Los museos de Tokio son una ventana excelente desde la que asomarse a la cultura japonesa. Desde kimonos de seda con estampados de garzas hasta grabados de tema erótico, pasando por los personajes más célebres del manga y el anime: de todos los aspectos de la cultura japonesa nos hablan las colecciones de los casi 200 museos de la capital nipona. Aunque siempre nos quedarán algunos para la siguiente visita, aquí van 10 muy sugerentes como aperitivo.

Para darnos una buena panzada expositiva, lo ideal es acudir hasta el parque de Ueno donde, además de contemplar cerezos en flor en primavera, se puede visitar todo el año el Museo Nacional de Tokio, que custodia muestras tangibles de la estética e historia de Japón y de otros países asiáticos, como China, Corea y la India. En sus edificios —el más antiguo, de estilo occidental, fue construido en 1909— se exponen estatuas budistas, xilografías de estilo ikuyo-e, las más características del periodo Edo (1603-1868), y espadas de samurái, entre otros muchos objetos. Asimismo, en su Kuroda Memorial Hall se conserva gran parte de la obra del pintor Kuroda Seiki, considerado el padre de la pintura moderna japonesa de estilo occidental.

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La parte más bucólica del museo es el jardín, con sus cinco casas de té históricas. Allí espera una grata sorpresa: una de ellas todavía funciona como salón de té. Sentados a ras de suelo en su interior podemos concluir nuestra visita bebiendo un genmaicha (té verde con granos de arroz tostado) acompañado por un dulce japonés o wagasi, relleno de judías rojas.

Esculturas de buda chinas en el Museo Nacional de Tokio.Mariano Garcia ( Alamy / CORDON PRESS )

Por su parte, el Museo Nacional de Arte Occidental, el más cercano a la estación de metro de Ueno, llama poderosamente la atención por su sede de estilo brutalista, obra de Le Corbusier. El edificio presume de ser el primero de la ciudad en entrar en la lista de patrimonio mundial de la Unesco, en 2016. Sus fondos proceden de la colección que atesoró durante años el empresario Kojiro Matsukata, y cuenta con obras de pesos pesados del arte occidental, como Degas, Van Gogh, Rodin o Claude Monet, este último amigo íntimo de Matsukata.

Un cuadro de Joan Miró expuesto en el Museo Nacional de Arte Occidental de Tokio, en septiembre de 2024.PASCAL SCHMIDT ( AFP / GETTY IMAGES )

El Museo Nacional de Arte Moderno (MOMAT) es otra sala expositiva de visita obligada. Se encuentra junto al parque de Kitanomaru, y de su colección de más de 13.000 obras proceden las exposiciones temporales que allí se organizan, cuya misión es ofrecer retazos de lo mejor del arte japonés desde finales del siglo XIX hasta hoy. A través de fotografías, pinturas o pequeñas esculturas de barro como las Haniwa, el MOMAT nos presenta el arte como una conversación entre generaciones de creadores y espectadores, además de hacernos descubrir artistas que apenas llegan a las salas de exposiciones de Occidente. Y como broche de oro, al subir a su cuarta planta se puede contemplar desde lo alto el Palacio Imperial de la ciudad.

Un niño toma una foto a una obra expuesta en el Museo Nacional de Arte Moderno (MOMAT) de la ciudad japonesa.DAVID GANNON (AFP / GETTY IMAGES )

Si nuestros paseos nos llevan al bullicioso barrio de Shibuya no podemos dejar de visitar el Museo de Arte Toguri, que suele estar semivacío. Esa calma es idónea para recrearse en los tonos color verde pálido de la porcelana china de estilo celadón, que llegó a Japón en el siglo X y que ocupa un lugar relevante en la colección de este centro, cuyo ambiente y estética contrastan enormemente con los de las callejuelas que conforman la cercana colina de los Love Hotels de Dogenzaka, también en Shibuya.

Otra de las atracciones museísticas preferidas de los visitantes es el Museo Yayoi Kusama. Allí nos sumergiremos en el universo de la artista, fallecida el pasado mes de agosto, reconocible por la creación de espacios inmersivos y por el uso de patrones repetitivos, principalmente sus característicos lunares. Recorrer sus salas y su ático, en el que destaca una de las enormes calabazas negriamarillas tan características de Kusama, es la mejor manera de entender la mente de esta artista única.

Una de las salas del Museo Yayoi Kusama.PHILIP FONG ( AFP / GETTY IMAGES )

A la vuelta de la esquina hay un espacio menos colorista, pero con mucho encanto: la Casa-museo de Natsume Soseki, el autor de novelas como Soy un gato, traducida a más de veinte idiomas, incluido el castellano. En esta recreación de lo que fue el despacho del escritor es fácil imaginarlo trabajando sentado en el suelo con las piernas cruzadas y tomando sorbos de té de la enorme tetera contigua.

Detalle de la casa-museo de Natsume Soseki en Tokio.Alex Mastro ( Alamy / CORDON PRES

Quienes vayan en busca del arte japonés tradicional también han de acercarse a la parada de metro Omotesando, la más cercana al Museo Nezu. En este jardín zen con vocación de museo nos reciben el bambú, la gravilla y el musgo, esos elementos paisajísticos de un Japón idealizado por todos. En el interior del edificio —a cargo del arquitecto Kengo Kuma— se exponen piezas de arte asiático premoderno (espadas, biombos, cerámicas…), además de una colección extraordinaria de objetos vinculados a la ceremonia del té. El premio final está en el Nezucafe, su cafetería con vistas al jardín, donde elaboran un delicioso matcha latte.

Vistas al jardín zen desde una de las salas del Museo Nezu. Frederic Soreau ( Alamy / CORDON PRESS )

A cinco minutos a pie espera un museo que pasará desapercibido para muchos, pero que, a pesar de su pequeño tamaño, ofrece una completa inmersión en la historia y la cultura del maquillaje japonés. Se trata del Museo Beni, dedicado precisamente al beni, un pigmento rojo tradicional japonés extraído del cártamo y empleado en cosmética desde el periodo Edo.

Además del arte que figura en los manuales de historia, Japón tiene una larga tradición de anime, es decir, de dibujos animados de estilo inconfundiblemente nipón. Para los que viajen con niños, un plan infalible es visitar el Museo Ghibli. Nada más ver la enorme figura de Totoro que recibe a la entrada, ya se intuye que la experiencia va a estar llena de emociones estéticas. Y no es de extrañar, pues el museo fue diseñado por el propio Hayao Miyazaki, fundador del estudio que ha creado largometrajes de animación como El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke. En las exposiciones de su interior se encuentran desde los primeros bocetos hasta las películas ya montadas, e incluso algunos cortometrajes poco difundidos. Y, por supuesto, el exterior es ideal para pasear rodeados de sus personajes.

El museo Ghibli es un lugar que muestra el trabajo de animación japonesa del reconocido estudio.coward lion ( Alamy/ CORDON PRESS )

Por último, otro paraje idóneo para familias es el Museo de Arquitectura al Aire Libre Edo, que traslada física y mentalmente a este periodo de la historia de Japón durante el cual se desarrollaron el teatro kabuki, el fascinante grabado japonés y la solemne ceremonia del té. En este paseo por la memoria urbanística de los siglos XVII y XVIII nos toparemos con una clásica taberna izakaya de la época, una barbería y viviendas de diversas clases sociales, lo que nos generará aún más nostalgia hacia ese Japón perdido en el tiempo.

Interior de uno de los edificios del Museo de Arquitectura al Aire Libre Edo, en Tokio. travelbild-asia /Alamy / CORDON PRESS