Uno ya no sabe dónde acaba el ciclismo moderno y dónde empieza la ciencia ficción.
Resulta que en Abu Dhabi, esa ciudad a medio camino entre el desierto y el centro comercial infinito, están levantando una montaña.
Sí, una montaña. Artificial. De arena.
Y no, no es un rumor nacido en un foro de conspiranoicos: es real.
Y crece año tras año, como si alguien hubiese decidido que el desierto necesita su propio Galibier… justo a tiempo para que cierto esloveno siga ampliando su vitrina.
Leemos que la llaman Al Wathba Mountain, y cada edición del UAE Tour aparece un poco más alta, un poco más larga, un poco más “Pogačar fit”.
Sprinters como Tim Merlier ya no saben si reír o llorar: ese mundial en Abu Dhabi 2028 que todos vendían como “el día del hombre rápido” empieza a parecerse sospechosamente a una encerrona.
Porque claro, hace una década que los velocistas no huelen un arcoíris.
Fue Peter Sagan en Qatar.
Doha 2016 queda ya muy lejos, y entre Montréal, Sallanches y ahora esta especie de “Alpes de Abu Dhabi”, la cosa no mejora. Merlier lo dice con una mezcla de resignación y lucidez: “Cada generación de sprinters debería tener una oportunidad real de ser campeón del mundo. Creo que la mía no llegará nunca”. Y uno no puede evitar asentir. Y suspirar.
Mientras tanto, el Al Wathba crece.
Primero eran 1,4 km al 6%.
Luego serán 2 km.
En 2028, si los documentos internos que cita la prensa son de fiar, será un muro de casi 4 km al 6,5%, con un final al 13%.
Vamos, lo justo para que Pogačar rompa la carrera.
Nos dicen que la colina nació para alterar corrientes de aire y provocar lluvia.
Luego se convirtió en atracción turística para quienes ya habían agotado la oferta de sol, compras y camellos.
Y ahora, por lo visto, va camino de ser la herramienta definitiva para que el héroe local —porque con un contrato de 50 millones bien puede considerarse local— tenga su mundial a medida.
Uno mira todo esto y no sabe si admirarlo o alzarlo como ejemplo de hasta dónde hemos llegado. Crear montañas para crear campeones.
El ciclismo siempre fue un deporte de sufrimiento y naturaleza salvaje, pero era la naturaleza la que marcaba la pauta. Hoy la pauta la marca una excavadora.
Y aquí, francamente, seguimos sin dar crédito.


