De manera generosa, la Fundación Mapfre inauguró ayer de golpe tres exposiciones ambiciosas, interesantes, y aparentemente inconexas. Sin embargo, miradas de cerca, las tres muestras rastrean el camino de lo marginal para reescribir la historia oficial del arte, no desde los textos académicos, sino desde el trabajo de una institución privada. La sede madrileña de la Fundación acoge desde ayer «Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850 -1914)», «La otra orilla de la vanguardia» y «Minor White», tres discursos que miran al pasado desde fuera de la corriente dominante. Así, Mapfre plantea una nueva visión sobre dos capítulos clave de la creación artística de los siglos XIX y XX y, además, presenta la retrospectiva más completa que se ha realizado en Europa, hasta la fecha, de la obra del fotógrafo americano.

La segunda de las exposiciones nos lleva a la vida de de Hans Prinzhorn, experto en arte que se interesó por las creaciones de los pacientes de psiquiatría de un sanatorio de la ciudad alemana de Heidelberg y que recopiló en el famoso libro «Expresiones de la locura» (1922). «Aquellos dibujos o collages eran habitualmente considerados material clínico que debía ser analizado como síntoma de la enfermedad, pero él supo ver su valor artístico y darse cuenta de que su producción encajaba con los intereses de varias vanguardias y los artistas más modernos del momento», dijo la comisaria de la exposición, Pilar Soler Montes. Como señaló esta experta, está documentado que al libro tuvieron acceso los más destacados representantes del expresionismo alemán (en Die Brücke y Der Blaue Reiter) y despertó gran interés entre ellos. También se sabe que un ejemplar llegó a París y fascinó a los impulsores del surrealismo y el dadaísmo gracias a Paul Éluard. Él y Breton adquirieron obras de la colección de arte de Prinzhorn. Más adelante, incluso, tuvo influencia en el «art brut».

Sin embargo, esta historia también tuvo su reverso oscuro: el nacionalsocialismo, con Goebbels a la cabeza, tomó como ejemplo la colección de Prinzhorn para desacreditar el arte moderno, debido a sus similitudes con la creación de las obras de los enfermos psiquiátricos. Se trataba, así, de la prueba definitiva para su campaña contra el «arte degenerado».

Las prerrafaelitas

La segunda de las exposiciones reúne más de 40 artistas del periodo prerrafaelita, todas mujeres, pocas de ellas conocidas: hasta 130 obras de nombres como Elizabeth Siddal, Joanna Boyce, Julia Margaret Cameron, May Morris, Marie Spartali Stillman, Evelyn De Morgan o Eleanor Fortescue, que dan testimonio de una revolución del gusto y la temática que sacudió Inglaterra a mediados del siglo XIX, cuando las mujeres –en plena era victoriana– rompieron los muros de la reclusión doméstica y comenzaban a incorporarse al ámbito artístico. Comisariada por la experta Pamela Gerrish Nunn, la muestra presenta obras de pequeño formato, cotidianas, retratos y naturalezas muertas desde un ángulo anticlásico, pero también poderosas reimaginaciones medievales de escenas mitológicas e históricas con indisimuladas dosis de feminismo.

La obra de Minor White circula por esos ángulos de la historia y, en su caso, es tan desconocida que puede considerarse «underground». Varias de las piezas presentes en la exposición de Madrid no fueron exhibidas nunca en vida del fotógrafo y la mayoría no habían sido mostradas íntegras en Europa, donde nunca se le ha dedicado una retrospectiva tan ambiciosa. La obra de White persiguió un «ideario obsesivo» en palabras del comisario de la exposición que trataba de ver «más allá de la superficie». Su obra, principalmente series de pequeño formato, estaba entreverada de poesía y de palabras en el título de las piezas que jugaban a engañar al espectador. White nunca pudo vivir plenamente su sexualidad y eso le condujo a una amargura hasta el final de sus días.