VALÈNCIA. Si la Ciudad de las Artes y las Ciencias -paradigma, icono, fotografía de una época y una ciudad- contuviera entre su amplitud un anonimato, una identidad sepultada, sería la de Félix Candela. Ideador del Oceanogràfic, es más que evidente que su figura ha quedado sepultada por el dominio totémico de Calatrava. Nunca escuchamos a nadie pronunciar que es la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Calatrava… y Candela.
Candela no se pronuncia. Es más, Candela ha quedado como depositario de la voluntad de Calatrava. “No pude evitar sentir cierto malestar por constatar una vez más, la persistente equivocación que se repite en libros y artículos escritos con referencia al tema, en el sentido de que la intervención de Félix Candela en el proyecto del Oceanográfico de Valencia respondió a una invitación de Santiago Calatrava”, escribía con solemnidad el arquitecto Emilio Pérez Belda, hace diez años, quien desveló que la última vez que vio a Candela fue en Valencia, donde el arquitecto había sido llamado “para hacerse cargo del diseño del edificio que debería ser el contrapunto a los faraónicos excesos que por entonces ya se empezaban a construir en la Ciudad de las Artes y las Ciencias”.
La del Oceanogràfic fue la última obra de Candela, quien actuó esta vez de consultor y diseñador, en una trayectoria donde su rol cambiaba continuamente, de constructor a arquitecto, y fundamentalmente ideólogo.
El olvido de Candela
Es preciso reivindicar el papel de Candela por varios motivos. Porque ayuda a entender la complejidad de la Ciudad de las Artes como un proyecto que, lejos de los tópicos manoseados, ha bailado entre distintas épocas y contiene infinidades arquitectónicas. Pero sobre todo porque Candela no es un actor secundario que pasaba por ahí. Más allá de discernir quién fue antes, si Candela o Calatrava, si fue el de Benimàmet quien invitó, o si Candela ya estaba invitado a la fiesta, más allá de esos lances, el Oceanogràfic es la obra póstuma de un arquitecto fundamental.
Hipérbole o no, de Félix Candela se han dicho cosas como que “es el gran arquitecto español del siglo XX”. Así lo definió el divulgador Octavio Domosti en Jotdown, en 2011, considerando que “el impacto estético de decenas de sus obras sigue vigente hoy en día”. Siguiendo con las hipérboles, Candela fue justamente el maestro de los hypars, paraboloides hiperbólicos. O lo que es lo mismo, esas geometrías que parecen curvarse como si fueran elementos naturales, ligeros y a punto de moverse, consolidadas con hormigón armado. El control de la estructura, la reducción de materiales a través de diseños finos, y la persecución de la belleza, fueron principios elementales que también se repiten en su obra valenciana.
La memoria extraviada en torno a su importancia no es única de València y se extiende a toda España, quizá sobre todo porque se trata de un arquitecto español que tomó distancia por obligación. La Guerra Civil lo cambió todo en su vida. Como parte del bando republicano, terminó en el campo de refugiados de Perpiñán (antes había sobrevivido a la batalla del Ebro) hasta tomar el primer barco con destino a México, en 1939. El país mexicano y Estados Unidos se convirtieron en sus principales entornos profesionales y explican por completo el destino de su arquitectura.
Un México guiado por el furor constructivo permitió a Candela desarrollar sus primeros trabajos, dando soluciones donde el hormigón armado era capaz de conformar estructuras sutiles. Como reseña Mario Canal (en el suplemento El Grito, de El Confidencial), la aparición reciente del libro francés L’intelligence de la forme (Ed. Caryatide), demuestra cómo esa capacidad para transformar las líneas rectas en superficies de curvaturas imposibles, influyeron en cómo autores como Calatrava o Zaha Hadid han imaginado sin demasiado límite. Fue en México donde, antes de mudarse a Estados Unidos, cultivó algunos de sus proyectos que más lo han definido, desde los años cincuenta hasta los setenta, con obras destacadas como el Pabellón de Rayos Cósmicos (tal vez el mejor naming de un edificio en la historia) o el Palacio de los Deportes para los Juegos Olímpicos del 68.
Un pequeño Oceanogràfic en Xochimilco
De ese mismo período es el restaurante Los Manantiales, en Xochimilco (al sureste de Ciudad de México), en 1957. Revisitar ese proyecto es encontrar una suerte de Oceanogràfic a pequeña escala, más de cuatro décadas antes, aunque opiniones como las de Domosti consideran que la elegancia de esta estructura no se ha vuelto a repetir.
De Los Manantiales a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, un nonagenario Candela lanzó su último bala con un reto que superaba en superficie -cerca de 10.000 m2- a cualquiera de los que había afrontado hasta el momento. Como si apenas hubiera transcurrido el tiempo, eleva los mismos fundamentos que consagró en el restaurante mexicano, convirtiendo los edificios en paisaje a partir de los hypars. En un continuo que evita pecar de gigantismo, un rasgo que criticó a lo largo de su vida (con dardos contra insignes como Niemeyer) y que, inevitablemente, interpela al resto del complejo donde se ubica el Oceanogràfic.
Desde luego que sea una obra póstuma contribuyó a que su autoría quedara aguada. Como si no hubiese ya nadie que sacara pecho de una construcción que sintetiza la carrera extensa de uno de los arquitectos españoles más internacionales, y a la vez olvidados. Su vida -de novela- y la calidad disruptiva de muchos de sus trabajos bien merecen que la Ciudad de las Artes y las Ciencias sea de Calatrava, sí, pero incluya el legado de Candela.
- Los Manantiales de México –