Aranda de Duero

El pasado 2022 el Ayuntamiento de Aranda de Duero presentó su Plan de Sostenibilidad Turística por el que hasta la fecha, el consistorio ha recibido ayudas desde los fondos europeos que superan los tres millones de euros. Fruto de ese proyecto, se desarrollaron propuestas como Aranda Ciudad Subterránea, el Centro de Recepción de Visitantes, o por ejemplo, entre otras cuestiones, la incorporación de mobiliario artístico de arraigo que introduzca en el ámbito urbano elementos característicos la tradición y cultura enológica de Aranda.

Sobre esto último nos hemos detenido este miércoles en la SER. Porque tras la inauguración en su día de la escultura de Delso que preside los Jardines de Don Diego para rememorar la capitalidad europea del vino de Aranda, hoy nos hemos citado con Rubén Arrabal -quien ya diseñara el CIAVIN o fuera clave en la Bodega de las Ánimas-, autor de dos nuevos elementos ornamentales que se instalarán en las calles de la capital ribereña en breve.

Imagen de un tirador

Imagen de un tirador / Paco Santamaría

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Imagen de un tirador / Paco Santamaría

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Rubén explica en la SER su conexión con el mundo del vino, que se remonta a su infancia, cuando su padre tenía viñas. Aunque no disfrutaba trabajarlas, siempre le ha fascinado. De ahí que en su faceta artística haya querido apostar por un «tirador» o «corredor», que «era sobre todo el mozo encargado de transportar el mosto desde el lagar a la bodega en una pelleja o al revés, sacando el vino en pellejas de la bodega», y un «aparcero», que era el encargado de gestionar el lagar y supervisar el proceso de vinificación, para hacer sus creaciones que se instalarán en las calles de Aranda. Arrabal destaca la importancia de estos personajes en la historia local y su deseo de preservar su memoria a través del arte.

Santiago Callejo, uno de los últimos tiradores

Pero en la SER hemos ido más allá. Nos hemos desplazado hasta Sotillo de la Ribera para conocer a Santiago Callejo, uno de los últimos tiradores. Nos recibe a la edad de 95 años, y para compartir sus recuerdos sobre la vendimia y el trabajo en los lagares, describiendo cómo se organizaban los grupos para recoger la uva y cómo se transportaba el mosto. Explica que la vendimia era un esfuerzo comunitario, donde todos colaboraban para completar la tarea en un tiempo limitado. Aunque había competencia. «Todos iban a ver quién lo hacía mejor porque eran jóvenes y querían tener novia, ellas estaban pendientes, y los chicos se peleaban mucho porque querían impresionarlas», ríe.

Santiago Callejo y Pilar Villarrubia

Santiago Callejo y Pilar Villarrubia / cadena ser

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Santiago Callejo y Pilar Villarrubia / cadena ser

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«El vino, como se hacía enseguida, se podía vender pronto porque duraba menos, se le iba la alegría. Luego estaban ya las cubas, que era buen vino, y si se cuidaba bien ya podía estar todo un año o dos que no pasaba nada», detalla, mencionando que mucho de ese vino se vendía a toda la gente de la Sierra (Quintanar o Duruelo), y que muchos de los habitantes de la zona dependían de la producción de vino para su sustento, pero también guardaban para el consumo propio.

Por testimonios como el de Santiago. Por creaciones como las de Rubén, que verán la luz en breve, es capital preservar la historia y las tradiciones relacionadas con el vino, así como transmitir estos conocimientos a las nuevas generaciones en un mundo en constante cambio. Y a través de la mejor herramienta: el arte.

El espacio al completo puede reproducirse en el audio superior.