Zaida Muxí es una arquitecta experta en urbanismo y género, autora del libro Mujeres, casas y ciudades, y una de las voces principales en defender la necesidad de un urbanismo feminista. Su diagnóstico es claro: los entornos urbanos se han diseñado históricamente desde una mirada masculina y productivista, que prioriza los desplazamientos en coche y la fluidez del tráfico a las necesidades de los viandantes y su seguridad. En este conjunto, hay colectivos especialmente vulnerables: uno de ellos es el de las mujeres.
La necesidad de repensar la escala de prioridades en el urbanismo
En una entrevista para el programa Via Lliure de RAC1, Muxí (junto a la también arquitecta Núria Moliner) reflexiona sobre cómo están articuladas nuestras ciudades y a quién beneficia realmente. Desde la academia, subrayan, aún es poco habitual analizar el urbanismo con perspectiva de género, pese a que las desigualdades en el uso y la percepción del espacio urbano son evidentes. «Cuando trabajas con mujeres, la experiencia que transmiten es la de todo su entorno», afirma Muxí; en cambio, la visión masculina dominante parte de un privilegio intrínseco que tiende a invisibilizar otras realidades.
El punto de partida para el cambio se basa en que la seguridad la crea la comunidad, y no los cuerpos del estado o de las medidas que el entorno físico pueda prestar. Es importante hacer que las calles tengan ojos, que el urbanismo asegure una iluminación continua y constante del espacio público, y que en caso de cualquier emergencia siempre haya un vecino que pueda acudir a la ayuda.
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Un caso local: la peatonalización del casco antiguo de Pontevedra
Muxí recuerda que las mujeres son las principales usuarias del transporte público, una realidad estrechamente vinculada al triple rol que suelen desempeñar en la sociedad: ciudadanas, trabajadoras y cuidadoras. Por ello, las ciudades deberían planificarse considerando la diversidad de experiencias y trayectorias que las habitan, y no a partir de un único modelo de ciudadano. Un claro ejemplo de ello son los túneles peatonales, pensados para no interrumpir el tráfico: desde una perspectiva de género, suelen ser espacios inseguros, oscuros y que las mujeres suelen evitar.
La catedrática en Geografía Urbana Carme Miralles aporta un dato revelador: un 80 % de los hombres del área metropolitana se desplazan en coche, frente a un 70% de mujeres que lo hacen en transporte público. Esto demuestra que repensar la ciudad desde la perspectiva de género, más allá que una cuestión de igualdad y justicia, es también una cuestión de sostenibilidad. Así lo demostró el caso de la peatonalización del casco antiguo de Pontevedra: un proyecto que ha sido premiado internacionalmente por apostar con brillantez por un urbanismo accesible, social y ecológico. Las cifras lo demuestran: de los 52.000 desplazamientos en coche que se registraron en 1997, en 2015 la cifra bajó a tan solo 17.000, reducción que se produjo, en un 92%, en el centro de la ciudad.
La desigualdad que refleja la arquitectura doméstica
Muxí y Moliner también subrayan que la desigualdad no se limita al espacio público: la arquitectura doméstica reproduce jerarquías similares. Moliner recuerda que, históricamente, los espacios vinculados a las tareas que suelen asociarse a roles femeninos, como son los cuidados y la cocina, han sido los más pequeños y menos luminosos de las viviendas. «A través de la arquitectura también se manifiesta una jerarquía de los espacios que genera desigualdad», apunta.
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En este sentido, emergen modelos alternativos de vivienda (más asequibles y no especulativos) que promueven nuevas formas de convivencia. Las cooperativas de vivienda, como La Borda en Barcelona, son un buen ejemplo de ello: incorporan zonas compartidas de crianza, comedores comunitarios y espacios que favorecen el reparto equitativo de las tareas domésticas. Así, se demuestra que desde la arquitectura doméstica también se configura el tejido social y se devuelve al espacio urbano su dimensión humana.