: guarda la huella material de una amistad.