Ya son varias las compañías que están trabajando en proyectos para lanzar centros de datos al espacio. La rápida expansión de la IA y las dificultades que están encontrando las inmensas infraestructuras necesarias para los centros de datos en la mayoría de países, ha hecho que se dispare la presión sobre ellos, también por el consumo de recursos que suponen.
Ante los límites de energía y espacio físico en la Tierra, diferentes actores tecnológicos como SpaceX, Amazon o Google ya están explorando la alternativa con los Space-Based Data Center, es decir, los centros de datos en el espacio, que podrían encontrar la solución a los problemas de ubicación, energía y sostenibilidad a los que se enfrentan ahora mismo.
Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron en 2024 unos 415 teravatios hora, alrededor del 1,5 % de la electricidad mundial, y su escenario base prevé que lleguen a casi 945 en 2030, cerca del 3 % del total. A la factura eléctrica se suma el rechazo de las comunidades que viven cerca de los nuevos centros, una batalla cada vez más intensa en zonas rurales de Estados Unidos con movimientos como el ‘Not In My Back Yard’, que refleja la creciente oposición vecinal y social a la instalación masiva de estas infraestructuras.
La presión sobre los centros de datos acelera la búsqueda de alternativas
En los últimos años, empresas tecnológicas y startups aeroespaciales han llevado a cabo iniciativas para comprobar si esto es realmente posible. Ya se han dado pasos al respecto, con empresas como SpaceX consolidando redes satelitales globales y habilitando arquitecturas híbridas.
Sin embargo, pese a los anuncios y las inversiones, el desarrollo de esta infraestructura sigue en una fase muy temprana. «Estamos en fase de demostración, no de infraestructura», explica José Fernández Tamames, director del Máster Universitario en Análisis de Datos Masivos e Inteligencia Empresarial, en declaraciones a Business Insider España.
«El primer obstáculo es el calor: creemos que el espacio es frío, pero el vacío funciona como un termo, y los radiadores son de lo más pesado de la nave. El segundo es la radiación: Google mide un error del orden de uno por millón, asumible para responder consultas pero problemático para entrenar modelos durante meses. El tercero es el precio de subir: el propio estudio de Google calcula que Starship tendría que volar unas 1.800 veces en diez años, cuando nunca ha volado más de cinco en un año. De hecho, llegó a órbita por primera vez a finales de septiembre. Y allí arriba nadie sube a cambiar una pieza», sentencia Fernández Tamames.
Aún así, los planes continúan. Elon Musk ya ha comentado en varias ocasiones que su compañía de cohetes podría construir centros de datos para IA en el espacio, mientras que Starcloud, una startup, ya lanzó su primer satélite equipado con una tarjeta gráfica de Nvidia el año pasado.
Los retos técnicos que amenazan la carrera espacial de los centros de datos
Por ahora, los avances se limitan a experimentos a pequeña escala. «Lo que hay en órbita son chips sueltos», señala el experto, que pone como ejemplos la GPU de Nvidia que Starcloud lanzó en noviembre de 2025 y el primer prototipo de Google, puesto en órbita el 1 de octubre, con una potencia de un kilovatio. La diferencia con las instalaciones terrestres sigue siendo abismal, «Un gran centro de datos de IA en tierra consume cientos de miles de veces más».
A pesar de las limitaciones, el interés empresarial avanza a medida que lo hacen las restricciones terrestres. «Los centros de datos en el espacio podrían solucionar los problemas que hoy frenan a los centros de datos en tierra: electricidad, agua y permisos», explica Fernández Tamames. De hecho, cree que «un panel puede rendir hasta ocho veces más que en tierra», debido a la energía solar.
Google y el Proyecto Suncatcher
La última en dar a conocer sus planes fue Google. Su CEO, Sundar Pichai anunciaba hace justo un año el Proyecto Suncatcher, una «investigación ambiciosa» que enviaría al espacio satélites equipados con Tensor, las unidades de procesamiento de datos personalizadas de Google que ya alimentan muchos de sus modelos de inteligencia artificial.
«Inspirado en nuestra historia de proyectos ambiciosos, desde la computación cuántica hasta la conducción autónoma, el Proyecto Suncatcher va a explorar cómo podríamos algún día construir en el espacio sistemas informáticos escalables de aprendizaje automático, aprovechando la energía del sol», explicaba Pichai en su cuenta de X.
La compañía cumplía con lo prometido y ya ha dado sus primeros pasos orbitales, ya que Google ha llevado hace tan solo unas semanas sus chips de IA al espacio por primera vez en su historia. Lo ha hecho, como no, a bordo de un cohete de SpaceX, subiendo un nuevo peldaño en el objetivo de las grandes tecnológicas de instalar centros de datos espaciales.
«¿Podrán nuestras TPU sobrevivir y funcionar en el espacio?», se preguntaba Pichai en su cuenta de X. «Bueno, lo vamos a descubrir», apuntó. Y así fue, lo consiguió, convirtiéndose en la primera gran tecnológica en lanzar su tecnología al espacio, pero no en la única con planes para hacerlo.
Durante este año Google recogerá datos de cómo aguantan sus chips en órbita, en 2027 comenzarán los ensayos con varios satélites conectados entre sí y los primeros satélites de IA de SpaceX, y ahí nos podremos hacer una idea más realista de sí esto es posible realmente.
Los directivos de OpenAI y de Nvidia también quieren llevar servidores a la órbita para construir centros de datos evitando así la negativa y las complicaciones que se están encontrando en muchos países ante el impacto social y ambiental que suponen.
SpaceX y la carrera de las grandes tecnológicas
Desde SpaceX también apuesta por llevar allí la infraestructura necesaria para la IA, describiéndolo como un “espacio ilimitado” en órbita con el objetivo de alejarse del rechazo a los centros de datos por parte de la población. La empresa de Elon Musk también quiere lanzar sus propios centros de datos orbitales y para conseguirlo ya están desarrollando enjambres de satélites en Redmond junto a Tesla.
Sin embargo, aún sigue habiendo muchos problemas por el camino, como el coste de lanzar material al espacio. Google calcula que el precio podría bajar de los 200 dólares por kilo a mediados de la década de 2030, unas siete u ocho veces menos que ahora, y solo entonces la cuenta se acercaría a la de un centro de datos terrestre, aunque la propia compañía admite que no saldrá más barato en los próximos cinco años. Además, también supone un impacto ambiental por la cantidad de emisiones que generan y los problemas que podría ocasionar en la observación espacial. Desde OpenAI y Amazon, por ejemplo, consideran que es imposible que esto se haga realidad en esta década.
Fernández Tamames advierte que las ventajas que supondría el despliegue no pueden hacer desaparecer los costes ambientales u operativos. «La factura no desaparece, cambia de sitio… Los astrónomos avisan de que se verían a simple vista miles de satélites», a lo que añade los riesgos derivados de la basura espacial y del incremento de lanzamientos.
Los riesgos de defensa y seguridad
Sin embargo, hay que tener en cuenta que los centros de datos son objetivos militares desde hace ya tiempo. Si en tierra firme ya entrañan un riesgo por el daño que puede causar indirectamente a la población, en el espacio podrían ser más vulnerables a misiles, interferencias o ciberataques.
Desde Business Insider España hemos hablado desde esta perspectiva con la Dra. Paula Raboso, Analista Asociada en la Universidad Francisco de Vitoria en el Centro para el Bien Común Global, especializada en los desafíos de defensa y seguridad en el espacio exterior. Comenta que los centros de datos en órbita, actualmente en fase de desarrollo y diseño, plantean una serie de vulnerabilidades potenciales derivadas tanto de amenazas pasivas, relacionadas con las condiciones del entorno espacial, como de amenazas activas, asociadas a posibles acciones hostiles.
Las amenazas pasivas están relacionadas principalmente con las condiciones extremas del entorno espacial, entre ellas la radiación, las tormentas solares y, especialmente, la basura espacial. Reitera la experta que debido a las elevadas velocidades a las que se desplazan los objetos en órbita, incluso un fragmento de pequeño tamaño puede provocar daños catastróficos en las infraestructuras espaciales. «A diferencia de determinadas plataformas militares, los centros de datos en órbita de carácter comercial no estarían necesariamente diseñados para resistir ataques deliberados o impactos de gran magnitud», apunta. Además, hace hincapié en que la necesidad de reducir al máximo la masa de los objetos enviados al espacio impone importantes limitaciones a la incorporación de blindajes y sistemas de protección, lo que podría aumentar su vulnerabilidad frente a posibles colisiones.
Un objetivo estratégico más allá de la Tierra
Por su parte, las amenazas activas incluirían ciberataques, amenazas internas, interferencias electromagnéticas y ataques cinéticos deliberados. «Los centros de datos en órbita podrían presentar una vulnerabilidad particular en sus cadenas de suministro, ya que su desarrollo, fabricación, integración y puesta en funcionamiento requerirían numerosos procesos realizados en la Tierra». Destaca Raboso que durante estas fases, tanto los componentes físicos como los sistemas informáticos podrían ser manipulados sin que dicha alteración se detectase hasta que la infraestructura estuviera operativa en órbita, momento en el que corregir el problema resultaría más complicado. Además, «un ciberataque contra estas instalaciones podría tener como objetivo el robo de información sensible, la interrupción de servicios críticos o la manipulación de datos y resultados de procesamiento, comprometiendo así la integridad y fiabilidad de los sistemas que dependieran de ellas».
La experta considera que «los centros de datos en órbita podrían convertirse en un elemento de competencia y confrontación en el espacio ultraterrestre», incluso cuando no participasen directamente en operaciones militares, ya que su elevado valor económico y tecnológico podrían hacerlas susceptibles de sufrir acciones destinadas a obtener información, interrumpir servicios esenciales o ejercer presiones estratégicas.
Además, los centros de datos orbitales podrían ser más vulnerables a ataques físicos, ya que, a diferencia de las instalaciones terrestres, no se encuentran en territorio soberano de un Estado. Aunque los países mantienen jurisdicción sobre sus objetos espaciales registrados, un ataque contra ellos podría percibirse como una acción de menor riesgo de escalada. Sin embargo, estas infraestructuras siguen estando sujetas al derecho internacional y cualquier agresión podría tener consecuencias jurídicas y políticas.
La Dra. Paula Raboso cree, en definitiva, que todas estas vulnerabilidades pondrían de manifiesto que en el futuro despliegue de centros de datos en el espacio existiría una transformación total del panorama de amenazas.
Una promesa tecnológica que todavía tardará años
A pesar de todos los obstáculos, Fernández Tamames cree que esta tecnología terminará desarrollándose, aunque sus aplicaciones podrían ser más limitadas y tardar más de lo que apuntan algunos líderes tecnológicos. «Llegará, pero más tarde y más pequeño de lo que se anuncia»,
Según el experto, Google sitúa ese horizonte hacia mediados de la década de 2030, mientras que Jeff Bezos ha planteado un plazo de entre diez y veinte años para alcanzar una escala significativa. «Mi apuesta es esa década, y primero como complemento», sostiene Fernández Tamames.
«Todo depende de un solo cohete de una sola empresa», advierte el experto señalando el papel que está asumiendo SpaceX en todo este asunto. Pero además, más allá de la tecnología, Tamames considera que la cuestión regulatoria también es importante. «La pregunta que falta no es técnica», señala. «Hoy el regulador de telecomunicaciones de un país tiene sobre la mesa una decisión sobre un cielo que es de todos», y esto debería ser importante.