En el momento en el que Donald Trump supo que iba a volver a ser presidente de Estados Unidos, a su lado no estaba su familia, sino sus dos amigos más cercanos. Uno de ellos, como todo el mundo sabe, era Elon Musk, dueño de Tesla y Twitter, pero el otro generó cierto desconcierto. Algunos medios llegaron a publicar que se trataba de Joe Rogan, el rey de la nueva derecha mediática, si bien se trataba de Dana White, un empresario que en los últimos veinte años ha construido un imperio en torno a los guantazos.

Hace 30 años, cuando White era un boxeador mediocre que tuvo que huir de Boston por deudas con la mafia, pocos podían prever que en el futuro se sentaría a la izquierda del hombre más poderoso del planeta en la noche más importante de su vida. Es la forma en la que Trump le reconocía el trabajo realizado durante el último año, en el que White se ha desgañitado en podcast, directos y programas de televisión para conseguir que sus casi 10 millones de seguidores, en su mayoría hombres de menos de 35 años, se decantasen por el candidato republicano.

Foto: Dos concursantes se golpean durante un encuentro de 'slap figthing'. (UFC)

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Alfredo Pascual

Los analistas coinciden en que la popularidad de White, pope e ideólogo de deportes de moda como la UFC o el Slapfight, ha sido clave para impulsar la imagen de Trump entre los más jóvenes, que se han acostumbrado a verle entre el público en las veladas más selectas. Una relación, la de White y Trump, que nace de un favor hace veinte años y se puede revelar como la más próspera de la legislatura.

¿El resultado? Trump creció un 12% entre los menores de 44 años con respecto a 2020.

Si hubiera que señalar un solo rasgo de Dana White sería, sin duda, la fortaleza de su carácter. En su biografía, publicada por su madre pero sin la autorización de Dana, hay un pasaje que muestra que ya era un tipo duro al dejar el biberón. «Un mañana, cuando Dana tenía 4 años, escuché a un perro ladrar en el jardín. Me asomé por la ventana y vi que un perro enorme, con aspecto de lobo, estaba encima de mi hijo, mordiéndole en el cuello y los brazos. Bajé corriendo con una escoba a echarle, cogí a Dana y nos metimos en casa. Él no estaba llorando, ni siquiera asustado, solo me preguntaba que por qué ese perro le había atacado. Pensé que el abrigo y el jersey que llevaba, pues estábamos en lo más profundo del invierno, le habían protegido, pero cuando un rato después lo llamé para bañarlo, vi que tenía mordiscos con heridas en ambos brazos y una oreja cortada por la mitad. Ni una queja. Lo llevé corriendo a Urgencias y, cuando salió a las dos horas, le pregunté qué tal le había ido. ‘Bien’, me respondió, ‘pero el doctor me hizo un poco de daño al coserme la oreja‘».

La meritocracia es una de las mentiras más extendidas en la sociedad. Tras esas historias de personas hechas a sí mismas hay, a menudo, unos padres con recursos que le abrieron las puertas. No es el caso de Dana, criado en los suburbios de Boston y Las Vegas, casi en soledad, con un padre alcohólico que abandonó a la familia y una madre enfermera que apenas le podía ver un rato por las noches al volver del trabajo.

Dana se crio en la calle, curiosamente como un niño pacifista. El que después se convertiría en el Apóstol de los Mamporros, evitaba pelear con los demás niños, ni siquiera jugando. Su madre relata en la biografía que lleva esta época marcada en la cara: los cortes que White luce en la nariz y labios provienen de un incidente de la niñez cuando, al intentar parar a un niño que estaba golpeando a otro, recibió un golpe con una pala metálica en pleno rostro, mientras que la deformación de los labios se la hizo al intentar evitar que un chico se le colase en el tobogán. El niño, más mayor que Dana, le empujó y cayó desde lo más alto de cabeza.

El pacifismo no es el único rasgo de su personalidad que cambiaría por completo. Si algo choca en su perfil de icono de la nueva derecha (blanco, rico, contundente) es su falta de religiosidad. White he declarado en numerosas ocasiones que no cree en ningún dios ni le da mucha importancia a las iglesias. Sin embargo, de peuqueño, pasaba las tardes en la iglesia como monaguillo e incluso el sacerdote llegó a decirle a su madre que tenía el perfil perfecto para acabar siendo una figura importante en la iglesia católica de Massachussets, solo tenía que pulir algunos detalles, como «las preguntas constantes y excesivamente inquisitivas que hace sobre dios y sobre las enseñanzas de la iglesia».

«Cuando la mafia irlandesa me llamó para exigirme dinero, compré un billete para Las Vegas»

En la adolescencia, White descubrió el boxeo. Estuvo entrenando para convertirse en profesional, pero al mantener contacto con púgiles de nivel se dio cuenta de que muchos sufrían del síndrome del boxeador borracho, en referencia a esa forma característica en la que arrastran las palabras por el daño neurológico. «Eso le preocupó mucho. Estuvo un tiempo planteándose su futuro y decidió ser profesor de boxeo«, reza su biografía. Con lo que ahorró abrió un pequeño gimnasio en Boston que le daba «lo suficiente para vivir», hasta que un miembro de la mafia irlandesa, Whitey Bulger, le exigió 2.500 dólares en concepto de «protección» para su gimnasio. «Sé que es poco dinero, pero yo no tenía nada. No podía pagar. En cuanto me llamaron para darme una fecha límite, llamé a Delta Airlines y compré un billete para Las Vegas«, ha explicado White.

En Las Vegas replicó su modus vivendi: montar pequeños gimnasios especializados en boxeo y redondear el salario con trabajos eventuales llevando la seguridad de discotecas. Su suerte cambiaría en 2000, cuando aparecieron por su gimnasio los luchadores de MMA Tito Ortiz y Chuck Liddell. White comenzó entrenándoles para después convertirse en su manager. Fue en una velada en 2001 cuando se enteró que UFC pasaba por serios problemas económicos y estaba en liquidación. Con ayuda de dos socios, pagaron 2 millones de dólares por la marca, que estaba a punto de desaparecer.

La mala fama

La UFC no tenía nada. Ni siquiera empleados u oficinas. A grandes rasgos, White se hizo con el registro de la marca y un viejo octágono: todo lo demás había sido malvendido para evitar la quiebra. Con todo, el peor problema que tuvo que enfrentar Dana White, y que ha tardado casi treinta años en vencer, es la mala fama de las artes marciales mixtas (MMA). La televisión descartaba el espectáculo por su elevada violencia, los peleadores no ganaban suficiente como para jugarse la vida en el octógono, (lo que provocaba que muchos pelearan un número limitado de ocasiones) y la mayor parte de los recintos rechazaban albergar eventos de la UFC.

Cuando White se dispuso a hacer su primera velada, UFC 30, se encontró sin lugar donde montarla, porque ningún casino o equipo profesional querían verse vinculados a las terribles imágenes que dejaban las pelas, con tibias rotas, hombros dislocados y sangre por todo el ring. «La única persona que se atrevió a alojar la UFC fue Donald Trump, que nos alquiló su casino Trump Taj Mahal en Atlantic City. Realmente me salvó la vida, no podré nunca dejar de agradecérselo», explica en su biografía. Para Trump, que en aquel momento estaba centrado en rentabilizar los certámenes de Miss America, fue un día más en la oficina: desde joven ha mostrado gran interés por los deportes de contacto, desde el boxeo hasta la WWE, y sus hoteles han organizado centenares de eventos.

Fijándose en el otro de los grandes amores de Trump, el wrestling, White fue moldeando el nuevo deporte. Empezó a vender los eventos en VHS y DVD, lo que le sirvió para llegar a todo el planeta y, poco a poco, fue cambiando el rol de los peleadores, pasando a ser actores de la película que White quiere contar a la audiencia. Hostias con relato. A lo largo de los años, White y su equipo han ido rebajando la violencia con la aparición de nuevas reglas que evitan, en cierta medida, las impactantes imágenes de comienzos de siglo, hasta alcanzar su objetivo final: estar en los pay per view de la televisión.

Veinte años después de llegar, la UFC de Dana White vale 12.000 millones de dólares. En las elecciones de 2016, los asesores de Trump le recomendaron reactivar su relación con White y que lo apoyase públicamente, como finalmente sucedió, al detectar que la UFC, además de un deporte, era una bolsa gigantesca de votantes jóvenes, blancos y heterosexuales de todas las clases sociales: exactamente el votante del primer Trump. Para ellos, White se ha convertido en un icono contracultural, un tipo tranquilo que sonríe ante golpes que al resto del mundo le hacen cerrar los ojos. Si quiere una muestra de la influencia global de la UFC, piense en que han conseguido que toda España se postre ante Ilia Topuria, peleador nacido en Georgia, sin siquiera haber organizado nunca una velada en nuestro país. O abra Google Maps y busque un gimnasio de MMA en su zona: se sorprenderá.

White considera «repugnantes» las formas de hacer política en Washington y no se ve en el gobierno

Aunque Trump ha dado varias muestras de que quiere convertir a White en uno de sus Secretarios de Estado (Linda McMahon, cofundadora de la WWE y ahora empleada de White, es la Secretaria de Educación), no está claro que White esté por la labor. En varias ocasiones ha mostrado su desagrado por la forma en la que se cocina la política en Washington, que choca con su forma ejecutiva de abordar la existencia. En esta línea, White considera que «si desde fuera me dando tanto asco el espectáculo político, es probable que dentro no aguantase ni una semana», explica. Por otra parte, White no desperdicia una aparición pública, y las tiene varias veces al día, para recordar que siempre le estará agradecido a Trump y, por tanto, a su disposición.

La primera aparición de Trump como presidente electo, aunque no investido, fue en primera fila de una velada de UFC, junto a Dana White y Elon Musk, la nueva santísima trinidad norteamericana. Aquella noche, White aprovechó los micrófonos para presentar a su nuevo líder espiritual: «Dicen que yo soy un tipo duro. Y yo digo que no hay un tipo más duro que Donald. Los demás solo podemos rezar para ser, algún día, la cuarta parte del hombre que demostró ser Trump cuando recibió siete tiros de un francotirador».