
Fui al Reina Sofía con fervor previo, con la intención de que me gustase la obra de una autora que me cae simpática como persona y a la que aprecio. Fui porque había discutido un buen rato con mi cuñada en Santander, al hilo de una retrospectiva que le hicieron en verano en el centro de arte de la Fundación Botín. Ella adora la obra de Maruja Mallo y a mí, en principio, nunca me había llamado la atención, pero la ventaja era suya, y no solo porque tenga estudios de Bellas Artes, sino porque yo todavía no había visto las obras en vivo y eso, en pintura, lo es todo. Aún recuerdo mi impacto al entrar en el Prado y ver por primera vez los cuadros del Greco, que solo conocía por reproducciones minúsculas en los libros de arte. Fui, pues, al museo con la voluntad de cambiar de opinión al estudiar el famoso Verbena, el cuadro que sirve de carta de presentación y reclamo de la muestra. Un cuadro que ya había mirado, pero no visto.
Pero no pude. No pude cambiar de opinión. Y bien que lo siento. Hay mucho más en la exposición que Verbena y otros cuadros de formato medio similares, como Kermés. La muestra, además, está muy bien estructurada, y el hilo, cronológico, es didáctico y muestra bien la evolución de la artista. Hay mucha documentación adicional que tiene su gracia y que aporta contexto, como revistas que recogen las impresiones críticas de sus primeras exposiciones, libros y, sobre todo, apuntes y notas de sus cuadernos, algunas deliciosas. Todo ello refleja a una artista que se tomaba en serio su arte y que fue tomada en consideración desde el principio y durante toda su vida. Lorca elogió su Verbena, de hecho.
Mi problema con su obra pictórica no es su falta de pericia técnica en los detalles —una pierna, un brazo, un ojo, una mano que, bueno, si están así no es porque la artista lo quisiera—, ni en cómo encaja los volúmenes —no siempre bien— o la composición —a veces naíf sin pretenderlo—; ni tampoco el color. Su paleta adolece de inspiración, pero mi mayor problema es la fijación geométrica de Maruja, que no usa para explorar dimensiones ni para acotar su creatividad dentro de un marco al que extraer todo su jugo, sino que simplemente opera como una larga y pesada cadena, algo que limita su obra y que la convierte en algo casi escolar, en el esforzado trabajo de una alumna que temiera salirse de unas reglas rígidas y que repite incansablemente moldes sencillos o incluso triviales. Explora, es cierto, las posibilidades de la geometría, pero de una manera tristemente simple, como de ejercicios de cuaderno que no acaban de ser trascendidos, dejando en el espectador la sensación de impotencia, como si eso no fuese elección, sino virtud salida de la necesidad. Sus notas, en las que descubre el Mediterráneo, corroboran esa idea.
Su representación de, por ejemplo, unas uvas, está al nivel de lo que se puede ver hoy en los cientos de talleres de pintura de las casas de cultura del país, y cuando integra el motivo en un paisaje opta por un pobre collage que sugiere una falta de concepción propia del espacio, enjaulado por la cárcel geométrica autoimpuesta y que grita a los cuatro vientos que está ahí a falta de mejor idea. Los cuadros acaban siendo más decorativos y artesanales que artísticos. Meritorios, sin duda, y honestos, pero no como para impresionar a un amante de la pintura que busque epifanías y nuevas cosmovisiones.
Verbena (1927) no impresiona en vivo. Es un cuadro variado, digno, con una composición que no es trivial y una factura correcta —aunque sin alardes—, pero no es una obra que debiera colgarse en el mismo piso que las de Sonia Delaunay, por poner un ejemplo. Plano, es más decorativo que artístico. Se entiende mejor, eso sí, con los otros tres óleos dedicados a las fiestas madrileñas, unos cuadros que se exhibieron por primera vez en 1928 en una muestra individual organizada por Ortega y Gasset en las salas de la Revista de Occidente. Estas obras, Feria del ganado (1927), Kermés (1928) y Feria (1928), junto con la citada, tienen un estilo surrealista con afanes vanguardistas, pero rozan el costumbrismo. Capturan el bullicio de la sociedad madrileña de los años veinte, pero hoy, cien años después, no convencen como reflejo cultural de una época y menos como ejemplos de vanguardia. Quizá tendrían más presencia en forma de políptico, pero no fue así como fueron concebidas. Piden, eso sí, ser colocadas en sucesión, en la misma pared, pero la propuesta museística ha ido por otro sitio.
Hay otras obras de referencia en la exposición. Algunas muestran más las limitaciones de la artista a la hora de estudiar el cuerpo humano que su destreza como pintora. La geometría que la ata se percibe entonces no como un medio al que llevar la pintura, sino como una muleta que, para alguien que pintaba a principios del siglo XX, debiera haber sido superada. Sus máscaras, a pesar de ser uno de los ejes temáticos de la exposición —se llama Máscara y compás—, no dejan de parecer torpes ejercicios de no salirse de los trazos. No solo tienen poco de vanguardistas para la época, sino que resultan ingenuas, aunque esforzadas.
La pintora compartía la confusión entre lo científico y lo matemático con otros artistas que identificaban razón con geometrías simples, pero sus estudios de la espiral logarítmica no dejan de ser primarios, casi de ejercicio de secundaria. Sus intentos de estudiar algo más serio —la cuarta dimensión—, movida por la entonces nueva teoría de la relatividad, hacen sonreír a quien conozca la obra de Einstein y desesperan al que, además, conozca algo del arte del siglo XX. No solo es que el futurismo o el cubismo lo intentaran con más tino, sino que parece que Maruja Mallo no entendió bien esa teoría. Dalí, por ejemplo, la trasladó mucho mejor.
¿Hay que exponerla y prestarla atención? Sin duda. ¿Hay que celebrar su vida y su obra? Naturalmente. ¿Merece un lugar preferente en un museo como el Centro de Arte Reina Sofía —es decir, en un lugar que quiere ser una referencia de arte moderno y contemporáneo—? Creo que no. Una visita por el resto de las salas del centro de arte —las que han dejado sanas en una organización de la que habría mucho que decir— lo confirma. Ni siquiera su obra más celebrada está a la altura de trabajos menores de artistas mucho más consistentes, valientes, audaces, dotados y que aportan más a la historia del arte. Su aportación iconográfica es pobre y nada original y, como tantos otros, a veces roza el panfleto, aunque ella fuera lo suficientemente inteligente como para esquivarlo en beneficio del arte. En cuanto a su supuesto carácter de representante pictórica de la generación del 27, se trata de una identificación muy forzada, de aprovecharse del centenario, habiendo artistas con los que no hace falta dar explicaciones. Hacer lecturas ecológicas o evolucionistas de su obra es, simplemente, un invento para rellenar sacando de donde no hay. Remitirse a lo fluido, mero oportunismo. Y, respecto al feminismo, Tamara de Lempicka adelanta a toda velocidad por la izquierda subida en su Bugatti verde, demostrando, de paso, que las cualidades pictóricas sobresalientes y el dominio del color y del dibujo se pueden conjugar de una manera sabia con una geometría que no constriñe, sino que libera.
Fue una artista apreciada —viendo la exposición se entiende mal la etiqueta de artista marginada con que la presentan a veces—, y si su estrella se fue apagando fue porque, simplemente, y visto en perspectiva, otros aportaron más a la pintura. Por muy bien que nos caiga a todos, reivindicarla artificialmente por razones que no tengan que ver con el arte sería un error. A poca distancia de esta retrospectiva cuelga el imponente Un mundo (1929) de Ángeles Santos, su Tertulia (1929) y un autorretrato de la pintora que emociona. Estas tres obras —especialmente la primera— superan, con mucho, la contribución al arte —sin duda notable— de Maruja Mallo. Pero es que unos metros más allá está Miró, quien en 1927 estaba pintando su Estrella azul.