De Luis Zubero se pueden enumerar victorias, etapas y carreras, pero quienes le conocieron saben que su verdadera herencia fue otra: la amistad, la pasión por el oficio y la sonrisa con la que hablaba de bicicletas. En Radio Bilbao, durante el programa especial dedicado al centenario de su compañero Jesús Loroño, Zubero recordaba que lo mejor de su vida había sido “los buenos amigos que me ha dado el ciclismo”.
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Lo decía con esa mezcla de humor y nostalgia de quien ha pasado una vida entera entre pedales y talleres, primero como corredor del mítico equipo KAS, luego como maestro de muchos aficionados desde su tienda ‘Ciclos Zubero’, en la calle Diputación de Bilbao.
La historia de las ruedas Clément
Zubero era un contador de anécdotas nato. Recordaba, riendo, aquella vez en que preparó las ruedas para una contrarreloj de los hermanos Gorope y Jesús Ereño:“Le monté unas ruedas Clément, lo mejor de lo mejor, y me dijo: ‘Aflójame un poquito los conos’. Los conos eran donde rueda la bicicleta, tenían que tener algo de holgura. Me explicó que al cerrar el cierre se comprimían y no rodaba tan suelta. Y tenía razón. Le dimos esa holgura y feliz”.
Era así, minucioso, apasionado por los pequeños detalles que hacen que una bici ruede perfecta. Lo contaba como si hablara de arte más que de mecánica.
“Hasta las eléctricas me han salvado”
A Zubero le gustaba seguir montando en bici. En sus últimos años defendía con entusiasmo las bicicletas eléctricas, que veía como una forma de mantenerse activo. “Ha sido mi salvación”, reconocía. “Salgo casi todos los días. Antes hacía hora y media, ahora con la eléctrica hago sesenta kilómetros, subo por Morga y llego a casa más a gusto que nunca”.
Para él, la tecnología no era un enemigo sino una ayuda, siempre que sirviera para conservar el espíritu de la bicicleta.
Mirada crítica al ciclismo moderno
Con la serenidad de quien había vivido otra época, Luis observaba con una sonrisa crítica cómo había cambiado el ciclismo. “Desde cadetes ya tienen bicis de tope de gama. Piden todo, y los padres se lo dan. Eso no lo veo muy bien”, confesaba. En sus palabras se notaba la distancia entre aquella generación que arreglaba sus propios tubulares y la actual, más técnica y menos artesanal.
Aun así, defendía el amor al esfuerzo y la camaradería como esencia del ciclismo. En su tienda, cada conversación era una clase magistral sobre ese espíritu: ayudar, compartir y disfrutar del camino.
Un legado que sigue rodando
Por su taller de ‘Ciclos Zubero’ pasaron miles de ciclistas y curiosos. Allí se respiraba historia, desde los tiempos del KAS hasta las bicicletas eléctricas más modernas. Hoy, el escaparate sigue en pie como un pequeño museo cotidiano del ciclismo bilbaíno.
Luis Zubero no sólo fue un corredor que rozó a Merckx en el Tour, fue un hombre que nunca se bajó de la bici del todo. En sus palabras, se resume su vida:“Antes hacía dos horas en bici, ahora hago sesenta kilómetros y sigo disfrutando igual. Eso es lo bonito, poder seguir andando.”
Su recuerdo quedará en cada conversación de taller, en cada pedalada por los montes de Bizkaia y en cada ciclista que alguna vez empujó su puerta para pedir consejo o simplemente escucharle hablar de bicis.