En enero de 2020, Javier Marías se planteó recoger en un volumen una serie de textos que estaban dispersos en publicaciones periódicas, en obras editadas en otras lenguas, que eran de difícil acceso o que, por algún motivo, seguían inéditos. De todo ese material, en ‘Aquí me paro’ (Alfaguara), a la venta mañana jueves, aparecen 66 textos redactados entre los años 2001 y 2020. Los lectores de Javier Marías descubrirán al hombre que recupera recuerdos, al pensador literario, al cinéfilo entusiasta y al apasionado del fútbol. El que se reproduce a continuación, ‘Escribir un poco más’, es un encargo de la editorial Bloomsbury en 2015 por el IV centenario de la muerte de Shakespeare.
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Es habitual que, tras la primera lectura más o menos obligada, normalmente en la juventud, la mayoría de los escritores tenga reparo en volver a los grandes maestros del pasado. Éstos suelen resultar disuasorios, cuando no frustrantes. El novelista o el poeta se asoman a Shakespeare o a Cervantes, a Montaigne o a Hölderlin, a Keats o a Conrad, o a Proust, y, tras releer unas pocas páginas, piensan: “¿Qué diablos hago yo aquí delante de mi máquina o de mi ordenador? Existiendo esto, ¿qué sentido tiene que yo añada una línea más?”. La frecuentación de los clásicos puede invitarnos tan sólo a enmudecer.
Conozco esa sensación, la experimento con no pocos artistas. No con Shakespeare, sin embargo, que quizá debería ser el que produjera efectos más deprimentes y paralizantes. Y, lejos de eso, su relectura siempre me es estimulante y fértil. No me conmina a callar, sino que me incita a escribir “algo más”. ¿Cómo puede ocurrir? Sería ridículo que nadie intentara compararse con él, rivalizar con él, incluso imitarlo servilmente. Uno parte siempre de su incontestable superioridad. Lo que en mi caso propicia que, en vez de desánimo, me traiga ánimos y ganas de ”componer» es que sus textos son misteriosos incluso cuando no parecen serlo y los entendemos sin problemas… en primera instancia. Son tantas las cosas que solamente apuntó y no exploró; son tantas las bocacalles que se van abriendo a derecha e izquierda a medida que transitamos por sus obras, que uno siente la tentación de adentrarse en ellas, de aventurarse por las sendas que él se limitó a señalar y no recorrió, por las que descartó o dejó de lado, por así decir.
Son ya siete mis libros cuyos títulos son citas o paráfrasis de Shakespeare: las novelas A Heart So White, Tomorrow in the Battle Think on Me, Dark Back of Time, Your Face Tomorrow y Thus Bad Begins, el volumen de relatos When I Was Mortal y el de artículos I Shall Be Lov’d When I Am Lack’d.
Si miramos la cita de Macbeth de la que procede el primero (“My hands are of your colour; but I shame to wear a heart so white”), uno se encuentra con que no es inequívoco lo que significa ahí white. ¿Es “pálido”, es “cobarde”, es “inocente”, es “inmaculado”? Si miramos la de Hamlet que nombra mi más reciente novela (“Thus bad begins and worse remains behind”), los personajes españoles que la mencionan entienden “and worse is left behind”, pero muchos exégetas y traductores la interpretan más bien como “and worse lurks behind” o “… awaits behind”. La ambigüedad de Shakespeare aparece hasta en las frases más célebres y repetidas: todos hemos leído u oído numerosas veces el soliloquio de Otelo justo antes de matar a Desdémona, que empieza así: “It is the cause, it is the cause, my soul!”. Casi nadie parpadea ni se detiene al leer u oír eso y lo que sigue, y sin embargo no está muy claro a qué se refiere Otelo, que no dice “This is the cause”, ni desde luego “She is the cause”. ¿Y qué significa exactamente “In the dark backward and abysm of time”, cuando la palabra backward ni siquiera parece un sustantivo propiamente dicho? ¿Y acaso son nítidas las que el príncipe Hal dedica a su compinche Poins: “What a disgrace is it to me to remember thy name! or to know thy face tomorrow!”? (Claro que yo la utilicé con una variante contradictoria).
Lo extraordinario de Shakespeare es que su carácter a menudo enigmático pasa inadvertido y no nos impide “entender”, según vamos leyendo. No nos entorpece, no es críptico, no es abstruso. Tenemos la sensación de captar sin dificultades cuanto nos va diciendo. Y, sin embargo, si uno se para y relee, si uno se fija con atención, con frecuencia descubre que “entiende”, pero no “comprende” enteramente. Su fuerza, su ritmo, el fulgor de sus imágenes y metáforas nos impelen a seguir adelante, nos crean el espejismo de la intuición, o de la revelación, hasta de una repentina sabiduría. Luego, una vez que uno sale del oleaje y echa la vista atrás, comprueba que queda mucho por explorar, y mucho por desarrollar, y mucho por desentrañar, y mucho en lo que pensar. ¿Y qué, sino todo eso, puede impulsar a un escritor a escribir un poco más?