La creatividad y el talento nunca han entendido de orígenes. Juan Andrés Hernández García, natural de La Zarza de Pumareda, fue pastor de vacas y ovejas hasta los 18 años, siguiendo la ineludible tradición familiar, pero, así comienza su relato, «nunca me gustó; siempre tuve inquietudes artísticas». Desde la tierna infancia las inclinaciones artísticas salían a relucir en el colegio. «Después me marché a Valencia, como otros tantos, a ganarme la vida», relata.
De hecho, Valencia sigue siendo su lugar de residencia, aunque nunca ha roto el vínculo con el municipio salmantino, que se ha convertido, desde su jubilación, en un gigantesco lienzo. «Mi afición siempre estuvo ahí aunque tuviera que trabajar de otras cosas: dibujar, escribir, la música…» También como tantos otros, se casó, tuvo dos hijos y se dedicó a la vida familiar, hasta que se jubiló y pudo dedicarse por entero a su pasión.
«Reinicié todo lo que se me había quedado en la vida por hacer». Además de a la pintura, «me enganché a la música». A sus 71 años, Juan Andrés está experimentando su plenitud personal. Aunque ahora el arte callejero está de moda, no era así cuando él comenzó a interesarse por los murales. «En 2015 vi un mural en la televisión, pintado en otro país, y se me ocurrió: pues voy a pedir permiso en mi pueblo para pintar algo en una fachada».
Su ópera prima en esta disciplina artística fue junto a la fuente, pidiendo permiso al propietario de la fachada en la que plasmó el Puente Robledo, el más emblemático de la localidad. «A la gente le gustó, y me empezaron a pedir que pintara en sus fachadas». Desde entonces, el legado artístico de Juan Andrés se traduce en unas 40 obras repartidas por La Zarza de Pumareda, una antología que considera ya finalizada: «lo poco gusta y lo mucho cansa«, y aunque a veces indaga para asegurarse de que a nadie le disgusta su arte callejero, considera que hay que saber cuándo retirarse; al menos de esta modalidad, porque en lo que se refiere a otras, se encuentra en plena evolución y experimentación.
«Siempre me ha gustado que los murales sean a escala real», señala, y la risa se cuela cuando narra anécdotas como ocasiones en las que transeúntes se dirigen a unos entrañables abuelitos que no devuelven el saludo ni les prestan atención cuando les preguntan, y es que son figuras a las que ha dado vida Juan Andrés (no la suficiente como para responder pero si para confundir a los visitantes). En otra ocasión, cuenta, el niño sentado en un banco con su perrito provocó, en una noche tormentosa en la que llovía a cántaros, que un conductor se detuviera para ir en busca del pequeño, solo y a la intemperie.
Actualmente el artista zarceño trabaja en una obra coral compuesta por animales plasmados en grandes pedruscos, con la colaboración de otros vecinos. También ocupa su tiempo con la música. «Mi mundo es la cultura, las inquietudes artísticas». También explora técnicas por ahora sin nombre, dando forma a paredes de viejas construcciones derruidas «sin tocar la piedra, haciendo ciertos retoques con cemento o pintura, convirtiéndolas en castillos, puentes, catedrales…» Este es el nuevo reto al que se enfrenta, ya que, matiza, «pintar sobre una fachada es sencillo».






