
Joséphin PéladanWunderKammer
El mito del andrógino ha tenido una gran influencia en la historia de la humanidad desde su origen hasta hoy. Y también en el arte. Lo tuvo en Egipto, en la antigua Grecia, en Caldea e incluso en Roma. El Apolo de Piombino por ejemplo, con su curiosa coleta, tiene un perfil de niña, seguido por un cuello corto y ancho de atleta. La Minerva de Selinunte, en realidad es un hermoso joven a quien le han puesto pechos. El crítico Joséphin Péladan (1859-1918) formuló esta breve teoría plástica alrededor de la figura del andrógino a lo largo de las distintas civilizaciones —en ocasiones con mejor y peor acierto—, y la editorial WunderKammer la ha rescatado ahora en su colección Cahiers. «Ser bello es pertenecer a un tercer sexo».
Pero la unión de los contrarios o el encuentro con lo completamente diferente tiene un significado mucho más profundo que lo puramente estético. Ahí tienen el Mefistófeles y el andrógino de Mircea Eliade, en el que enfrenta nuestro ‘otro’ espiritual con el diablo, pero este no entendido solo como la encarnación del mal, sino como una parte necesaria del orden cósmico. Luz y oscuridad, bien y mal, masculino y femenino… Todos ellos son necesarios para que se cumplan los ciclos de destrucción y regeneración que tanto le fascinan al caos que ideó esta broma infinita que llamamos vida.
Jean GenetElba
Un genio atormentado por otro más atormentado aún. Jean Genet descubre la obra de Rembrandt en la década de los 50 del siglo pasado durante sus estancias en Londres, Ámsterdam, Múnich, Berlín, Dresde y, finalmente, Viena. Ahí comienza a darle vueltas a un texto sobre el pintor neerlandés que no podrá completar, a pesar de que se comprometió con la editorial Gallimard. Esas eran sus intenciones. Sabemos de ellas gracias a las pistas, rastros, que aparecieron en forma de artículos. En septiembre de 1958, L’Express publicó una selección de extractos del mencionado libro y lo tituló El secreto de Rembrandt. Pero la obra no avanzaba. El autor se atascaba… ¿Tal vez demasiado absorbido por su teatro, por cuestiones personales o desgracias como la muerte de su amigo Abdallah? Genet destruyó en 1964 el contenido de una maleta llena de manuscritos.
Otro texto que también había sido publicado antes, en 1957, en la revista Tel Quel con un curioso título: Lo que quedó de un Rembrandt cortado en cuadraditos iguales y tirado por el retrete. Si el otro ofrecía, mediante un estudio cronológico, la evolución del artista, este otro proponía una reflexión más personal de Genet, basada en cuestiones como la identidad, donde no faltaban la teatralidad y la carnalidad características del autor.
Este año, la editorial Elba ha reunido en forma de libro todas las piezas del puzle: los textos que se conservan de Genet sobre Rembrandt, y los ha publicado junto con una selección de imágenes pensada para acompañar la singular mirada de su autor.
Arturo del VillarColectivo Republicano Tercer Milenio
En este año de grandes homenajes en forma de exposiciones y abundante cobertura mediática, también queremos destacar un libro pequeño y antiguo. Arturo del Villar presenta en esta obra una cara absolutamente desconocida de Maruja Mallo: su perfil político, desdeñado en algunas de las biografías más famosas.
Se forjó sobre todo durante los meses que tuvo que permanecer escondida en la casa de un familiar en Vigo durante la Guerra Civil española. Una experiencia que no quiso dejar pasar. La artista escribió su vivencia en forma de testimonio, que La Vanguardia publicó en varias entregas en el verano de 1938. A la segunda corresponde este relato:
“Aparecen los falangistas armados con fusiles y pistolas con las insignias monárquicas y las cinco flechas mortíferas de las que cuelgan cristos y medallas. Llegan en los coches requisados o usurpados a estos lugares inexplorados, para arrancar a los campesinos un saco de patatas, un puñado de judías, un montón de maíz, la recolección de todo un año de trabajo para el glorioso Ejército español salvador de nuestra patria. (…) Hay pueblos que viven aterrorizados por el sonido de las bocinas que son los telegramas. Espantados de terror, todos se preguntan: ‘A quién le toca ahora. Aquí no hemos matado a nadie y la Falange llega’. Los niños corren a refugiarse en las casas gritando: ‘Madre, llegan los que matan’”.
Sara Herrera Peralta Consonni Ediciones
Monumentales arañas esculpidas sí, pero ¿algo más sobre Louise Bourgeois? Muchos tendrían dificultades a la hora de añadir algo sobre la artista francoestadounidense. Este libro se fija justamente en las zonas menos exploradas de su obra. Ahí, en sus narraciones y sus textiles, es donde elige adentrarse Sara Herrera Peralta de forma muy libre, tan libre que el resultado final tiene forma de novela. “Si alguien me preguntara de qué tratan las páginas de este libro, le hablaría de la tarde lluviosa en la que hice una visita a una exposición de Louise Bourgeois (…). Aquel día de 2010, bajo el cielo gris de París, bajé las escaleras de un cuarto piso sin ascensor de un viejo apartamento situado en la Avenida de Ségur, en el distrito 15, y caminé hasta la Maison de Balzac, donde se exhibía Louise Bourgeois: Moi, Eugénie Grandet. Bourgeois había fallecido unos meses antes. Esta exposición mostraba sus últimos trabajos, que representaban un retorno al bordado y al tejido. En homenaje a la heroína de Balzac, preparó dieciséis pequeñas piezas utilizando paños de cocina y pañuelos de tela que había guardado en los cajones de sus armarios desde que se mudó a EEUU en 1938”.
En la exposición y en su catálogo, su Oda a Eugénie Grandet, Bourgeois escribió:
“Me he pasado la vida y días enteros tirando de hilos para sábanas y manteles (…)”
Eso es Me fui como una tormenta, un tirar del hilo de las genealogías propias y ajenas hasta ver cómo se entrelazan por obra y gracia de la creación. El arte siempre fecunda. En ocasiones es generoso. Además de este libro publicado por Consonni, la escritora parió en paralelo el poemario El piar de los pájaros y el goteo del agua que cae del techo (La Bella Varsovia).
María Negroni WunderKammer
William Beckford, autor de algunas misceláneas eruditas y de una singularísima novela en episodios a la que llamó Vathek, mandó construir en cierta ocasión una morada negra en las proximidades de Bath. Desaparecido hoy, Fonthill Abbey fue en su momento el edificio más sensacional de estilo gótico inglés, tal como lo definió el arquitecto Viollet-le-Duc en su Diccionario de Arquitectura y Mobiliario allá por el siglo XIX. Al parecer, Fonthill era una guarida sofisticada y peligrosa. Allí, Beckford —que había sido alumno de Mozart—, fijó su residencia y se obsesionó con la decoración de la casa, entendida como un inagotable gabinete de curiosidades; y vivió como un recluso, leyendo la biblioteca entera que había comprado de Edward Gibbon. El propio Lord Byron comprendió la belleza de esta obsesión y locura, y no dudó en festejarla años después, de forma un tanto macabra eso sí, en su poema Childe Harold:
«Allí también tú, Vathek
El hijo más rico de Inglaterra
construiste una vez tu paraíso».
Museo Negro es un ensayo escrito por María Negroni en el que recorre las casas, castillos y entramados góticos de la historia de la literatura, incluidos sus fantasmas y sus muertos. Negroni lleva a cabo un exhaustivo trabajo de literatura comparada. Algunas semejanzas son interesantísimas y creíbles; otras, más bien disparatadas. Pero todas cautivadoras. En La Caída de la Casa Usher por ejemplo, todo está presente allí: la antigüedad y los hongos, los vestíbulos abovedados, lo laberíntico y la heráldica, el amoblamiento recargado y mortuorio, los instrumentos musicales, el protagonista de tez cadavérica, su biblioteca del infierno, el fantasma gemelo corporizado en la espectral Lady Madeline —que se parece a la madre de Psicosis—.
«Las moradas negras siempre se muestran a la vista del desprevenido como un fragmento de una ruina, un señuelo de algo que no se ve» escribe la autora. “En Poe, como de algún modo en Sade, la mansión se convierte en una guarida hacia la locura, la tormenta y la noche donde escapar, por un instante al menos, del horrendo problema musical de la melancolía”. Otras veces, las moradas se encuentran bajo el agua, como el Nautilus; empotradas en una montaña, como el castillo solitario de Vathek; o en plena ciudad —Dorian Gray—; pero siempre son mundos cerrados, sumergidos, que acaban incendiándose —Jane Eyre o Rebecca— o autodestruyéndose —Drácula o La caída de la casa Usher—. En El Castillo de Kafka, por el contrario, el protagonista está fuera. Excluido. Solo. “Como si el mal consistiera precisamente en su imposibilidad. Todos ellos son arquitecturas verticales que atraen hacia abajo, donde algo viscoso y fascinante tiene lugar”. Ese espacio encerrado y aislado que, como el ave fénix, volverá a erguirse para que la gran escena arcana final tenga lugar una y otra vez, como en un bucle infinito.
Chantal MaillardGalaxia Gutenberg
Galaxia Gutenberg ha recuperado, en una nueva edición, una obra de la poeta, traductora y filósofa Chantal Maillard por las razones que ella misma explica. Primero, por la necesidad de puntualizarse y enmendarse a sí misma y, después, por el convencimiento de que, a pesar del tiempo transcurrido, algunas de las cuestiones que se abordan siguen hoy día sin resolverse. ¿Qué no está por resolver? Maillard se aparta de las corrientes que abordan el arte como una actividad que tiene su fin en sí misma e insta a la “necesaria recuperación de la utilidad”. Es hora de acabar con la etapa en la que “las artes evadieron su responsabilidad y se pusieron al servicio de las variadas formas de la egomanía y la codicia”.
Otra cuestión no resuelta es no comprender que también son formas artísticas “la elaboración de mundos conceptuales, sean estos mitológicos, filosóficos, científicos u otros. A la ficción le gusta disfrazarse y, de entre todos sus disfraces, los más peligrosos son aquellos a los que llamamos ‘verdades’”. De esta forma, propone la sustitución de la noción de ‘verdad’ por la de ‘validez’ para ser capaces de deshacernos de modelos caducos. En este sentido hay que entender el título: “Me he situado ‘contra’ el arte y otros conceptos institucionales como quien se apoya ‘contra’ un muro que, al mismo tiempo que nos ampara, nos coarta. Muros, los de la metafísica, la ciencia, la moral, la política, la religión, las formas consensuadas de emocionarnos social y estéticamente, la filosofía o la teoría de las artes, que hemos levantado para sostenernos, defendernos o protegernos pero que, cuando cobran solidez, nos impiden ver al otro lado, traspasar el ámbito conocido y aprender otras maneras de caminar, de estar y de relacionarnos con las cosas y, lo que es peor, nos hacen olvidar que alguna vez los hemos construido”.
Mark Z. DanielewskiDuomo Ediciones
En cierto pasaje de Las flores del mal, un airado Baudelaire criticó, allá por 1857, la superficialidad de la sociedad burguesa a la que veía encerrada en una celda repleta de absurdas ficciones. “¿Quién de entre nosotros no ha sentido, en sus largas horas de vigilia, un placer delicioso construyéndose una casa modelo, una vivienda ideal, un ensoñadero?” De sobra sabía el francés, así como otros privilegiados escritores como Wilde, que «detrás de cada cosa exquisita que existe, se esconde una tragedia».
En Casa de hojas, recién editada en español por Duomo Ediciones, también hay una casa perfecta que representa ese ideal de la sociedad, un hogar grande y espacioso que encarna lo que se esperaría de una familia próspera y exitosa; pero también un lugar cargado de deseos, de expectativas y de miedos. Como si esa misma aspiración se convirtiera en una fuente de caos y destrucción.
La casa, como símbolo, se resiste a la interpretación en todo el relato. Lo hace por ejemplo en una surrealista conversación incluida en el libro, que en realidad es un libro dentro de un libro:
—¿Qué cree usted que es la casa? ¿Tiene alguna clase de… bueno, significado?
—Ya está otra vez con lo de “significado”. Yo renuncié hace mucho tiempo a eso.
—Pero, ¿le parece que un sitio así es posible?
—Bueno, desde un punto de vista matemático… ¿Conoce la flecha de Zenón?
—No.
—(Dibujando algo en un papel). Es muy simple. Si la flecha está en este punto A y el objetivo está en el B, entonces para llegar a B la flecha tiene que recorrer por lo menos la mitad de esa distancia, hasta lo que yo llamo punto C. Para llegar de C a B, la flecha igualmente tiene que recorrer la mitad de esa distancia, hasta lo que llamamos punto D, y así sucesivamente. La diversión empieza cuando te das cuenta de que puedes seguir dividiendo el espacio para siempre, descomponiéndolo en fracciones cada vez más pequeñas hasta que…, en fin, la flecha nunca llegue a B.
Freud equiparó en cierta ocasión la psiquis humana con una casa atormentada por el pasado, llena de recámaras, invariablemente clausuradas, que ocultan secretos. Pueden llamarlo monstruo, un Dios salvaje, su propio yo o lo que demonios quieran, pero la realidad es que lo conocen de sobra: cada uno de nosotros cometemos, al menos, un error mortal en nuestra vida, a veces incluso sin darnos cuenta; y cuando nos percatamos de ello ya es irreparable.
El propio Baudelaire nos lo desveló:
“Entre los chacales, las panteras, los linces,
el mono, el alacrán, el buitre y la serpiente,
esos monstruos que aúllan, que gritan o se arrastran
en la casa de fieras infamante del vicio,
hay uno, el más malvado, el más inmundo y feo.
Aunque no hace aspavientos ni lanza agudos gritos,
gustosamente haría de la tierra un despojo
y en un bostezo largo el mundo engulliría.
Es el Aburrimiento. Con lágrimas fingidas
solo piensa en cadalsos mientras fuma en su pipa.
Tú conoces, lector, a ese monstruo exquisito,
hipócrita lector, mi hermano y semejante”.
Catherine Prats-Okuyama / Kimihito Okuyama & Delphine Coffin / Alexandra de BouhellierCinco Tintas
La editorial Cinco Tintas lleva el adn en su propio nombre. En la impresión del libro en color suelen utilizarse cuatro tintas –cian, magenta, amarillo y negro–, pero en la coedición se añade una última para imprimir el texto, que es el único elemento que cambia en cada una de las diversas lenguas en que se imprime la coedición. La quinta tinta es, pues, la esencia de este proyecto editorial que cumple una década en este 2025.
Quizá para celebrarlo se lanzan por primera vez al mundo del libro infantil y apuestan fuerte con el lanzamiento de una colección en colaboración con el Centro Pompidou de París. Su título es El arte en juego y está coeditada con la pinacoteca. Inauguran la serie dos títulos dedicados a Joan Miró y David Hockney. El primero, obra de los poetas y artistas Catherine Prats-Okuyama y Kimihito Okuyama, se titula Azul I, Azul II, Azul III y permite descubrir lo que se esconde tras la aparente sencillez de los tres cuadros. Algo para lo que la mirada infantil parece estar especialmente dotada –sobre todo más y mejor que la de los adultos que piensan que eso lo podría hacer un niño–.
A través de un bosque del norte de Inglaterra, Hockney retrata el despertar de la naturaleza. En este segundo libro, titulado como la obra del propio Hockney, La llegada de la primavera en Woldgate, el público infantil se sitúa en la perspectiva de los animales, con una mirada que va de la maleza al cielo. Un viaje por las estaciones lleno de color, emoción y descubrimiento ideado por Delphine Coffin y Alexandra de Bouhellier. En ambos casos, el objetivo es alimentar la curiosidad a través de desplegables, imágenes evocadoras y preguntas que acercan obras de arte icónicas del siglo XX o XXI a los niños.
Montserrat Villar MartínPaidós
Obviamente, la ciencia ha sido una herramienta fundamental a la hora de averiguar los secretos del cosmos, pero el arte no se ha quedado atrás y también se ha empeñado en plasmarlo. Creadores de todas las épocas y de todas las disciplinas han tratado de capturar la inmensidad del universo en sus obras. La científica y divulgadora Montserrat Villar Martín, propone un recorrido por la historia del arte a través de pinturas, grabados y esculturas que han tratado de dar forma a este principio de los tiempos.
En él, las obras de artistas como Vermeer o Van Gogh así como la de pensadores como Dante o Voltaire ponen de manifiesto la gran influencia que la astronomía o el simple mirar los cielos han tenido en la cultura visual y el pensamiento humano. Como decía Kant: “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.
Gilles Lipovetsky y Jean SerroyAnagrama
Los enanos de jardín y la flamenca encima del televisor tenían razón. Ha ganado el kitsch. Hay que aceptarlo. Se ha metamorfoseado, pasando de ser un estilo criticado y destinado a un universo familiar marcado por la falta de gusto, al neokitsch ‘cool’, a la pura tendencia, signifique lo que signifique eso. “Vivimos en una civilización atravesada por esta forma transectorial”, escriben los autores de este ensayo en sus primeras páginas.
Pero, ¿cómo ha sucedido? A ese trayecto, a su significado e implicaciones dedican casi 500 páginas el sociólogo Gilles Lipovetsky y el crítico Jean Serroy. Estos personajes han descubierto, entre otras cosas, que el fenómeno se ha despegado de los objetos hasta configurar una especie de civilización cimentada en la lógica del exceso: la civilización del “demasiado”. Sin nostalgia ni moralismo, los autores proponen una lectura de la modernidad a través de esta corriente, ya que con sus contradicciones y excesos, el kitsch, al menos como raza humana y nos guste o no, nos representa.