Olvidemos todo lo que creíamos saber sobre el origen de los gatos domésticos. Porque resulta que no llegaron a Europa con los agricultores del Neolítico, sino mucho tiempo después, a bordo de los barcos de la Roma imperial. El hallazgo ha sido posible gracias … a un nuevo y exhaustivo análisis de ADN antiguo, que ha reescrito la historia de la mascota más enigmática que nunca haya tenido la Humanidad. La verdadera ‘cuna’ del gato doméstico moderno no fue la Mesopotamia de hace 10.000 años, sino el norte de África de hace 2.000, mucho después de lo que siempre habíamos pensado.
Seamos sinceros: hay algo en la mirada de un gato que nos hace sospechar que sabe algo que nosotros ignoramos. Nos observan desde el sofá, o desde lo más alto de cualquier mueble, con esa displicencia de quien se sabe dueño absoluto de nuestro hogar. Y, sin embargo, y a pesar de convivir con ellos, su origen ha sido durante décadas un auténtico y frustrante rompecabezas científico.
Hasta hoy, la historia oficial, la que aparece en los libros de texto y que todos dábamos por buena, nos contaba que los gatos llegaron a nuestras vidas de la mano de los primeros agricultores, allá en el Creciente Fértil, hace alrededor de 10.000 años. Lo cual tiene, sin duda, una lógica aplastante: los humanos inventamos la agricultura, almacenamos grano, llegaron los ratones y, tras ellos, los gatos salvajes, que decidieron quedarse y dejarse domesticar a cambio de comida fácil. Parecía una ecuación perfecta.
Pero esa historia ya no sirve. Un nuevo estudio, en efecto, liderado por el investigador Marco De Martino, de la Universidad de Roma Tor Vergata y recién publicado en ‘Science‘, acaba de poner ‘patas arriba’ esta cronología al analizar el genoma de 87 gatos antiguos y modernos. Nuestros gatos, los que tenemos en casa, son inmigrantes tardíos que conquistaron Europa miles de años después de lo que creíamos, y sus raíces genéticas se hunden profundamente en el norte de África.
Vecino, no mascota
Desde hace años, los arqueólogos no han dejado de encontrar huesos de gatos en yacimientos europeos y asiáticos que datan del Neolítico (hace alrededor de 6.000 años). Y cada vez que veían un hueso de felino junto a herramientas humanas, la conclusión era automática: aquí tenemos a un gato doméstico. Incluso se halló un famoso enterramiento en Chipre, de unos 9.500 años de antigüedad, donde un humano fue enterrado junto a un gato. Parecía la prueba definitiva de que la domesticación ocurrió en los albores de nuestra civilización.
Sin embargo, el equipo de De Martino ha hecho algo que hasta ahora era técnicamente muy difícil: secuenciar el ADN nuclear de los huesos de esos felinos antiguos. A diferencia del ADN mitocondrial, que no está en el núcleo celular, sino en las mitocondrias, y que solo nos habla del linaje materno, el ADN nuclear nos da la imagen completa de un individuo.
Así, al analizar estos supuestos ‘gatos domésticos’ que vivían en Europa y Turquía hace miles de años, los investigadores se llevaron una sorpresa mayúscula: no eran domésticos en absoluto, sino gatos salvajes, en concreto gatos monteses europeos (Felis silvestris silvestris). Esos animales estaban allí, sí, y tal vez rondaban los asentamientos humanos o incluso se cruzaban ocasionalmente con gatos llegados de fuera, pero genéticamente seguían siendo bestias salvajes. Es decir, que no eran nuestros gatos. No eran mascotas, sino simples vecinos. O dicho de otro modo, la idea de que el gato doméstico se expandió por Europa junto con la agricultura no es, según estos nuevos datos, más que un mito.
Origen africano
Entonces, ¿de dónde procede el gato que muchos tenemos en casa? El estudio identifica el norte de África como el verdadero punto de arranque de la domesticación del gato moderno. Los análisis genéticos no dejan lugar a dudas, y muestran que todos los gatos domésticos actuales descienden del gato montés africano (Felis silvestris lybica), específicamente de poblaciones del norte del continente, y no tanto de las variantes del Levante mediterráneo (la zona de Israel, Palestina, Líbano…) como se creía anteriormente.
Lo cual cambia el mapa por completo. Significa que, mientras los agricultores neolíticos se expandían por Europa llevando consigo cabras, ovejas y trigo, los gatos no formaban necesariamente parte de su equipaje. La explosión demográfica del gato doméstico, la verdadera ‘diáspora felina’, ocurrió miles de años más tarde.
Según los datos de De Martino, los gatos domésticos propiamente dichos no aparecen en el registro fósil de Europa y el suroeste de Asia hasta hace ‘solo’ unos 2.000 años. Es decir, que hablamos de la Época Clásica, no de la Edad de Piedra. Los gatos fueron traídos a Europa por los comerciantes, los marineros y, sobre todo, por los navíos romanos.
La ‘autopista’ romana
El Imperio Romano conectaba el mundo conocido. Sus barcos cargados de grano, telas y especias cruzaban continuamente el Mediterráneo desde Egipto y el norte de África hacia Roma y las provincias. Y en sus bodegas oscuras, a menudo repletas de comida, las ratas suponían una grave amenaza. ¿La solución? Embarcar gatos norteafricanos, auténticas ‘máquinas de matar’ perfeccionadas por la evolución, para proteger la valiosa carga.
Así, siguiendo las rutas militares y comerciales de Roma, el gato doméstico (Felis catus) desembarcó en Europa, por la que se extendió rápidamente, llegando a Gran Bretaña alrededor del siglo I d.C. La imagen resultante, desde luego, es poderosa: el gato no llegó ‘caminando’ lentamente a través de los siglos, sino que fue un viajero frecuente en las galeras imperiales, una ‘herramienta biológica’ para el saneamiento y la protección de alimentos.
El misterio de Chipre y Cerdeña
¿Qué ocurre entonces con aquel famoso gato de Chipre de hace 9.500 años? ¿Estaba el estudio anterior equivocado? No necesariamente. El hallazgo, desde luego, es auténtico, pero falló la interpretación. De Martino y sus colegas sugieren que aquel gato no era un animal domesticado, sino un gato montés amansado, o quizá simplemente capturado.
Aquí es donde entra en juego el llamado ‘caso de los gatos de Cerdeña’. El estudio, en efecto, demostró que los gatos monteses que habitan hoy esa isla (y los que la habitaron en la antigüedad) están más emparentados con los gatos monteses del norte de África que con los gatos domésticos modernos. Y eso implica que los humanos antiguos transportaban gatos salvajes en sus barcos y los soltaban después en islas donde no existían de forma natural.
Todo lo anterior nos obliga a diferenciar entre dos conceptos que a menudo usamos como sinónimos: ‘domar’ y ‘domesticar’. Un animal ‘domado’ es un único individuo salvaje que tolera a los humanos (como ese gato de Chipre). Un animal ‘domesticado’ es una especie entera que ha cambiado genéticamente para adaptarse a vivir con nosotros. Lo que nos dice el ADN es que los humanos llevan milenios moviendo gatos de un lado a otro, pero la verdadera domesticación, esa que convierte a la fiera en el compañero que duerme a los pies de la cama, es un fenómeno mucho más reciente y localizado en el norte de África.
La influencia de Egipto y el ‘caos genético’
Es imposible hablar de gatos y no mirar a Egipto. Y el nuevo estudio no descarta, en absoluto, la importancia de la civilización del Nilo en el proceso de domesticación de los gatos. De hecho, sabemos por el arte y las momias que hacia el año 1500 a.C. (época de Tutmosis III), el gato ya era un miembro pleno de la familia egipcia, adornado con joyas y comiendo bajo la silla de su dueña.
Los nuevos datos sugieren que Egipto, y el norte de África en general, funcionaron quizá no solo como lugar de origen, sino como una ‘escuela de perfeccionamiento’ para gatos domésticos. Fue allí, de hecho, donde el Felis silvestris lybica refinó su comportamiento. Aunque físicamente el gato doméstico apenas difiere de su ancestro salvaje (tienen el mismo tamaño de cerebro y una longitud de intestinos similar, a diferencia de los perros, que cambiaron radicalmente respecto al lobo), sí hubo cambios cruciales. Se volvieron menos agresivos, más tolerantes a la densidad de población y, sobre todo, capaces de establecer fuertes vínculos sociales.
«Siempre parecidos a una esfinge -escribe Jonathan Losos en un artículo de Perspectiva en Science-, los gatos revelan sus secretos a regañadientes«. Y tiene razón. El estudio de De Martino y su equipo forma parte de un esfuerzo científico mayor, el ‘Proyecto Felix’, que busca desentrañar estas y otras incógnitas relacionadas con los gatos. Porque, curiosamente, aunque el gato es el animal de compañía más popular del mundo, aún sabemos muy poco sobre cómo llegó a serlo.
Otro dato revelador del estudio es el ‘caos genético’ con el que se encontraron los investigadores. Y es que, antes de que el verdadero gato doméstico norteafricano barriera a la competencia, hubo mucha hibridación. Los gatos monteses europeos y los recién llegados del este se cruzaban. Lo cual explica por qué los estudios anteriores, basados solo en ADN mitocondrial, se equivocaban. Podías tener un gato con ‘madre’ de linaje oriental pero que, genéticamente, era casi un 100% gato montés europeo. Algo que solo se aprecia si se mira el genoma completo, como hizo De Martino. Esos híbridos, por tanto, no eran la línea que dio lugar a nuestros gatos. Eran callejones sin salida evolutivos, o poblaciones salvajes que absorbían esporádicamente genes foráneos.
Un compañero tardío
La conclusión del estudio, en última instancia, es que la relación entre humanos y gatos es mucho más reciente de lo que creíamos, al menos en su forma plena. Nuestra alianza se forjó mucho más tarde de lo que pensábamos, quizás al calor de los hogares egipcios y en las bodegas de los barcos que unieron el Mediterráneo.
Puede que esa ‘juventud’ de la especie doméstica sea la explicación a la proverbial independencia de los gatos. Creíamos haber moldeado su naturaleza desde el principio de nuestra civilización, pero el gato, fiel a su estilo, se tomó su tiempo para ‘adoptarnos’. No vino a nosotros cuando empezamos a arar la tierra. Vino cuando empezamos a construir imperios y barcos, cuando el mundo se hizo lo suficientemente cosmopolita para él. Y vino no para servirnos, sino para convivir con nosotros y bajo sus propias reglas. Al fin y al cabo, cualquiera que tenga un gato sabe que, en realidad, nunca terminaron de ser domesticados del todo. Solo accedieron a compartir con nosotros el sofá.