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Hace justo una semana, España estaba contando las horas para enfrentarse a Italia por la Copa Davis 2025. Y hace casi 60 años, nuestra selección aterrizaba por primera vez en una final, dejando un legado infinito para todos los jugadores que vinieron después.
Todavía hay gente que recita de memoria la convocatoria: Juan Manuel Couder (1934), Manuel Santana (1938), José Luis Arilla (1941) y Juan Gisbert (1942). No nos olvidamos del capitán, Jaime Bartrolí (1918). Era la España de 1965, la España en blanco y negro, la primera España que fue capaz de reunir el equipo y el talento para plantarse en una final de la Copa Davis. Un hecho histórico que, seis décadas después, todavía nos conmueve al recordarlo. Qué difícil fue regresar de Australia sin el título, pero qué valiosa experiencia aquella para seguir creciendo y hoy presumir de seis Ensaladeras en nuestra vitrina.
Persiguiendo desde hace tiempo una oportunidad de tal calibre, España arrancó la temporada 1965 con la sensación de que algo grande podía pasar. Primero derrotaron a Grecia (5-0), Chile (5-0), Alemania (4-1), Checoslovaquia (4-1) y Sudáfrica (4-1) en la Zona Europa. Todas los cruces, excepto el de Praga, se disputaron en nuestro país. Más adelante, en la Zona Interzonal, tocó vencer a Estados Unidos en agosto (4-1) y a la India en noviembre (3-2). En total fueron siete eliminatorias, de las cuales seis se disputaron sobre la tierra batida del RCTB 1899. Era la magia de Barcelona, un lugar emblemático donde la Armada siempre supo hacer valer su imperio.
Así se llegó a la gran final, denominada Challenge Round, donde esperaba Australia. El formato –utilizado también en otras disciplinas deportivas– consistía en que el vigente campeón del torneo avanzaba directamente hasta la final del próximo año. Un privilegio excesivo que no caducaría hasta 1972, haciendo que se abriera mucho más la competición y ofreciendo las mismas posibilidades a todos los participantes. Pero no fue así en 1965, donde después de ver a 43 naciones peleando por un mismo objetivo, España fue quien tomó el avión rumbo a Sydney para retar a los actuales reyes del circuito.

La final se disputó en el White City Stadium del 27 al 29 de diciembre. El país anfitrión, además de jugar en casa, elegía también la superficie. Teniendo en cuenta que España venía arrasando a todos sus rivales sobre polvo de ladrillo, podréis imaginar qué condiciones escogieron. Para Santana y compañía ya era duro tener que volar casi 18.000km hasta el destino, pero lo que de verdad molestaba era tener que jugarse el título sobre hierba. El reto era mayúsculo, aunque las principales adversidades venían de más atrás: mientras que en España había por aquel entonces unas 350 pistas de tenis –ninguna de hierba–, en Australia contaban con unas 50.000. Suena crudo, pero aquel desafío se afrontó siendo conscientes de que ganar era imposible. No había nada que hacer.
Pero había que intentarlo, por supuesto, qué menos después de tantos años de espera. Manolo Santana, que multiplicó su caché dentro del circuito tras ganar en Forest Hills meses atrás su tercer título de Grand Slam –el cuarto y último llegaría en Wimbledon 1966–, tiró de contactos para que el equipo español tuviera unos ‘sparrings’ de lujo a su llegada a las Antípodas. Así fue como decidieron viajar unas semanas antes a Australia, donde les esperaban un tal Rod Laver y un tal Ken Rosewall. Ambos campeones se habían pasado al profesionalismo, por lo que tenían prohibido participar en la Copa Davis, aunque lo último que esperaba el aficionado aussie era ver a sus dos mayores leyendas entrenando con el equipo rival.
La escena provocó que más de uno dudara sobre su pronóstico final. ¿Y si España daba la sorpresa? ¿Y si no eran tan malos en hierba? ¿Podría Santana tirar del equipo jugando individual y dobles? El madrileño era la gran amenaza española, el hombre que podría equilibrar algo más la balanza, pero también el jugador que más presión iba a tener sobre sus hombros. Todos estos elementos, los buenos y los malos, se notaron ya desde el primer partido.
Así fue la primera final de España en Copa Davis
Fred Stolle y Manolo Santana fueron los encargados de abrir la eliminatoria, siendo el español quien arrancó más suelto. Con el marcador claramente a su favor (12-10, 6-3), España estaba a un solo set de empezar dando un golpe sobre la mesa en la final. Sin embargo, a Santana le pudo la presión, se hizo pequeño y encajó una remontada tortuosa en cinco mangas que jamás pudo olvidar. “Una de las derrotas más dolorosas de mi carrera”, escribió muchos años después en su autobiografía.

Para muchos, aquel fue el primer y único momento de esperanza en todo el fin de semana, ese pequeño segundo donde la mente del aficionado español pensó: ‘Se puede’. A todo esto, en nuestro país se vivió al máximo el evento, mandando varios periodistas in-situ a cubrirlo. Por otra parte, la embajada española en Australia y el Ministerio de Asuntos Exteriores hicieron todo lo posible para que la colonia española pudiera estar presente en los partidos, que se sintiera nuestra fuerza y pudieran animar. Algunas emisoras de radio apoyaron diversas iniciativas para enviar a sus compatriotas todo tipo de banderas, gorros y objetos para que nuestros colores estuvieran vivos en las gradas. Lástima que no sirviera de mucho.
Después de perder el primer punto en cinco mangas llegaría la derrota de Juan Gisbert ante Roy Emerson. Y al día siguiente, la de Santana-Arilla ante Newcombe-Roche. Es decir, que el sueño de ganar nuestra primera Copa Davis se había esfumado en menos de 24 horas. Juan Manuel Couder, el más veterano del equipo, aceptó desde un primer momento su rol de suplente, ejerciendo otras funciones dentro del vestuario que también son fundamentales para hacer piña. Dice que a Juanito le encantaba viajar, que siempre andaba cargado con libros, de ahí que terminara sacando la carrera de Ingeniería Industrial.
Ya con la final entregada, Santana todavía sacaría fuerzas el último día para darle a España el punto del honor. Es verdad que no cambiaba nada, pero aquel triunfo ante Roy Emerson en cuatro mangas se celebró entre el público español como si fuera un título. Fue la manera de quitarse la espina, de demostrar su carácter competitivo, de disfrutar sin presión sobre la pista. En ese momento él no lo sabía, pero esa terminaría siendo la única derrota individual de Emerson en todo su recorrido en Copa Davis.

Australia, que disputaba su 34ª final en la competición, se alzó campeona por 20ª ocasión tras un resultado definitivo de 4-1. España, inmersa en su primera final, sufrió las injusticias del Challenge Round, un formato que auspició que Estados Unidos y Australia se repartieran todos los títulos de Copa Davis entre 1937 y 1970. La RFET les había prometido un millón de pesetas a repartir entre todo el equipo si volvían con el título. Ricos no se hicieron, pero dejaron abierta para siempre la senda hacia la gloria, esa que décadas más tarde transitarían los Costa, Ferrero, Corretja y Balcells.
Por cierto, el que sí tuvo un detalle con la España de 1965 fue Juan Antonio Samaranch, que les regaló un reloj de oro a cada uno. Algo es algo.