Adrián Pinar llevaba años escribiendo ficción con escenarios madrileños cuando se dio cuenta de que aquel universo, medio real y medio inventado, pedía un libro propio. «Yo escribía con intención de publicar desde hacía seis años, y en varias de mis ficciones aparecía ese Madrid que todos tenemos al lado, que atrae y repele a la vez. Hay gente que pone un pie, lo saca rápido y no vuelve; otros entran y salen sin problema. A mí me había pasado y me parecía un tema muy literario», explica.

La ocasión surgió cuando presentó una novela a Ediciones La Librería, la histórica editorial de la calle Mayor, que le pidió un giro: menos ficción y más crónica tejida por experiencias reales que reflejan lo que sucede en las calles madrileñas cuando la luz se ha ido. Un trabajo callejero, urbano, que fuera capaz de mostrar todo aquello que no se ve de primeras. “Me dijeron: ‘Si escribes algo similar, pero de no ficción, lo publicamos’. Y entonces decidí que ese Madrid prohibido que estaba en mis relatos merecía un libro entero”, recuerda de ese primer acercamiento, que luego se ha visto reflejado en el libro con un lenguaje muy cuidado, profuso en descripciones y amante de enseñarle al lector todo lo que pasaba por la mente del autor.

Lo prohibido como juego

Definir qué era lo prohibido fue el primer reto. Pinar reconoce que le bloqueó en un inicio: «Hay cosas que no están legalmente prohibidas, otras viven en una zona gris, y luego están las que sí son ilegales de verdad. Lo que hice fue ensanchar el término. Hablo de locales clandestinos, de ciertas formas de prostitución, de afters que funcionan en el filo, pero también de tabúes culturales o de gastronomía castiza que un médico te prohibiría comer cada semana».

Fachada de uno de los clubes que aparece en el libro de Adrián (Imagen cedida)

Esa flexibilidad le permitió moverse entre la antropología urbana, la crónica personal y la exploración literaria. «Quería ser juguetón con el término prohibido, estirarlo hasta el límite. El libro no es un catálogo de delitos, sino un viaje por lo que Madrid oculta o disimula», señala de un ensayo que se mueve por calles como la de Ballesta o Topete; y que además coge el coche para desplazarse y contar lo que sucede en la periferia, en las cicatrices y divisiones de una ciudad como Madrid, que por muy europea que parezca también vive con espacios como La Cañada Real, hogar de la marginalidad y el estigma más crudos.

Barrios, códigos y testimonios

La selección de lugares siguió un criterio personal: conocer de antemano los espacios, tener algún vínculo o testimonio directo. «No quería que nada me fuera ajeno. Todos los sitios los había pisado o podía hablar con alguien cercano que los conociera bien. La única excepción fue Valdemingómez, donde entrar es complicado. Todo lo demás, desde la calle Ballesta hasta Orcasur, forma parte de mi mapa cotidiano», expresa de unos viajes que también tenían algo de interior, de autoconocimiento, y de interés por saber lo que hay a ese otro lado que pocos pueden nombrar.

Para reunir voces recurrió a amigos, conocidos y conocidos de conocidos. «Me sorprendió la facilidad con la que aparecían testimonios. Preguntabas por sexo alternativo y la gente te decía: ‘Yo fui una vez, o conozco a alguien que lleva quince años yendo’. Al final tuve que dejar mucho fuera. El material era enorme«, continúa explicando sobre locales y zonas donde se practica sexo que podríamos definir como no normativo.

Fachada de uno de los clubes que aparece en el libro de Adrián (Imagen cedida)

En el caso de los locales clandestinos, la dificultad fue otra: su naturaleza cambiante. «Un sitio abre, cierra, se mueve a otro lugar. Había que volver varias veces para confirmar que seguía vivo. Esa precariedad también me gustaba y creo que, de una forma u otra, es parte de lo prohibido».

Entre el periodista y el explorador

Aunque no es periodista de formación —estudió Historia—, Pinar se reconoce en esa mezcla de cronista y explorador. “Mi mentalidad siempre ha sido la de buscar contextos, razones. Lo abordé con un punto periodístico, pero sin dejar de lado otras facetas que me llaman la atención como la antropología o la sociología”, dice.

Y se explaya algo más: «Lo que tenía claro es que no quería hacer turismo de la miseria ni protagonizar yo la narración, sino ser testigo». Lo que le interesaba era explicar por qué ocurren las cosas, qué hay detrás de una vía que mucha gente evita o detrás de la puerta de un establecimiento donde en innumerables ocasiones hay gente alrededor.

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Esa actitud le llevó a moverse con cautela, proteger identidades y respetar silencios. «Algunos testimonios aparecen con iniciales, otros ni siquiera eso. Hubo propietarios de bares que me dijeron: ‘Te cuento, pero ni se te ocurra poner mi nombre’. Tenía claro que no quería ser un chivato ni un youtuber de cámara en mano buscando morbo«, comenta de un objetivo que en todo momento está claro: entender y no exhibir.

El Madrid que emerge

En Crónicas del Madrid Prohibido se cruzan afters, clubes liberales, coctelerías con contraseña, barrios con mala prensa, prostitución visible e invisible, gastronomía castiza y hasta espacios liminales donde nada es lo que parece. Cada capítulo desmonta clichés y revela matices, en definitiva. «Quería mostrar que Madrid no es una ciudad en guerra. Orcasur no es un campo de batalla, ni la Cañada es solo un infierno. Hay problemas estructurales, claro, estadísticas de renta, educación, servicios, pero también una normalidad que rara vez aparece en el discurso mediático. No hay barrios donde si entras desapareces del mapa. Ese estereotipo era importante desmontarlo», afirma Pinar, que sobre todo es conocido por sus paseos y rutas bajo el nombre Microplan Madrid.

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La gastronomía, por ejemplo, aparece como un guiño irónico: «Hay platos que el médico te prohíbe, como las gallinejas o los entresijos, y me pareció divertido incluirlo. También es Madrid prohibido, desde otro ángulo». Y donde ha querido dar su opinión sobre mucho de este recetario castizo. Ahí si aparecen direcciones, previos y una opinión de experto, como gran trotabarras que es y sigue siendo, caña en mano.

El libro se apoya en fuentes orales y en una memoria literaria que va de Baroja a Paco Ignacio Taibo. «No quería poner bibliografía porque se basa en testimonios, pero sí reconozco que Baroja o Javier Valenzuela han estado ahí, en el fondo de mi cabeza. Me interesaba mucho cómo otros habían mirado a ese Madrid invisible», señala de esa otra literatura que ha sido capaz de narrar los márgenes.

Por último, Pinar subraya que el Madrid prohibido no está aislado del oficial, sino que se tocan constantemente. «Un after vive de la gente que viene del Madrid permitido. Esa mezcla es inevitable. Hay tolerancia de las autoridades hasta cierto punto, y también autocontrol de quienes gestionan lo prohibido para no pasarse de la raya. Es un equilibrio que cambia con los años. Hace 25 había más de todo esto; ahora hay menos, pero sigue muy vivo», concluye.

Adrián Pinar llevaba años escribiendo ficción con escenarios madrileños cuando se dio cuenta de que aquel universo, medio real y medio inventado, pedía un libro propio. «Yo escribía con intención de publicar desde hacía seis años, y en varias de mis ficciones aparecía ese Madrid que todos tenemos al lado, que atrae y repele a la vez. Hay gente que pone un pie, lo saca rápido y no vuelve; otros entran y salen sin problema. A mí me había pasado y me parecía un tema muy literario», explica.