Es una pena que buena parte de los fans de Lena Dunham se vayan a perder Famesick, su prodigioso libro de memorias sobre la fama y la enfermedad que acaba de editarse en España. Es lastimoso que una sentencia moral rotunda —que puedo compartir— les prive de una lectura tan inteligente, divertida, profunda y ligera a la vez. Supongo que es el sino del personaje, condenado desde siempre a ser amado y odiado con la misma ferocidad, por las mismas personas y, a menudo, por las mismas razones. Quien se enamoró de su frivolidad de niña pija en Girls la detestó por ser una niña pija frívola.
Dunham es dolorosamente consciente de lo que provoca. Hay en su libro poca autocompasión y mucha introspección dolorosa. También —y esto no debería sorprender a quienes la entronizaron como la voz de una generación— mucha comprensión de los demás, cuyas flaquezas y miserias expone sin juzgarlas, como la grandísima narradora que es. Su ex, Jack Antonoff, le dijo cuando empezaron a salir que le recordaba a Woody Allen (algo que podía decirse entonces como elogio, aclara Dunham), y esa opinión resume bastante bien su linaje y su actitud. Como tantos otros cómicos judíos, Lena mira al mundo con una mezcla de sátira implacable y compasión absoluta. Ante sus ojos, todos quedan desnudos y sin máscaras, y por ello, tan humanos y tan explicados en sus paradojas, que cualquier juicio o moraleja quedan fuera de lugar.
Todos nos las vemos con nuestras paradojas. La de Dunham la convierte en una artista incómoda: entiende el mundo desde el ensimismamiento. Sabe cómo funcionan los otros porque se ha dedicado obsesivamente a contemplarse el ombligo y el resto de su cuerpo. Se siente el centro del mundo y a la vez sabe que es ridículo sentirse así, que en realidad ella no importa, es insignificante.
No es ese el único valor de su mirada. Famesick es una puerta abierta a la trastienda de la tele, de Hollywood y de la fama. El libro es abundante en cotilleos, no escatima nombres ni confidencias y reflexiona con una lucidez asombrosa sobre la pasión por el arte y cómo transmitir un mensaje complejo y ambiguo en un medio que exige simplicidad y claridad.
Su lectura debería ser obligatoria para cualquiera que ande preocupado por el misterio de la creatividad en unas industrias culturales que quieren facturar productos en serie. Qué pena, de verdad, que muchos prefieran presumir de buenas personas a leer libros incómodos y brillantes.