Felix Gall tenía 17 años cuando se convirtió en campeón del mundo. Podría parecer el comienzo convencional de la historia de uno de esos elegidos destinados a dominar el ciclismo desde muy jóvenes. No fue así. El austriaco necesitó casi una década desde aquella victoria en Richmond para comprender realmente qué clase de corredor era. Entre medias hubo enfermedades, dudas, presión, un equipo en el que nunca terminó de encontrarse y hasta momentos en los que dejó de tener claro cuál era su lugar en el ciclismo profesional. Hoy pelea por las grandes vueltas desde la primera fila. El camino entre aquellos dos Felix explica prácticamente toda su carrera.
MARCA, con los tres primeros ‘soldados’ de la general de LaVueltaMARCA
Nació el 27 de febrero de 1998 en Nußdorf-Debant, en el Tirol Oriental, un territorio rodeado de montañas que todavía ocupa un lugar fundamental en su vida. El ciclismo tampoco fue desde el principio una obsesión. Practicó fútbol, tenis, esquí y triatlón antes de inclinarse definitivamente por la bicicleta. Ni siquiera cuando empezó a destacar recuerda haberse sentado delante del televisor soñando con ganar algún día el Tour. A Gall simplemente le gustaba montar en bici. Esa relación poco solemne con el deporte continúa siendo parte de su personalidad. También su necesidad de regresar a casa, a la montaña y a la tranquilidad cuando termina de competir.
De joven llegó a marcharse a Graz para entrar en una escuela de alto rendimiento, pero la experiencia duró poco. Echaba demasiado de menos su entorno y regresó al Tirol. Hubo incluso un periodo en el que perdió las ganas de entrenarse. Por eso resulta todavía más sorprendente la velocidad con la que apareció después en el gran escaparate. Prácticamente acababa de descubrir la competición de alto nivel cuando, en 2015, ganó el Mundial júnior de Richmond. Fue el primer austriaco en conseguirlo. El arcoíris le abrió las puertas de las mejores estructuras europeas y durante mucho tiempo funcionó también como una especie de seguro de vida deportivo: cuando los resultados dejaron de llegar, todavía quedaba el recuerdo de aquel talento que había sido capaz de ganar un Mundial con 17 años.
Porque inmediatamente después comenzó la parte complicada de la historia. Una sinusitis persistente frenó su progresión y las enfermedades se convirtieron durante algún tiempo en una constante. A ellas se sumó otro enemigo más difícil de detectar: la necesidad permanente de demostrar que era tan bueno como todos habían imaginado. Gall miraba alrededor y veía cómo algunos corredores de su generación avanzaban a una velocidad extraordinaria mientras él permanecía estancado. Con el paso de los años ha terminado aceptando una definición que le encaja especialmente bien: late bloomer. Un corredor de maduración tardía.
Su paso por la estructura de Sunweb, después DSM, aumentó las dudas. Gall ha explicado posteriormente que aquel sistema extremadamente estructurado nunca terminó de adaptarse a su personalidad. Todo estaba medido, planificado y decidido. Él necesitaba exactamente lo contrario. Necesitaba participar en las decisiones, escuchar a su cuerpo y sentir que conservaba cierto control sobre su propia carrera. Cuando salió del equipo había perdido una parte importante de la confianza que tenía en sí mismo. Ya no sólo dudaba de hasta dónde podía llegar; también de lo que quería y del sitio que ocupaba dentro del ciclismo.
El cambio a AG2R en 2022 terminó siendo su verdadera segunda oportunidad. Allí encontró una palabra que aparece constantemente cuando Gall explica lo que necesita para rendir: libertad. El equipo francés apostó por él cuando todavía no había construido un gran palmarés profesional y le permitió trabajar de otra manera. Curiosamente, empezó por entrenarse menos. Redujo parte de la intensidad, enfermó menos, encadenó semanas de continuidad y los resultados aparecieron. No hubo una transformación milagrosa. Gall simplemente empezó a poder expresar el corredor que llevaba años escondido.
Y todavía faltaba otro descubrimiento. Hasta prácticamente 2023, él mismo pensaba que su terreno ideal eran las ascensiones relativamente cortas, esfuerzos de unos veinte minutos. Las grandes montañas, los puertos interminables y las jornadas encadenadas de una vuelta de tres semanas parecían precisamente uno de los puntos que debía mejorar. La Vuelta a Suiza cambió esa percepción. Allí comprobó que podía resistir y rendir durante ascensiones mucho más largas de lo que imaginaba. Con 25 años descubrió algo sorprendente: quizá había pasado buena parte de su vida deportiva sin saber cuál era su verdadera especialidad.
Ese verano llegó el Tour de Francia de 2023 y Gall dejó definitivamente de ser una promesa tardía. Ganó la etapa reina de Courchevel después de atacar en el Col de la Loze y terminó octavo de la general. La imagen del austriaco escapado en los Alpes enseñó al mundo a un escalador extraordinario, pero él recuerda aquella jornada de una manera bastante diferente. Mientras fuera transmitía tranquilidad, dentro iba lleno de pensamientos: miedo a ser alcanzado, a equivocarse bajando, a que algo saliera mal. Ese contraste también define bastante bien al personaje. Gall parece frío y sereno, pero reconoce que durante años su cabeza ha generado mucho más ruido del que se percibía desde fuera.
También por eso 2024 volvió a convertirse en una pequeña trampa. Después de su explosión en el Tour sintió la obligación de confirmar inmediatamente todo lo conseguido. Quiso demasiado. Las expectativas crecieron, llegaron las caídas y los problemas físicos y Gall volvió a descubrir que su rendimiento empeora cuando transforma cada carrera en un examen sobre su propio valor. Desde entonces ha trabajado especialmente esa faceta. Probó distintos métodos de entrenamiento mental y terminó llegando a una conclusión aparentemente sencilla: no necesitaba convertirse en otra persona. “Soy como soy”. Aceptar sus defectos, en lugar de combatirlos permanentemente, ha sido una parte esencial de su evolución.

Gall, con MARCA durante la entrevista.IRAIA CALVO
Hay detalles que ayudan a entender hasta qué punto analiza su propio rendimiento. Redujo el consumo de cafeína porque descubrió que afectaba a su sueño. En los momentos de máxima intensidad intenta centrarse en la respiración, la cadencia o incluso en relajar los músculos de la cara. Y ha dedicado muchísimas horas a su gran agujero histórico: la contrarreloj. Su particular biomecánica —pedalea con las rodillas muy abiertas y utiliza una posición bastante característica— hacía que durante años perdiera mucha potencia sobre la cabra. El trabajo técnico se ha dirigido menos a construir una posición aerodinámicamente perfecta que a conseguir una en la que pueda producir realmente su potencia.

Gall, durante la sesión con MARCA.IRAIA CALVO
Los resultados recientes han confirmado que aquella victoria en Courchevel no fue un accidente. Después de consolidarse en el Tour, Gall ha dado otro paso como hombre de generales. Ya no se limita a sobrevivir durante tres semanas: recupera mejor, entiende mejor su cuerpo y parece especialmente competitivo cuando la fatiga empieza a castigar al resto. Su segundo puesto en el Giro terminó de demostrar que puede subir al podio de una gran vuelta. La siguiente frontera es evidente: ganarla.

Gall, con Nacho Labarga.IRAIA CALVO
Fuera de la carretera mantiene una vida bastante alejada del estereotipo del ciclista obsesionado las veinticuatro horas. Le gusta dormir mucho, viajar con su propia almohada, esquiar, jugar al golf y desaparecer durante algunos días entre las montañas. En los últimos tiempos también ha cambiado una parte importante de su vida privada al instalarse en Salzburgo junto a su pareja, Maya, clarinetista estadounidense. Otro pequeño paso lejos del refugio del Tirol en el que durante tanto tiempo encontró seguridad.

Ahí se coloca Gall en el podio final de Granada.IRAIA CALVO
Un ciclista muy especial
Ahora Gall se encuentra ante una situación que resume perfectamente su recorrido. Ya no es aquel campeón mundial adolescente al que todos preguntaban hasta dónde podía llegar. Tampoco el profesional que dudaba de tener un sitio entre los mejores. Es un corredor que sabe que puede disputar una Grande. Y esa certeza cambia completamente la pregunta.

Gall, atendiendo al micro de la M roja.IRAIA CALVO
Durante años Felix Gall compitió tratando de demostrar quién era. Ahora empieza a competir simplemente utilizando todo lo que tiene. Quizá esa sea su verdadera evolución. No haber aprendido a subir más rápido, a recuperar mejor o a perder menos tiempo contra el reloj, sino haber dejado de necesitar que cada resultado le explique quién es. Paradójicamente, justo ahora que parece necesitar demostrar menos que nunca es cuando está más cerca de conseguir aquello que durante tanto tiempo parecía demasiado grande: ganar una gran vuelta.