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Andy Warhol (1928-1987) estaba fascinado con el arte de Jackson Pollock (1912-1956) y obsesionado con que una de sus obras formara parte de su amplia colección. Asimismo, también es conocida la relación de su famosa serie de choques de automóviles con el mítico accidente que acabó con la vida de Pollock una noche de agosto de 1956.

Ambos son dos nombres clave en el arte del siglo XX. Sin embargo, ¿es Pollock uno de los grandes creadores de la Historia del Arte y Warhol un simple apropiacionista de las imágenes y los objetos de consumo? El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, en Madrid, quiere dar respuesta a este interrogante. Para ello, hasta el 25 de enero del próximo año organiza la exposición Warhol, Pollock y otros espacios americanos, que reúne por primera vez la obra de estos dos gigantes centrada en sus similitudes y paralelismos para desmontar la idea establecida de que son polos opuestos.
De esta forma, se plantea que ni Pollock fue siempre un maestro abstracto ni Warhol ‘la rubia tonta’, imagen de la que fue víctima y que él adoptó y cultivó. No solo se dedicó a interpretar, sino que fue una persona muy culta y compleja, mucho más allá de los temas banales y de la cultura de masas representados desapasionadamente. Se trata de dos figuras unidas, como toda una generación de artistas, por sus preocupaciones hacia los cambios en la tradición pictórica, lo espacial o la atracción por los grandes formatos.
Comisariada por la catedrática de Arte Estrella de Diego, la muestra reúne más de un centenar de obras, muchas nunca vistas en España. Proceden de una treintena de instituciones norteamericanas y europeas y, además de Warhol y Pollock, están firmadas por artistas como Lee Krasner, Helen Frankenthaler, Marisol Escobar, Sol LeWitt y Cy Twombly. Entre ellas se encuentran Marrón y plata I, de Pollock; Express, de Robert Rauschenberg y Sin título (verde sobre morado) de Mark Rothko, de la colección Thyssen-Bornemisza.
El recorrido consta de seis salas que permiten revisar la ruptura tradicional entre la abstracción y la figuración del arte pop, convirtiéndolo en un diálogo entre ambas aproximaciones al espacio y entre los artistas, que va más allá de la mirada de Warhol hacia Pollock.
En su inauguración, a finales del pasado octubre, el director artístico del museo, Guillermo Solana, reconoció que la exposición ha sido la más cara y compleja de las que ha organizado la galería y que, de hecho, en más de una ocasión ha habido que revisar al alza el presupuesto, que no quiso desvelar. Mientras, la comisaria manifestó que el proyecto «ha sido la obsesión de mi vida», sobre el que lleva pensando 20 años y para el que ha habido que «pelear pieza a pieza». La complejidad se debe en buena medida a que se trata de obras de gran formato, muy frágiles y que se encontraban en su mayoría en Estados Unidos, por lo que los costes de seguros y transporte han sobrepasado en mucho lo inicialmente previsto.
Itinerario artístico
En la primera sala, dedicada al espacio como negociación: figura y fondo, se confrontan algunas obras tempranas de Pollock o Krasner, donde se desvelan las más que aproximaciones figurativas, con dos botellas de Coca-Cola de Warhol de los primeros 60 del siglo XX: la primera, con unas pinceladas que imitan las del expresionismo abstracto, y la segunda, sobre un fondo neutro, influida por su trabajo como ilustrador comercial.
Marrón y plata I, hacia 1951. Jackson Pollock.Museo Nacional Thyssen-Bornemisz
La segunda de las salas del trayecto, Rastros y vestigios, reúne piezas de Audrey Flack, Marisol Escobar, Anne Ryan, Perle Fine y Robert Rauschenberg, además de Warhol y de Pollock, en las cuales se descubren figuras o sus rastros, que van construyendo un espacio a trozos, donde la figuración se va trastocando y camuflando.
La tercera sala, dedicada a El fondo como figura, exhibe obras icónicas de Warhol: Liz en plata como Cleopatra (1963), Un solo Elvis (1964) y Jackie II (1966) rompen con la idea del espacio tradicional, con la diferenciación entre el fondo y la figura. Una selección de fotografías del artista, procedentes del Andy Warhol Museum de Pittsburgh, presenta su exploración más formal de la abstracción. Otras piezas de Sol Lewitt, Cy Twombly, Hedda Sterne, Krasner y Pollock completan este capítulo.
Un solo Elvis, 1964. Andy Warhol.Ludwig Museum/Cedida
Repeticiones y fragmentos se centra en las multiplicaciones de objetos realizada por Warhol en muchas de sus obras. Es el caso de sus conocidas series Flores (1964), Calaveras (1976), Sillas eléctricas (1971) y accidentes automovilísticos, como Choque óptico de automóviles (1962) y Desastre blanco I (1963).
El quinto apartado, Espacios sin horizontes, reúne ocho de las pinturas oxidadas de Warhol. Realizadas con sus propios fluidos, imitan las obras pintadas por Pollock justo antes de fallecer en 1956 y configuran un espacio sin límites precisos. Junto a ellas se exponen dos piezas de Helen Frankentaler, con grandes manchas de color.
Finalmente, El espacio como metafísica se dedica a la serie de sombras creada por Warhol a finales de los 70, con pinceladas misteriosas en las que ya es imposible distinguir ninguna figura. Las acompaña Sin título (Verde sobre morado), de Mark Rothko.
La exposición Warhol, Pollock y otros espacios americanos desmonta las ideas preconcebidas para revelar un Warhol abstracto y un Pollock que se acerca a la figuración. La muestra presenta relaciones obvias, vasos comunicantes entre ambos que el museo invita a descubrir con una nueva mirada.